EL CEREBRO Y LA AUSENCIA: La vida ya no será la misma pero…”Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda, o puedes hacer lo que le gustaría, sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (D. Harkins)

madre

Aunque sea “ley de vida”, nadie está preparado para perder a una madre o un padre, para decirles adiós (y hacerlo sin rencores). En el fondo, cada individuo atesora (y en gran medida añora) aquella infancia durante la que siempre se podía acudir a sus brazos para sentir protección. Pero cuando se van, esa opción desaparece para siempre. Nadie podrá dar, nunca más, esa sensación de amparo total. Por tanto, enfrentar la orfandad, sin duda, incluso para personas adultas, es una experiencia sobrecogedora. Esto es lo que hace esta pérdida única y, solamente es posible abordar su gestión, desde la compresión del proceso que ese dolor va a traer consigo.

Porque manejar el duelo es un reto que cada individuo vivencia de una manera personal y concreta y, su entorno, lo puede facilitar (o volverlo aún más doloroso). En este sentido, en vez de ayudar al sufriente, decir cosas como “debes ser fuerte”  puede conducir a una negación de su pena, que bloquee su gestión natural del duelo. Porque las emociones no son buenas ni malas: son necesarias. La pérdida se ha de asumir desde una elaboración muy personal del proceso que, de hecho, tiene una evolución bastante lineal. Por lo general, se llega a aceptar la pérdida del ser querido después de un complejo tránsito emocional que va, desde la incredulidad a la rabia, pasando por la negociación y expresión efectiva del dolor. Solo después de esto, finalmente, con todo ese duro trabajo hecho, entonces sí, se alcanza la aceptación.

No obstante, aunque estas sean las etapas más comunes, (incluso existen datos que indican que el tiempo que lleva todo el proceso son unos tres meses) debe quedar bien establecido que cada persona lo afrontará de una forma particular. No en vano, la muerte de la persona con la que el apego es más intenso, desencadena pensamientos intrusivos acerca de la pérdida. Y es que se parte de una vinculación afectiva intensa que es la base del cuidado parental. Estos pensamientos no deseados, involuntarios, con imágenes o ideas desagradables, pueden convertirse en obsesiones que resulten preocupantes (y que pueden ser muy difíciles de manejar). Perder ese “puerto seguro” donde cobijarse, desvanecido con la orfandad,  necesita de una gran capacidad cognitiva para atenuar las respuestas emocionales que origina.

Esta tormenta afectiva tiene un gran sentido etológico ya que, el apego, es necesario para el funcionamiento del grupo familiar, y representa una gran ventaja adaptativa para el afrontamiento de situaciones que entrañen peligro o dolor. Pero, lógicamente, perder a la persona que más directamente lo representa, implica la re-elaboración de la idea del lugar que se ocupa en el mundo. En este duro  proceso, participan  complejas redes neurales que subyacen a la regulación de  la atención hacia los recuerdos y su gestión emocional. La investigación sobre esta gestión cognitiva de la emoción, ha permitido ampliar la comprensión sobre, cómo se desarrolla, la capacidad humana para procesar esta información (que es crucial para mantener su homeostasis afectiva frente a situaciones, objetivamente, dolorosas). Entre las diversas estrategias control y alivio de los sentimientos de pérdida, una nueva evaluación de lo ocurrido reviste especial importancia para la adaptación y el bienestar del sujeto.

La persona  necesita una re-configuración cognitiva  que le permitan su interpretación y  que, sobretodo, inicie el distanciamiento del evento doloroso. Diversos estudios de neuro-imagen han tendido a inferir que, este proceso de re-evaluación, está vinculado a la capacidad individual de emplear lo que se denomina memoria de  trabajo (funcionalmente relacionadas con la conectividad entre las regiones corticales frontales y pre-frontales y la amígdala).

La memoria de trabajo es un constructo teórico, relacionado con la psicología cognitiva, que se refiere a las estructuras y procesos usados para el almacenamiento temporal de información (memoria a corto plazo) y la elaboración de la información (con especial énfasis en la participación de la corteza pre-frontal). Sin embargo, hay datos que apuntan a que la re-evaluación de la regulación cognitiva de la emoción y la memoria de trabajo no emplean,  exactamente, los mismos recursos neurales aunque si tengan relación con el proceso.  Concretamente, la corteza pre-frontal dorso medial y del cíngulo anterior se activan parcialmente por ambas operaciones mentales, mientras que los circuitos neurales de regiones tanto del cerebro anterior (corteza frontal inferior media y superior) como del cerebro posterior (unión temporo-parietal y giro temporal medio izquierdo presentan diferencias entre ambos procesos).  Es interesante reseñar que, los hallazgos que implican a la corteza frontal superior y la pre-frontal dorso-medial, podrían estar relacionados con el proceso introspectivo de la regulación cognitiva de la emoción. Por su parte, el resto de la corteza frontal modularía la acción centrada en hipocampo, amígdala y corteza orbito-frontal.  Así, el circuito relacionado con la emoción también podría integrarse, en estructuras subcorticales y límbicas, proporcionando una conectividad funcional entre la amígdala y otras regiones reguladoras de la atención y la tristeza que podrían explicar las diferencias (algunas clínicamente relevantes) entre la gestión del duelo de cada sujeto en particular.

Sea como fuere, habrá que asumir que todo este complejo circuito se ha modificado irreversiblemente con una pérdida, que no es similar a ninguna otra. Y no: el tiempo no lo cura todo,  pero lo atenúa.  Algunas emociones pueden volver a resurgir, en algún momento, cuando se aviven los recuerdos de la pérdida (haciendo necesario re-negociar con la propia pena); pero, desde la aceptación de que el duelo es una respuesta adaptativa, aunque nunca termine totalmente, su gestión permitirá, con el paso de los días, convivir con la ausencia;  porque: la añoranza duele, pero la aceptación del sufrimiento, conduce a su superación.

