Brujas y calderos… ¿Quién quiere pasar MIEDO?

de peidra

El final de octubre, cada vez más, se ofrece como una oportunidad para explorar diversas formas de inquietar o asustar (aunque sea un poquito) a base de leyendas importadas y películas impactantes… Pero no todo es cosa de broma, ni mucho menos. Como ya escribiera Calderón de la Barca en “La hija del aire”, “Tanto miedo tengo, que aun para huir, valor no tengo”… Y es que asustarse es una emoción ambivalente. Por un lado, sin duda, es un mecanismo biológico de defensa. Así, su objetivo, es proteger a los seres vivos de amenazas que ponen en riesgo su integridad o hasta su existencia. Sin embargo, las estrategias y sensaciones que se desencadenan, pueden ser, tan extremas y desagradables, como las descritas por el personaje calderoniano. Por tanto, miedo sí, pero en su justa medida: Tan peligroso es no temer a nada (lo que puede conducir a emprender conductas temerarias); como asustarse por todo y, generar comportamientos de “bloqueo” individual (que pueden abocar, incluso, a trastornos patológicos). De hecho, desde considerar diversión una cierta (y, por supuesto, controlada) exposición a situaciones atemorizantes, hasta el cerebro que entra en pánico (y para el que, enfrentarse al peligro, deja de ser una opción) hay todo un conjunto de respuestas ante situaciones turbadoras que dan miedo…

En cualquier caso, la vida, en un ambiente en continuo cambio, implica enfrentar amenazas. Y, por tanto, el miedo no es más que una respuesta fisiológica coordinada, aunque puede que no sea “un plato de gusto” (¡o sí!: según quién y… Sobretodo ¡según dónde y cuándo!).

Para comprender el origen de esta aprensión que se siente ante algunas situaciones, es preciso considerar que, el enfrentamiento a riesgos (reales o imaginarios), se origina a partir de la toma de conciencia de las propias limitaciones para afrontar el peligro. Por tanto, el miedo surge de la pérdida de confianza y, puede ser incómodo y paralizante pero, eliminarlo por completo sería como asumir cualquier riesgo (y, con ello, disminuir fatalmente; las posibilidades de supervivencia). Teniendo en cuenta lo vital que resulta un adecuado ajuste de la “conducta miedosa”, no es de extrañar que toda una red neural esté encargada de organizar (y graduar) la sensación desde cierto temor hasta el pánico incontrolable.

Esta reacción arranca en la amígdala, y prepara al organismo para luchar o la huir ante el peligro surgido. Se desencadena, así, el estado de alerta con todo un correlato vegetativo que prepara al sujeto para la pelea. O la escapada. Se dilatan pupilas y bronquios, el corazón late con más fuerza y el cuerpo entero se prepara para responder a la amenaza. Pero esta respuesta autónoma no ocurre aisladamente sino que, un mecanismo neuronal, se activa a partir de pequeño un grupo de células llamado núcleo paraventricular del tálamo que, al parecer, es una zona de la masa gris extremadamente sensible a las situaciones de estrés. La clave en esta conexión reside en un mensajero químico llamado BDNF (molécula cuya implicación, por cierto, se encontrado en una de las formas más dramáticas de mal función del miedo: las personas que sufren estrés post-traumático). También participan corteza prefrontal e hipocampo (fundamentales para recoger experiencias y aprendizajes previos ante situaciones peligrosas) contribuyendo a interpretar si el peligro es real y el miedo justificado. Para ello, ante cada evento, automáticamente, se analizará la información contextual y, si no se percibiesen verdaderas amenazas, se activarían vías inhibitorias para amortiguar la respuesta al miedo de la amígdala. Sea como fuere, la interpretación de una situación determinada no es igual para todos los individuos (ni siquiera para el mismo sujeto si cambia el contexto). No obstante, el resultado final debe ser que, la activación neural que conduce a la sensación de miedo, aumente conforme lo haga el desconocimiento sobre lo temido, y la impotencia que sienta el sujeto ante cómo afrontarlo. Por tanto, asustarse depende de un análisis de la situación puntual. Esta puede ser la explicación a que, aunque el miedo produce angustia y sensaciones desagradables, a muchas personas les guste recrear estas emociones. De una forma ficticia, a través de imágenes, películas, libros o situaciones simuladas, el sujeto puede reproducir la activación afectiva que se asocia a las situaciones que asustan. De hecho, diversos factores neuro-fisiológicos y culturales estarían ligados a esta pasión, voluntaria, de recrear esta emoción (de resultados tan potencialmente extremos). En este sentido, la Ciencia empieza a desentrañar por qué, algo que de miedo, puede resultar placentero… Y la razón parece estar en que, algunas de las principales sustancias químicas del cerebro que participan en la respuesta de lucha o huida, también lo hacen en las de recompensa o felicidad. Así, diversas moléculas neuroactivas, entrarían en acción en ambos contextos. Se trataría, entonces, de liberar hormonas como testosterona, adrenalina o cortisol y,  una forma de conseguirlo, es exponerse a sentir escalofríos y angustia en una situación controlada. Esto explica la alta excitación que se experimenta durante un susto, y que se pueda vivenciar como algo “divertido”. Además, también parece que tiene cierta ventaja adaptativa, ya que favorecería el aprendizaje social: el organismo, que está preparado para activarse ante lo diferente, libera dopamina, serotonina o estrógenos ante aquello que no se puede etiquetar con facilidad. Todo el circuito hormonal se pone en marcha ante la incertidumbre y favorece la adquisición de una experiencia previa sin arriesgarse a posibles daños… Este aprendizaje (por exposición al peligro pero fuera del alcance de la amenaza “real”) explicaría por qué pervive la costumbre cultural de disfrutar con el miedo.  

Y no es un gusto reciente: Lo siniestro ya tenían gran atractivo en tiempos de Homero, por ejemplo… Así, en su “Odisea”, se relata el espanto ante Gorgona (que tenía serpientes vivas por cabello y poseía el poder de convertir en estatua a quien la mirara a los ojos). Pero no se olvide que estos mitos se han transmitido por tradición oral o sea que, si el texto se conserva, es porque se encontraba placer en recitarlo. No obstante, lejos de todo divertimento, la Gorgona Medusa ha servido para ejemplificar lo que ocurre cuando el peligro es real e insuperable… Entonces, como sus víctimas (y, finalmente, hasta la propia Medusa), ante un horror inasumible, las personas pueden quedar petrificadas. En esta situación, toda la información que entra a través de los sentidos hacia la amígdala, activa una serie de conexiones para generar todo un caleidoscopio de complejas reacciones… Que en su extremo es una “no acción”: quedarse “de piedra”, paralizado por el terror. Y es que, en un ataque de pánico, la respuesta emocional sobre el sistema nervioso autónomo, se concreta en importantes elevaciones de la frecuencia cardíaca; de la conductancia de la piel (que es un indicador de descargas de la rama simpática del sistema nervioso autónomo); reducciones muy marcadas en el volumen sanguíneo o la temperatura periférica, y una importante vasoconstricción, (lo que es especialmente evidente en la palidez de la cara). Se está produciendo la típica reacción que lleva al sujeto a “quedarse helado”… Pero también, se producen efectos sobre el sistema somático, como elevaciones fásicas en la tensión muscular (que generalmente, afecta todo el cuerpo), y aumentos de la frecuencia respiratoria con simultáneas reducciones en su amplitud (o sea una respiración superficial e irregular). Todo ello favorece, en un primer instante, la sensación de paralización y agarrotamiento. Aunque estos ajustes deberían proporcionar el tono muscular adecuado para iniciar una huida, o evitación de la situación desencadenante, en un ataque de pánico (en condiciones extremas) se puede producir un bloqueo profundo con una pérdida total del control de la situación. La paralización, que debería haber servido para activar la atención sobre el peligro y el entorno, por el contrario, “desconecta” el sistema y deja de responder . Desde luego nada placentero. Lo dicho: de tanto miedo, ni huir puedo.