Para saber más:

“El poema para despedir a un ser querido que han compartido más de 150.000 personas” https://verne.elpais.com/verne/2018/02/10/articulo/1518266909_897448.html

Guillermo de Inglaterra: “Echo de menos a mi madre todos los días” https://elpais.com/elpais/2016/08/25/estilo/1472142950_578811.html

“Cómo cambia la vida tras la muerte de los padres”  https://lamenteesmaravillosa.com/como-cambia-la-vida-tras-la-muerte-de-los-padres/

“Neural Mechanisms of Grief Regulation” Peter J. Freed, Ted K. Yanagihara, Joy Hirsch, and J. John Mann. Biol Psychiatry. 2009. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2782609/

“Does emotion regulation engage the same neural circuit as working memory? A meta-analytical comparison between cognitive reappraisal of negative emotion and 2-back working memory task” Tien-Wen Lee  and Shao-Wei Xue. PLoS One. 2018; 13(9): e0203753. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6136767/

“Attachment-style differences in the ability to suppress negative thoughts: Exploring the neural correlates” Omri Gillatha Silvia A .Bungea Phillip R. Shavera Carter Wende lkena Mario Mikulincerb, NeuroImage Volume 28, Issue 4, December 2005, Pages 835-847. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1053811905004556?via%3Dihub

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Brujas y calderos… ¿Quién quiere pasar MIEDO?

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El final de octubre, cada vez más, se ofrece como una oportunidad para explorar diversas formas de inquietar o asustar (aunque sea un poquito) a base de leyendas importadas y películas impactantes… Pero no todo es cosa de broma, ni mucho menos. Como ya escribiera Calderón de la Barca en “La hija del aire”, “Tanto miedo tengo, que aun para huir, valor no tengo”… Y es que asustarse es una emoción ambivalente. Por un lado, sin duda, es un mecanismo biológico de defensa. Así, su objetivo, es proteger a los seres vivos de amenazas que ponen en riesgo su integridad o hasta su existencia. Sin embargo, las estrategias y sensaciones que se desencadenan, pueden ser, tan extremas y desagradables, como las descritas por el personaje calderoniano. Por tanto, miedo sí, pero en su justa medida: Tan peligroso es no temer a nada (lo que puede conducir a emprender conductas temerarias); como asustarse por todo y, generar comportamientos de “bloqueo” individual (que pueden abocar, incluso, a trastornos patológicos). De hecho, desde considerar diversión una cierta (y, por supuesto, controlada) exposición a situaciones atemorizantes, hasta el cerebro que entra en pánico (y para el que, enfrentarse al peligro, deja de ser una opción) hay todo un conjunto de respuestas ante situaciones turbadoras que dan miedo…

En cualquier caso, la vida, en un ambiente en continuo cambio, implica enfrentar amenazas. Y, por tanto, el miedo no es más que una respuesta fisiológica coordinada, aunque puede que no sea “un plato de gusto” (¡o sí!: según quién y… Sobretodo ¡según dónde y cuándo!).

Para comprender el origen de esta aprensión que se siente ante algunas situaciones, es preciso considerar que, el enfrentamiento a riesgos (reales o imaginarios), se origina a partir de la toma de conciencia de las propias limitaciones para afrontar el peligro. Por tanto, el miedo surge de la pérdida de confianza y, puede ser incómodo y paralizante pero, eliminarlo por completo sería como asumir cualquier riesgo (y, con ello, disminuir fatalmente; las posibilidades de supervivencia). Teniendo en cuenta lo vital que resulta un adecuado ajuste de la “conducta miedosa”, no es de extrañar que toda una red neural esté encargada de organizar (y graduar) la sensación desde cierto temor hasta el pánico incontrolable.

Esta reacción arranca en la amígdala, y prepara al organismo para luchar o la huir ante el peligro surgido. Se desencadena, así, el estado de alerta con todo un correlato vegetativo que prepara al sujeto para la pelea. O la escapada. Se dilatan pupilas y bronquios, el corazón late con más fuerza y el cuerpo entero se prepara para responder a la amenaza. Pero esta respuesta autónoma no ocurre aisladamente sino que, un mecanismo neuronal, se activa a partir de pequeño un grupo de células llamado núcleo paraventricular del tálamo que, al parecer, es una zona de la masa gris extremadamente sensible a las situaciones de estrés. La clave en esta conexión reside en un mensajero químico llamado BDNF (molécula cuya implicación, por cierto, se encontrado en una de las formas más dramáticas de mal función del miedo: las personas que sufren estrés post-traumático). También participan corteza prefrontal e hipocampo (fundamentales para recoger experiencias y aprendizajes previos ante situaciones peligrosas) contribuyendo a interpretar si el peligro es real y el miedo justificado. Para ello, ante cada evento, automáticamente, se analizará la información contextual y, si no se percibiesen verdaderas amenazas, se activarían vías inhibitorias para amortiguar la respuesta al miedo de la amígdala. Sea como fuere, la interpretación de una situación determinada no es igual para todos los individuos (ni siquiera para el mismo sujeto si cambia el contexto). No obstante, el resultado final debe ser que, la activación neural que conduce a la sensación de miedo, aumente conforme lo haga el desconocimiento sobre lo temido, y la impotencia que sienta el sujeto ante cómo afrontarlo. Por tanto, asustarse depende de un análisis de la situación puntual. Esta puede ser la explicación a que, aunque el miedo produce angustia y sensaciones desagradables, a muchas personas les guste recrear estas emociones. De una forma ficticia, a través de imágenes, películas, libros o situaciones simuladas, el sujeto puede reproducir la activación afectiva que se asocia a las situaciones que asustan. De hecho, diversos factores neuro-fisiológicos y culturales estarían ligados a esta pasión, voluntaria, de recrear esta emoción (de resultados tan potencialmente extremos). En este sentido, la Ciencia empieza a desentrañar por qué, algo que de miedo, puede resultar placentero… Y la razón parece estar en que, algunas de las principales sustancias químicas del cerebro que participan en la respuesta de lucha o huida, también lo hacen en las de recompensa o felicidad. Así, diversas moléculas neuroactivas, entrarían en acción en ambos contextos. Se trataría, entonces, de liberar hormonas como testosterona, adrenalina o cortisol y,  una forma de conseguirlo, es exponerse a sentir escalofríos y angustia en una situación controlada. Esto explica la alta excitación que se experimenta durante un susto, y que se pueda vivenciar como algo “divertido”. Además, también parece que tiene cierta ventaja adaptativa, ya que favorecería el aprendizaje social: el organismo, que está preparado para activarse ante lo diferente, libera dopamina, serotonina o estrógenos ante aquello que no se puede etiquetar con facilidad. Todo el circuito hormonal se pone en marcha ante la incertidumbre y favorece la adquisición de una experiencia previa sin arriesgarse a posibles daños… Este aprendizaje (por exposición al peligro pero fuera del alcance de la amenaza “real”) explicaría por qué pervive la costumbre cultural de disfrutar con el miedo.  