En definitiva, sentir miedo no es para nada algo prescindible aunque si es deseable que se pueda controlar (y el aprendizaje parece ser fundamental para ello). Al fin y al cabo, ya se sabe: Para aspirar a una felicidad plena, antes hay que cruzar las alambradas del miedo.

Para saber más:

“Psicología del miedo: temores, angustias y fobias” André, Cristoph (2010),. Kairós

“Biología del miedo: el estrés y los sentimientos Hütler, Gerald (2001)” Plataforma actual

“Psychology of fear”: Gower, L. Paul (2005) Nova Biomedical Books

La naturaleza de los trastornos de ansiedad https://webs.ucm.es/info/seas/ta/introduc.htm

La anatomía del miedo: bases fisiológicas y psicológicas https://lamenteesmaravillosa.com/anatomia-del-miedo-bases-fisiologicas-psicologicas/

Las bases fisiológicas y psicológicas del miedo. ¿Por qué sentimos miedo y cómo se manifiesta esta sensación en nuestro cuerpo y mente? https://psicologiaymente.com/psicologia/bases-fisiologicas-psicologicas-miedo

https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fnins.2018.00656/full?utm_source=AD&utm_medium=TW&utm_campaign=CORP_PLANS_20180904

http://apuntesdecienciaytecnologia.blogspot.com/2012/07/la-zarigueya-una-maquina-de.html

https://www.xlsemanal.com/conocer/20170302/hacerse-el-muerto-animales-tanatosis.html#foto3

https://www.ngenespanol.com/naturaleza/muertos-vivientes-animales-que-fingen-estirar-la-pata/

 

 

 

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La edad de las mujeres. Neurociencia de la menopausia.

Envejecer no es juventud perdida, sino una nueva etapa de oportunidad y fuerza”. (Betty Friedan).abuela
Desde que Darwin propusiese la Selección Natural como mecanismo para explicar la Evolución de las especies, se da por sentado que,  cualquier ser vivo está, en cierta manera, impelido a incrementar las posibilidades de que sus genes pasen a la siguiente generación. De hecho, la Evolución no consiste en que un individuo consiga sobrevivir, sino que el grupo pueda reproducirse: de ahí que la existencia de la menopausia resulte tan intrigante.

Lo cierto es que, en el Reino Animal, la menopausia es un hecho insólito. La mayoría de las hembras conservan su fertilidad casi hasta el final de sus días. Bien es verdad que, sin embargo, existen algunos ejemplos de “vida post-reproductiva”, como ocurre en los peces Poecilia reticulata, que pasan aproximadamente el 13.6% de su vida en la fase post-reproductiva; o algunos insectos, como los áfidos, que pueden extender su vida superado el periodo reproductivo, lo que se ha relacionado con la defensa de su colonia.

Entre estas escasísimas excepciones de hembras que sobreviven mucho más allá de su vida reproductiva, se encuentran, obviamente, las mujeres, y las hembras de dos especies de cetáceos. En una de ellas, las orcas (Orcinus orca) esta fase vital parece ser de muy reciente aparición, y se vincula al aumento de su esperanza de vida. La orca entra en menopausia a partir de los 30 años, pero puede vivir hasta los 100. Precisamente por esto es muy interesante comprobar en qué condiciones se ha propiciado este estado fisiológico: La clave parece estar en la supervivencia de la prole. Diversos estudios han mostrado que las crías de las madres maduras tienen una tasa de mortalidad muy superior a la de las jóvenes. Es muy sugerente lo que ocurre cuando una orca y su hija crían en el mismo año o el siguiente, pues, en este escenario, la cría de la primera tiene 1,67 veces más probabilidades de morir antes de los 15 años (inicio de la fase adulta), y esto no ocurría si la orca madura criaba en periodos en los que su hija no lo hacía.