Y no es un gusto reciente: Lo siniestro ya tenían gran atractivo en tiempos de Homero, por ejemplo… Así, en su “Odisea”, se relata el espanto ante Gorgona (que tenía serpientes vivas por cabello y poseía el poder de convertir en estatua a quien la mirara a los ojos). Pero no se olvide que estos mitos se han transmitido por tradición oral o sea que, si el texto se conserva, es porque se encontraba placer en recitarlo. No obstante, lejos de todo divertimento, la Gorgona Medusa ha servido para ejemplificar lo que ocurre cuando el peligro es real e insuperable… Entonces, como sus víctimas (y, finalmente, hasta la propia Medusa), ante un horror inasumible, las personas pueden quedar petrificadas. En esta situación, toda la información que entra a través de los sentidos hacia la amígdala, activa una serie de conexiones para generar todo un caleidoscopio de complejas reacciones… Que en su extremo es una “no acción”: quedarse “de piedra”, paralizado por el terror. Y es que, en un ataque de pánico, la respuesta emocional sobre el sistema nervioso autónomo, se concreta en importantes elevaciones de la frecuencia cardíaca; de la conductancia de la piel (que es un indicador de descargas de la rama simpática del sistema nervioso autónomo); reducciones muy marcadas en el volumen sanguíneo o la temperatura periférica, y una importante vasoconstricción, (lo que es especialmente evidente en la palidez de la cara). Se está produciendo la típica reacción que lleva al sujeto a “quedarse helado”… Pero también, se producen efectos sobre el sistema somático, como elevaciones fásicas en la tensión muscular (que generalmente, afecta todo el cuerpo), y aumentos de la frecuencia respiratoria con simultáneas reducciones en su amplitud (o sea una respiración superficial e irregular). Todo ello favorece, en un primer instante, la sensación de paralización y agarrotamiento. Aunque estos ajustes deberían proporcionar el tono muscular adecuado para iniciar una huida, o evitación de la situación desencadenante, en un ataque de pánico (en condiciones extremas) se puede producir un bloqueo profundo con una pérdida total del control de la situación. La paralización, que debería haber servido para activar la atención sobre el peligro y el entorno, por el contrario, “desconecta” el sistema y deja de responder . Desde luego nada placentero. Lo dicho: de tanto miedo, ni huir puedo.

En definitiva, sentir miedo no es para nada algo prescindible aunque si es deseable que se pueda controlar (y el aprendizaje parece ser fundamental para ello). Al fin y al cabo, ya se sabe: Para aspirar a una felicidad plena, antes hay que cruzar las alambradas del miedo.

Para saber más:

“Psicología del miedo: temores, angustias y fobias” André, Cristoph (2010),. Kairós

“Biología del miedo: el estrés y los sentimientos Hütler, Gerald (2001)” Plataforma actual

“Psychology of fear”: Gower, L. Paul (2005) Nova Biomedical Books

La naturaleza de los trastornos de ansiedad https://webs.ucm.es/info/seas/ta/introduc.htm

La anatomía del miedo: bases fisiológicas y psicológicas https://lamenteesmaravillosa.com/anatomia-del-miedo-bases-fisiologicas-psicologicas/

Las bases fisiológicas y psicológicas del miedo. ¿Por qué sentimos miedo y cómo se manifiesta esta sensación en nuestro cuerpo y mente? https://psicologiaymente.com/psicologia/bases-fisiologicas-psicologicas-miedo

https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fnins.2018.00656/full?utm_source=AD&utm_medium=TW&utm_campaign=CORP_PLANS_20180904

http://apuntesdecienciaytecnologia.blogspot.com/2012/07/la-zarigueya-una-maquina-de.html

https://www.xlsemanal.com/conocer/20170302/hacerse-el-muerto-animales-tanatosis.html#foto3

https://www.ngenespanol.com/naturaleza/muertos-vivientes-animales-que-fingen-estirar-la-pata/

 

 

 

BUSCANDO EL EQUILIBRIO: El desafío constante de mantener la calma

equilibrio

Mantener el equilibrio requiere que las fuerzas que actúan sobre un individuo se compensen o anulen mutuamente. En este sentido, si hay un concepto clave para comprender el funcionamiento del organismo es, sin duda, HOMEOSTASIA (o sea la necesidad de mantener el equilibrio interno). El concepto fue aplicado por vez primera, por Walter Cannon, en la primera parte del siglo XX, y se refiere al sostenimiento, en el medio interno, de unas condiciones estables y constantes (o que varían dentro de unos intervalos dados).  Este control de las variables fisiológicas es, por tanto, la principal exigencia de cualquier organismo, que se enfrenta a un medio ambiente en continuo cambio. Esa constancia mediante regulación (como ya definiera, en 1865, Claude Bernard) permitirá mantener las condiciones normales de la vida y conservar la salud. De hecho, la principal causa de la desviación de los valores de las constantes fisiológicas de un sujeto, respecto al medio externo, es la propia actividad de su metabolismo mientras interactúa con el ambiente y el resto de organismos.  Este contacto, implica generar estrategias de conducta que van, desde la evitación (minimizando las variaciones internas utilizando algún mecanismo de escape) hasta la conformidad (en la que se cambia paralelamente a las condiciones externas).

En este proceso, los cambios para lograr estabilidad, tanto de comportamiento como fisiológicos, es lo que se denomina alostasis y fue propuesto por Sterling y Eyer, en 1988, para describir el desafío que supone el restablecimiento de la homeostasis. El cuerpo se va a ajustar activamente a eventos (predecibles o no) mediante una serie de respuestas que, de ser reiteradas, podrían generar, incluso, una “carga alostática” (que representa el costo de recursos, acumulativo, para el individuo). La alostasis es un mecanismo de adaptación, pero con respecto a un equilibrio dinámico que influye a muchos niveles simultáneamente. Los ajustes continuados afectan tanto a variables de tipo físico, como sería la temperatura (que si baja hace tiritar y si sube transpirar) como de carácter conductual, como ocurre en el desarrollo de afectos (que controlan jerarquías o convierten al sujeto en depredador o presa, por ejemplo). En este contexto, en tanto que animales familiares, la sobrecarga alostática comienza cuando hay conflictos entre los miembros del grupo u otros tipos de disfunción social. Sea como fuere, mantener el equilibrio requiere una respuesta adecuada ante cada evento y, con ello, responder al estrés que genera el cambio. Estas repuestas ante un ambiente mutable (que pueden ser muy complejas) se han de traducir en que el sujeto se enfrente al riesgo que se le presente, o que huya de él (las “ff” del inglés fight-or-flight). En el organismo humano, este ajuste pivota sobre de la alteración en las hormonas del eje hipotálamo-hipófisis-glándula adrenal. Estas estructuras coordinan respuestas a lago plazo (mediadas en su mayoría por la activación de medula adrenal) o repuestas agudas (moduladas por el lazo que regula la secreción de la corteza adrenal) Las descargas en este eje, capacitan al sujeto para responder a los diferentes retos ambientales, y prestar atención a aquello que realmente es significativo para su supervivencia. Así, la búsqueda del equilibrio interior, a la vista de estos procesos, se re-interpreta como un “continuum” de ajustes, que devuelven al sujeto a una posición estable aunque dinámica. El mantenimiento de esta respuesta homeotástica, debe modularse evitando que se produzca una sobrecarga alostática (que puede incluso terminar siendo patológica). Estos determinantes externos proceden del medio y posibilitan al individuo que mantenga la atención ante los estímulos. Paralelamente, también hay determinantes internos, o propios de la persona, que serían los que condicionan, no sólo la capacidad y desarrollo de la atención, sino también su rendimiento.

Obviamente, los estímulos que provocan emociones de mayor intensidad tienden a atraer más la atención del sujeto que los percibe. El reto de la supervivencia ante los cambios se enfrenta, en cada momento, a este balance entre el la respuesta inmediata, adecuada y, quizás, extrema, y la permanencia en unas condiciones de mayor o menor estabilidad. Y es que, la calma interior depende de la revisión de los requerimientos del sujeto, y la evaluación constante de su entorno. Todo ello, obviamente, requiere de una enorme atención por parte de cada sujeto. La red neural que controla la atención (que se sitúan en los circuitos de la corteza cerebral prefrontal) actúa en la búsqueda de esa equilibrada focalización.  Sin embargo, los hábitos y modos de actuar de la mente, per se, tienden a conducirla a divagar: la atención permanece centrada en un objeto o evento por un segundo, luego lo abandona y salta hacia otro, después hacia un tercero y así sucesivamente… No obstante, el estado de introspección es posible y empieza por un proceso bastante común: ¡se trata de ‘poner la mente en blanco”!…  Este sería el modo de conseguir, algo así como, entrenar los circuitos neurales para la calma. Las técnicas que favorecen este estado de meditación, activan las regiones cerebrales que modulan el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y, con ello, colaboran a reducir los índices de estrés. Estas estrategias incluyen la práctica de la meditación. Las técnicas de concentración, entendidas como un pensamiento o reflexión cuidadosa, centradas en promover la relajación y enfocadas en habilitar (en su practicante)  un estado de bienestar general, podrían modificar (incluso estructuralmente) el cerebro de quién lo ejercita. En este sentido, existen datos que sugieren que la práctica de la meditación aumenta el volumen de materia gris y el grosor del hipocampo (responsable del aprendizaje y la memoria) y también se ha registrado una tendencia a la disminución del volumen de la amígdala (relacionada con las emociones como el miedo o la ansiedad). La plasticidad del sistema nervioso, por tanto, estaría bajo el sentimiento “paz interior” que sus practicantes asocian a estas técnicas.

En resumen, la clave está en tener el estado de ánimo adecuado para cada situación concreta: No reaccionar ante los cambios del entorno no es adaptativo, pero permanecer continuamente en alerta puede ser agotador. La calma DEBE preceder a la tempestad, NO EVITARLA (aunque si puede modularla y mantenerla controlada con un poco de entrenamiento…) No en vano ya lo decía Goethe: “Tan divinamente está organizado nuestro mundo, que cada persona, en nuestro lugar y tiempo, estamos en equilibrio con todo lo demás”.

Para saber más:

“Homeostasis”, Hardy, R.N., Ed. Omega, colección Cuadernos de biología, Barcelona, 1979.

“Fisiología humana. La base de la Medicina”. Pocock, G. y Richards, C.D. (2005). 2ª Edición. Masson, Barcelona.

“Neurociencia”,  Purves, D., Augustine, G.J., Fistpatrick, D., Hall, W.C., LaMantia, A-S. y Willians, S.M. (2007). Panamericana, Madrid.

“El concepto de alostasis en biología y biomedicina” McEwen, Bruce S.; Wingfield, John C. (2003). Horm. Behav. (en inglés) 43 (1): 2-15. ISSN 0018-506X. doi:10.1016/S0018-506X(02)00024-7.

“Meditación como herramienta para el equilibrio y la felicidad” https://www.elnuevodia.com/estilosdevida/saludyejercicios/nota/meditacioncomoherramientaparaelequilibrioylafelicidad-2215871/

“Cómo domar tu mente errante”. https://mujeresconciencia.com/2018/05/13/como-domar-tu-mente-errante/

“Las Cuentas del Rosario son escaleras, para subir al cielo, las almas buenas”. Neurociencia del cerebro que salmodia

rosarioComo dice la copla tradicional, cada 7 de octubre en muchos pueblos y ciudades andaluces las “almas buenas” celebran, de un modo especial, la festividad de “su” Virgen del Rosario. Carrión de los Céspedes, Cádiz, Bornos.  El Gastor, Cartaya o Salobreña, son algunas de las poblaciones que conmemoran el rezo de los veinte «misterios» recitando (después de anunciar cada uno de ellos), un padrenuestro, diez avemarías y un gloria. En los orígenes de este rito, se entrelazan tradiciones antiguas de la oración del Oriente y del Occidente en el que, la clave, está en la repetición de aclamaciones y alabanzas, junto con himnos y oraciones propias de las liturgias orientales. Un manuscrito de 1501 es la primera referencia al respecto, pero no fue hasta mucho después, tras la batalla de Lepanto, que la Iglesia católica empezó a celebrar una fiesta anual con este propósito. A la Sevilla del XVII se debe que el rezo de los rosarios se volviera “callejero” en cortejos, de canto comunal, presididos por una insignia mariana denominada   ”Simpecado”. Obviamente, muchas fiestas locales que aún se celebran, tienen su origen en esta práctica que se centra en un recitado repetitivo y grupal que hunde sus raíces una tradición muy antigua y que no es exclusiva del orbe cristiano , sino que entronca con otros rezos similares (como el canto de mantras) por sus posibles efectos fisiológicos.

El hecho es que existen datos experimentales, que muestran que, aquellos patrones o fórmulas rítmicas que impliquen ciclos respiratorios coincidentes con ritmos circulatorios endógenos, pueden inducir efectos fisiológicos mediante cierta la sincronización en los ritmos respiratorio y cardiovascular. Obviamente, la frecuencia que se imprima a las repeticiones y la estructura de la palabra repetida, son muy importantes de modo que, por ejemplo,  el  “ora pro nobis “ católico “Om mani padme hum” budista tendrían esta propiedad y, verbalizados con un ritmo constante, podrían generar un ajunte de la funciones autonómicas afectadas, con determinados efectos físicos, al margen de sus implicaciones religiosas.

De hecho repetir algo “como un mantra” (expresión verbal repetitiva prolongada) es una de las prácticas mentales más universales en la cultura humana. Sin embargo, aún no se conocen completamente los mecanismos neuronales subyacentes que pueden explicar su poderoso impacto emocional y cognitivo. El estudio de los correlatos neuronales del habla repetitiva simple, sin carga religiosa alguna, empieza a dar pistas al respecto. Así, utilizando imágenes de resonancia magnética funcional se ha demostrado que, una salmodia repetitiva, induce una reducción generalizada de la señal de actividad cerebral en comparación con la línea de base en reposo. Esta reducción, se centra principalmente en la red asociada con procesos de generación del pensamiento. El desencadenamiento de esta inhibición global por uso de sentencias repetitivas (independientemente del sentido que éstas tengan e, incluso, de que carezcan de él) resulta mínimamente exigente y puede explicar el efecto, como calmante emocional, que describen las personas que realizan habitualmente estas prácticas meditativas. No obstante, la meditación, es una familia de prácticas mentales que abarca una amplia gama de técnicas (que emplean estrategias mentales distintivas) por lo que podrían activarse o inhibirse diferentes funciones (dependiendo de la estrategia seguida por el sujeto que salmodia). Aún así,  se ha comprobado que, el dominio de la meditación se relaciona con efectos concretos en la función cerebral (desarrollados a lo largo del tiempo en que se realiza) que afectan a diferentes estructuras, como el giro frontal derecho, y que se extienden hasta incluir los lóbulos parietal y occipital, Además, estas redes se pueden expandir enormemente durante la práctica de la meditación para incluir regiones homólogas del hemisferio izquierdo. El proceso de “reclutamiento” de áreas en este fenómeno de “activación-inhibición” podría terminar incluyendo a la ínsula y las cortezas motoras, cingulada y frontal.

Por último, no está de más señalar que, en general, el canto de la plegaria bajo el “Simpecado” se realiza conjuntamente. Se ha demostrado también, que el canto de grupos al unísono promueve el bienestar de las personas cantoras. Una razón para esto puede ser que el canto requiere una respiración más lenta que la normal, lo que a su vez puede afectar la actividad del corazón. El acoplamiento de la variabilidad de la frecuencia cardíaca a la respiración se denomina arritmia sinusal respiratoria. Este acoplamiento generaría un efecto (que se sumaría al ya descrito)  de tipo subjetivo que, además de biológicamente calmante, ajustaría y la función cardiorrespiratoria de cada miembro del grupo que participa en el rezo.

De modo que (como dice la copla ) el rezo del rosario (o cualquier otro recitado repetitivo que cumpla las condiciones descritas) facilita la “escalera” que conduce a una situación con efectos neurofisiológicos distinguibles. Sin embargo, aunque los diferentes análisis realizados apoyen las consecuencias descritas para las prácticas de meditación, también se plantean muchas inquietudes metodológicas (lo que implica que son necesarias futuras investigaciones).

Sea como fuere, mientras tanto, por supuesto; muchas felicidades a Rosarios Charos y Charitos…

Para saber más:

“Repetitive speech elicits widespread deactivation in the human cortex: the “Mantra” effect?” Aviva Berkovich-Ohana, Meytal Wilf, Roni Kahana, Amos Arieli & Rafael Malach. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4511287/pdf/brb30005-e00346.pdf

“Low and then high frequency oscillations of distinct right cortical networks are progressively enhanced by medium and long term Satyananda Yoga meditation practice”. John Thomas, Graham Jamieson and Marc Cohen. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4051196/pdf/fnhum-08-00197.pdf

“EEG Spectral Analysis on OM Mantra Meditation: A Pilot Study” Bhavna P. Harne, A. S. Hiwale.  https://link.springer.com/content/pdf/10.1007%2Fs10484-018-9391-7.pdf

“Functional neuroanatomy of meditation: A review and meta-analysis of 78 functional neuroimaging investigations”, Kieran C.R. Fox; Matthew L. Dixon; Savannah; Nijeboer; Manesh Girn; James L. Floman; Michael Lifshitz; Melissa Ellamil; Peter Sedlmeier; Kalina Christoffa;  https://ac.els-cdn.com/S0149763415302244/1-s2.0-S0149763415302244-main.pdf?_tid=d23072bc-05a6-448b-8e95-8af4e39afa25&acdnat=1538643551_c099d25013e30d3b030eeef9dd7c8858

“Music structure determines heart rate variability of singers” Björn Vickhoff, Helge Malmgren, Rickard Åström, Gunnar Nyberg, Seth-Reino Ekström, Mathias Engwall, Johan Snygg, Michael Nilsson; Rebecka Jörnsten. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3705176/pdf/fpsyg-04-00334.pdf

 

 

 

 

 

 

 

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Arde La Calle Al Sol De Poniente… El cerebro “se achicharra”

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Superado el “40 de mayo”, en el sur de la península, hace ya días que nadie soporta “el sayo” con una mínima dignidad. Miles de frases hechas describen como el sol aplasta, quema, derrite y fatiga a las víctimas de su inclemencia, mientras las personas intentan mantenerse en una situación confortable y, mínimamente, “ a la fresquita” el mayor tiempo posible. Es un hecho: Cuando las temperaturas se elevan, a la par, se derrumban ánimos mientras aumentan las respuestas agresivas, crecen los sentimientos de hostilidad y los pensamientos violentos. Pero esto no pasa por que sí, se trata de una reacción adaptativa ante un estímulo y, lo cierto es que hay una razón fisiología para este malestar térmico que, aunque predispone a la irritabilidad, provoca reacciones defensivas al peligro que, la exposición al calor excesivo, supone.

Las personas habitan en áreas geográficas muy distantes pero, aunque el cuerpo humano se exponga a grandes variaciones en sus condiciones ambientales, permanece a una temperatura bastante estable, mediante un refinado control. La denominada “barrera psicológica de los 40 grados,” evidencia que el cerebro humano sólo funciona, adecuadamente, cuando la temperatura corporal está entre los 35 y los 40 grados centígrados y, superados estos niveles, deja de poder trabajar. De hecho, pequeñas modificaciones, son signos inequívocos de presencia de patologías: Hay fiebre. Por el contrario, en condiciones normales, el organismo, depende de mecanismos fisiológicos (como la sudoración) y la modulación conductual (al ponerse a la sombra o quitarse la ropa) para mantener su constancia térmica. Este comportamiento, ante la elevación de la temperatura exterior, merece una atención especial. El calor funciona como un elemento estresante y, por tanto, dentro de las reacciones del organismo ante el calor, se encuentra activar el sistema nervioso iniciando una respuesta que le permita huir, o defenderse de aquello que está provocando malestar. Solo que, a veces, ni una cosa ni otra tiene efecto, desencadenando una respuesta puramente emocional de, cuando menos, disgusto. El eje central de esta respuesta se sitúa en una estructura concreta del encéfalo: el hipotálamo.

El hipotálamo es una parte bastante pequeña del cerebro (apenas 4 g de los 1,400 g de cerebro humano adulto). Sin embargo, su tamaño no se corresponde con la importancia de las funciones que desempeña: Todo el equilibrio interno se gestiona desde él. Ritmo respiratorio, respuesta cardiovascular, ciclo vigila-sueño, reproducción o la integración de los correlatos vegetativos de las emociones, dependen de las neuronas hipotalámicas. En este microcosmos del mantenimiento de la armonía en el organismo, la temperatura con que la sangre llega al hipotálamo, será el principal determinante de la respuesta corporal a los cambios ambientales. El hipotálamo funciona como un termostato que mantiene el equilibrio entre producción y pérdida de calor.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que, la efectividad relativa de las rutas de intercambio de calor, depende de las condiciones ambientales. La zona de confort térmico, se sitúa en el rango de temperatura ambiental en el cual el gasto metabólico se mantiene en el mínimo y, cuanto mayor es el alejamiento externo, más esfuerzo fisiológico supone mantener el equilibrio interno. Así, el sobrecalentamiento del área termostática del hipotálamo, provocará un aumento en la tasa de pérdida de calor por vasodilatación. El efecto será bien visible pues, cuando la temperatura corporal aumenta, los vasos periféricos se dilatan y la sangre fluye en mayor cantidad, cerca de la piel, favoreciendo la transferencia de calor al ambiente. Por eso, por ejemplo, en una aglomeración o, en un sitio muy caldeado las personas ven como su piel se enrojece, ya que está más irrigada. Además, el organismo va a tratar de bajar su temperatura por evaporación. La transpiración se produce cuando el cuerpo se calienta de manera excesiva porque, la estimulación de la zona anterior del hipotálamo, disminuye la temperatura mediante la activación de la producción de sudor. De hecho, esto explica porque resulta aún más irritante el calor húmedo, dado el papel de la evaporación en el proceso de reducción de la temperatura corporal. Si, además de altas temperaturas, la humedad ambiental también es alta, la situación empeorará. No se producirán corrientes de convección y la sudoración disminuirá, con lo que el individuo empezará a absorber calor, en vez de refrescarse, y se generará un estado de hipertermia.

En cualquier caso, las glándulas sudoríparas son un buen ejemplo de como el control de las funciones vegetativas pone en marcha muchos niveles de integración neurofisiológica. Lo cierto es que están, directamente, bajo el control del sistema nervioso simpático (que junto con el sistema parasimpático, forma el sistema nervioso autónomo) y que se activa en las denominadas “Situaciones E” (escape, estrés, emergencia). Una “situación E” es la exposición al asfixiante calor de una tarde de junio en Sevilla y, por ello, el organismo pone en marcha todos los recursos que posee para intentar compensar la agresión que supone.

La vía principal de los impulsos que implican pérdida de calor llegará al hipotálamo lateral, de ahí a la porción media cerebral, áreas tronco-encefálicas y a la médula espinal y, desde las fibras simpáticas, controlará a los vasos cutáneos, glándulas sudoríparas y fibras motoras musculares. El sujeto enrojecerá y romperá a sudar. Además, es probable, que empiece a tener sed o sentir fatiga, ya que todo el organismo responde solidariamente. Esta acción coordinada se produce gracias a la activación neuroendocrina, mediada por el sistema hipotálamo-hipofisario implicando a las hormonas tiroideas y corticoides, entre otras. Todo un entramado de respuestas que conducen al reajuste que permita sobrellevar la exposición a estrés térmico…Y de hecho cualquier estrés. Por ello, y como consecuencia de todo lo anterior, esta activación metabólica va a llevar aparejada una expresión emocional. Todas las estructuras implicadas en el manteniendo de la temperatura interna constante, también participan en la gestión de la respuesta de alerta, en la activación de los mecanismos que permiten al individuo enfrentarse a potenciales peligros, que le impulsan a escapar… O a enfrentarse a él. De modo que, ciertamente, el sujeto se va a ir “calentando”, se va ir sintiendo más y más incómodo…¡Y su cerebro se va enfadando!. Por tanto, la combinación de factores “situacionales” (como la temperatura exterior) y tendencias personales (por ejemplo, autocontrol deficiente) influyen en los procesos de toma de decisiones determinando que un comportamiento se vuelva más agresivo.

Y no se trata de una afirmación al azar: Varias evidencias confirman esta relación calor-agresión. Por ejemplo, se ha visto en estudios realizados en partidos de futbol o hockey, la capacidad del calor ambiental para aumentar la agresividad de las personas participantes (existiendo una sinergia entre los efectos de la reacción afectiva, que la competición misma provoca, y la temperatura ambiente en que ésta se produce). En este sentido, se ha evidenciado una relación lineal significativa entre la temperatura alcanzada y violencia mostrada. Estos experimentos permiten conjeturar que, la exposición a estrés por calor, provoca una fuerte reacción sobre el índice de ansiedad. Orgánicamente, esta respuesta estaría mediada por la actividad hipotalámica y de otras estructuras conectadas con él y relacionadas con la respuesta afectiva. En este contexto de control emotivo, destacan dos estructuras cuya acción, junto al hipotálamo, serán cruciales en las respuestas agresivas: amígdala e hipocampo. Ante la persistencia de una situación desagradable, como el calor intenso, la amígdala estará enviando señales de activación emocional al sistema, mientras el hipocampo estará trabajando para adecuar la respuesta a las experiencias previas.

En conclusión, en un mundo cada vez más poblado (y en pleno proceso de calentamiento global) no parece una locura afirmar que, la sociedad, cada vez se enfrentará a un estrés térmico mayor, y a individuos cada vez más enojados por ello. La propia fisiología termorreguladora, conducirá a que también crezcan los niveles de tensión psicológica individuales y, como consecuencia de esto, a violencia social. No es, por tanto, un tema menor. Es preciso conocer los límites de esta respuesta y, sobre esa base, impulsar que se empiecen a proponer indicadores, de carácter bioclimático, que impliquen el análisis de los efectos que el calor ejerce sobre las condiciones de bienestar en las personas, permitiendo delimitar si este factor detona la violencia o no… Y eso afectará a todo (desde infraestructuras arquitectónicas, al urbanismo, desde las políticas sociales a los equipamientos sanitarios)

Para saber más:

Se acaba mayo y… ¡Estoy “atacaaá”!. El Cerebro ansioso

ansiedad

No es broma: mayo es un mes horrible antesala de otro peor. El profesorado vive bajo los calendarios inflexibles que impone el avance del curso…Y algunas fechas (como las que aproximan su final) implican, irremediablemente, la acumulación de trabajo, de tensiones y de nerviosismo. Si se les pregunta, es fácil encontrar profesoras y profesores que reconocen que han atravesado momentos profesionales (y, como consecuencia de ellos, muchas veces también, personales) bastante difíciles, desbordados por la situación, con incertidumbre sobre los acontecimientos, y con problemas físicos y psicológicos (a veces tan serios que conducen a un diagnóstico de estrés o depresión). Sin llegar a estos extremos patológicos, qué duda cabe que, el gran volumen de trabajo que implica el fin de curso y, la enorme responsabilidad de decidir el futuro del alumnado con un solo número (que eso, y no otra cosa, es “poner notas”) en una situación que genera una gran ansiedad. Los retos como este, que se enfrentan día a día, se traducen en estados emocionales en los sujetos. Décadas de investigación han identificado las áreas cerebrales que están involucradas en estas respuestas emocionales, incluidas el miedo y su “hermana” (no tan pequeña), la ansiedad. Ambos niveles afectivos se relacionan con el establecimiento de comportamientos defensivos que, hoy, se empiezan a comprender de la mano del empleo de técnicas genéticas y de formación de imágenes “in vivo” que han permitido caracterizar la actividad, conectividad y función de tipos celulares específicos, dentro de circuitos neuronales complejos.

Estas investigaciones, han permitido una visión más integrada de cómo el cerebro gestiona miedo y ansiedad, orquestando las conductas defensivas que, mejorando la capacidad de supervivencia del individuo, han proveído de enormes ventajas adaptativas como especie. Los primates en general, y las personas en particular, poseen un muy desarrollado cerebro social, que está en la base de las respuestas que se generan ante un ambiente que cambia. Desencadenando reacciones físicas ante lo que acontece (que son reconocidas por el resto de los miembros del grupo) se generan respuestas conjuntas. De hecho, al sentimiento de ansiedad, subyace una serie de inhibiciones o restricciones emocionales internas específicas. La ansiedad adaptativa, o no patológica, es una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones y constituye una respuesta habitual a diferentes eventos cotidianos estresantes. Por lo tanto, cierto grado de ansiedad es, incluso, deseable para el manejo adecuado de las exigencias o demandas del medio ambiente. Únicamente cuando  se sobrepasa cierta intensidad, en la que se desequilibra los sistemas que ponen en marcha la respuesta adaptativa, es cuando la ansiedad se convierte en patológica, provocando un malestar significativo, con síntomas fisiológicos y psicológicos.

Ante una situación de alerta, de forma normal, el organismo pone a funcionar el eje neuroendocrino que constituyen el hipotálamo, la hipófisis y varias glándulas periféricas. El hipotálamo actúa mediante la secreción de hormonas, que a su vez provocan que se liberen más, a nivel hipofisario. Es así como se inicia una respuesta al estrés. Reacciones emocionales, como el miedo, la ira o el placer, estimulan estructuras hipotalámicas para producir los cambios fisiológicos relacionados con cada una de estas emociones, haciéndolo, además, por medio de sus interconexiones con el sistema nervioso autónomo y diferentes glándulas periféricas. Frente a un riesgo potencial, destaca el papel de la glándula adrenal que, en respuesta a la activación hipotálamo-hipofisaria, libera cortisol y adrenalina, preparando a todo el organismo para reaccionar ante el peligro. Se sentirá miedo o ira y,  como consecuencia  de ese sentimiento, se desencadenarán respuestas conductuales complejas de ataque o huida.

Es importante señalar que sentimiento y emoción son conceptos relacionados pero no equivalentes. Mientras sentimiento se emplea para aludir a la sensación consciente y, por tanto, está mediado por la corteza cerebral, el término emoción se emplea para describir el estado del organismo y sus componentes periféricos, incluyendo las modificaciones corporales, que preparan al sujeto para la acción, y comunican los estados emocionales dentro del grupo. Estos estados, están mediados por un conjunto de respuestas autónomas, endocrinas y del sistema motor esquelético, en las que participan estructuras sub-corticales. Por tanto, sentir ansiedad es una respuesta fisiológica que implica un importante correlato vegetativo (en este caso concreto como parte de una conducta anticipatoria de un riesgo). El organismo frente a ciertos estímulos que son percibidos, por el individuo, como amenazantes y/o peligrosos, desarrolla síntomas somáticos de tensión. Se desencadena, así,  la respuesta de alerta que advierte sobre un peligro inminente, permitiendo al individuo (al menos en teoría) que adopte las medidas necesarias para enfrentarse a posible amenaza. Cuándo los sentidos perciben esa amenaza, el cerebro automáticamente pone en marcha todo este proceso de activación general.

Aunque en el cerebro los estados de ansiedad están mediados por conexiones, tanto locales como de largo alcance, entre las múltiples áreas implicadas, de hecho, destaca, como en cualquier otra emoción, la amígdala. No obstante, no se dibuja un cuadro de control sencillo, ni mucho menos. Por ejemplo, la conexión entre amígdala el núcleo del lecho de la estria terminal media efectos ansiolíticos. Sin embargo, la vía amígdalo- hipocampal es ansiogénica . De modo que gran parte de la red que subyace a sentir ansiedad aún debe caracterizarse en términos de identidad y funciones celulares. Aun así se puede afirmar que, la amígdala, de modo genérico, se comunica con otras estructuras nerviosas para advertir del peligro y trasmitir la necesidad de una respuesta inmediata. La corteza le envía información sensorial, por vía talámica, y la amígdala le asigna significado emocional a los estímulos entrantes, impulsando la respuesta al estrés. La corteza, además, tiene mucho que ver en este proceso de generación de “respuestas defensivas preventivas” ya que, en ella, se gestiona y codifica la información del entorno, vinculándolo a representaciones corporales de la experiencia y permitiendo, así, regular el tono emocional y las respuestas físicas al entorno. Específicamente, la alteración de la corteza prefrontal ha mostrado estar relacionada con problemas del comportamiento o personalidad, descontrol de los pensamientos obsesivos y humor negativo o lábil , así como la aparición dificultades en las relaciones sociales. De hecho, se ha comprobado que cuando una persona está ansiosa se modifica drásticamente la actividad de su corteza prefrontal. Mención aparte merece el hipocampo (estructura central de la formación de la memoria) pues es fundamental para el aprendizaje sobre qué experiencias son negativas o peligrosas, haciendo que se desencadene la respuesta de alerta, en lo sucesivo, ante señales similares. Esto implica que, en sujetos sensibilizados previamente, la aparición de estímulos, inicialmente neutros, puede desencadenar un cuadro ansioso completo por un proceso básico de aprendizaje asociativo. En casos patológicos, por tanto, esta sería una diana terapéutica donde intervenir forzando cierto tipo de “desaprendizaje emocional.”

En definitiva, hormonas y neuronas, en un estado general de activación, que deben conducir al sujeto a una respuesta visible e intensa, de ataque o de huida… Porque para eso está diseñada, y no para estar contenida, sin una resolución del conflicto detectado con el ambiente. La patologización de la ansiedad puede tener uno de sus orígenes en ello… De modo que a “modo preventivo”, ya lo decía Martirio: ¡Estoy atacá, estoy atacá!….¡Ay qué hartura, Dios mío, riapitá, mira que me voy a la calle a PEGAR CHILLIOS!…

O lo que sea que permita fluir todo esa energía movilizada, ¡claro está!.

Para saber más:

¡Ya huele a Feria!

Feria (2)
Decía la copla:”Ya huele Feria, que ole, ya huele a Feria… Y se ponen alegres, que ole, la gente seria”.Y es verdad, hay olores que nos traen a la cara sonrisas (como los hay que nos la borran del rostro…) La sofisticada fragancia de un perfume que, ineludiblemente, se une a una persona en concreto, o el sencillo aroma de un plato que alguien solía guisar para nosotros, nos llevan, inmediatamente, al recuerdo emocionado… Los olores tienen la cualidad de activar nuestra memoria, de hacernos recordar.

La facultad para recordar es una función cerebral. La memoria le da al sujeto la capacidad para aprender de sus experiencias ya que codifica, almacena y, sobretodo, le permite recuperar, la información del pasado. Este proceso es resultado de la plasticidad sináptica de áreas concretas del cerebro que, con su conectividad, forman redes neuronales que sustentan la respuesta al estímulo. Lo cierto es que, el olor, induce el recuerdo de forma inmediata y, probablemente, más intensa que ningún otro tipo de estímulo…Y, obviamente, la razón también está en el cerebro: en una pequeña estructura, llamada bulbo olfatorio, y sus conexiones, especialmente, con el hipocampo y la amígdala.

El bulbo olfatorio es fundamental para detectar los olores. Está situado, en la especie humana, en la parte posterior de las cavidades nasales. Son dos protuberancias sobre el epitelio olfativo y por debajo de los lóbulos frontales que participan en la transmisión de información olfativa desde la nariz hasta el cerebro. El olfato es un sistema básico de quimio-recepción imprescindible para supervivencia del individuo. Gracias a él se pueden reconocer los alimentos y su estado antes de ingerirlos (siendo su olor el mejor de los indicadores). También es esencial para identificar miembros de la familia (es un clásico, el efecto calmante que, en un bebe, tiene arroparlo con una prenda usada por su madre, por ejemplo). Así mismo, en muchas especies, ha mostrado tener una gran ventaja adaptativa poder reconocer el olor de un depredador cercano, o de posibles parejas en el momento del celo adecuado… Y, por ello, un sistema muy especializado detecta las sustancias químicas volátiles. En él, cada célula receptora enviará un único axón al bulbo olfatorio y las neuronas del bulbo olfatorio iniciarán el procesado de la información olfativa remitiéndola al resto del encéfalo, destacando, en este diseño, la intervención de la amígdala, (zona de control emocional) y ciertas áreas corticales. En general, el aprendizaje asociativo entre olores y respuestas conductuales se inicia en la amígdala. Los olores sirven como los estímulos reforzantes o aversivos durante el proceso de aprendizaje asociativo. Además indirectamente, la información se procesará otras áreas cerebrales, siendo especialmente importante la conexión entre bulbo e hipocampo ya que, este último, juega un papel fundamental en la memoria y el aprendizaje. Muchos procesos de memoria olfativa ocurren en el momento en que ciertas neuronas del hipocampo disparan sus potenciales de acción asociándose con otra señal recibida, como es un aroma, impulsando la rememoración de aquello con lo que se asoció. El resultado será que cuando aparezca de nuevo ese olor, en concreto, se causará el recuerdo del evento relacionado y que emocionó tiempo atrás…

Y , así, el olor del algodón de azúcar o el “pescaito frito” llevara el ánimo, de nuevo, a esa reunión de amigos, baile y música que llamamos Feria de Abril.
Para saber más:
NEIL R. CARLSON , 2014; Fisiología de la conducta. 11Ed .Editorial: PEARSON;             ISBN: 9788415552758
https://es.wikipedia.org/wiki/Bulbo_olfatorio https://es.wikipedia.org/wiki/Hipocampo_(anatom%C3%ADa)
https://psicologiaymente.net/neurociencias/hipocampo