Este patrón de cría vendría a apoyar a la denominada “hipótesis de la abuela”, que postula que las hembras mayores, ya infértiles, podrían dedicar todo su tiempo, recursos y experiencia, a ayudar a sus hijas con sus prole. La ventaja de que las hembras menopáusicas dejarán de reproducirse pronto en sus vidas, estaría en ayudar a nietos y nietas a sobrevivir. En el caso de las orcas (que son animales con complejas estructuras sociales) esta conjetura parece muy acertada, puesto que las hembras de mayor edad tienen un gran bagaje de conocimiento ecológico, sobretodo acerca de la localización de alimentos.

La “hipótesis de la abuela” llevada a la Antropología (y por tanto, a la especie humana) implicaría que, dado que en la primeras tribus las hijas migraban a nuevas familias, no tendrían ninguna relación grupal hasta la maternidad. En estas condiciones, la colaboración con sus familiares en la crianza de la prole sería beneficiosa genéticamente para ellas. Simultáneamente, cada bebe estaría mejor cuidado, las madres recibirían una notable y experimentada ayuda, y las abuelas aumentarían la probabilidad de que sus genes se perpetuaran a través de las siguientes generaciones. Además, al proporcionar sustento y apoyo a sus parientes, incrementarían sus redes sociales, lo que podría traducirse en una mejor gestión de los recursos. De una manera semejante a la descrita para las orcas, varias investigaciones indican que, en los pueblos cazadores-recolectores, las mujeres serían, durante todas sus vidas, importantes abastecedoras de alimentos, y su conocimiento del entorno resultaría de enorme importancia para su comunidad.

En definitiva, la aparición de la menopausia implica un cambio radical en los ciclos vitales de las hembras que afectaría a la viabilidad del grupo en su conjunto. En este sentido, en general la especie humana se ha ido haciendo más y más longeva. En el caso concreto de las mujeres, la esperanza de vida media se estimaba en veinte años en la Prehistoria, cuarenta y cinco años en la Edad Media, y ochenta años hoy en día (en las sociedades desarrolladas). No obstante, siempre la máxima duración de la vida humana ha superado a la edad de la menopausia; lo que sí ha ido cambiando es el porcentaje de mujeres que lograban alcanzarla. Este hecho se ha manifestado (como han probado diversos estudios etnográficos) en las relaciones en los grupos humanos, poniéndose de manifiesto que, la menopausia, no estaba marcada por una “patologización” de este periodo de las vidas de las mujeres, ni por consecuencias sociales negativas, bien al contrario: se traducía, incluso, en algunos grupos primitivos, en una mayor consideración comunitaria.

Sea como fuere se trata de un momento de ajustes y cambios de capacidades físicas. Así, durante la vida fértil, el ovario produce dos tipos de hormonas: estrógenos y progesterona, con acciones a muchos niveles del organismo femenino. Tras la menopausia, por tanto se generará un déficit de ambos tipos de moléculas que se asociará con modificaciones a todos los niveles del organismo. En clave neurofisiológica, los estrógenos y/o progestágenos, tienen mecanismos de recepción específicos en el sistema nervioso que se han demostrados esenciales en diversos procesos cognitivos y de ritmos biológicos. La pérdida de estrógenos en la menopausia no sólo disminuye la fertilidad sino que también conlleva la pérdida de un elemento neuroprotector clave en el cerebro femenino. Además, generalmente, niveles elevados de las hormonas ováricas, son beneficiosos para la optimizar procesos de atención sostenida, memoria espacial, verbal o de reconocimiento.

No obstante, se estima que una mujer de 75 años de edad aún conserva al menos el 90% de su metabolismo basal, el 70% de su función cardiovascular y coordinación muscular y el 50% de su actividad pulmonar y, de hecho el 89% del funcionamiento de su sistema nervioso, en comparación con el estado funcional que presentaba cuando tenía 20. De modo que, la menopausia, sólo es un evento biológico y no precisa ser “medicalizado”, sino comprendido. En este sentido,  la menopausia, como otros temas de género, se han visto afectados, negativamente , por valores y asunciones culturales tan amplios como perniciosos y sesgados.

Referencias para saber más: