La edad de las mujeres. Neurociencia de la menopausia.

Envejecer no es juventud perdida, sino una nueva etapa de oportunidad y fuerza”. (Betty Friedan).abuela
Desde que Darwin propusiese la Selección Natural como mecanismo para explicar la Evolución de las especies, se da por sentado que,  cualquier ser vivo está, en cierta manera, impelido a incrementar las posibilidades de que sus genes pasen a la siguiente generación. De hecho, la Evolución no consiste en que un individuo consiga sobrevivir, sino que el grupo pueda reproducirse: de ahí que la existencia de la menopausia resulte tan intrigante.

Lo cierto es que, en el Reino Animal, la menopausia es un hecho insólito. La mayoría de las hembras conservan su fertilidad casi hasta el final de sus días. Bien es verdad que, sin embargo, existen algunos ejemplos de “vida post-reproductiva”, como ocurre en los peces Poecilia reticulata, que pasan aproximadamente el 13.6% de su vida en la fase post-reproductiva; o algunos insectos, como los áfidos, que pueden extender su vida superado el periodo reproductivo, lo que se ha relacionado con la defensa de su colonia.

Entre estas escasísimas excepciones de hembras que sobreviven mucho más allá de su vida reproductiva, se encuentran, obviamente, las mujeres, y las hembras de dos especies de cetáceos. En una de ellas, las orcas (Orcinus orca) esta fase vital parece ser de muy reciente aparición, y se vincula al aumento de su esperanza de vida. La orca entra en menopausia a partir de los 30 años, pero puede vivir hasta los 100. Precisamente por esto es muy interesante comprobar en qué condiciones se ha propiciado este estado fisiológico: La clave parece estar en la supervivencia de la prole. Diversos estudios han mostrado que las crías de las madres maduras tienen una tasa de mortalidad muy superior a la de las jóvenes. Es muy sugerente lo que ocurre cuando una orca y su hija crían en el mismo año o el siguiente, pues, en este escenario, la cría de la primera tiene 1,67 veces más probabilidades de morir antes de los 15 años (inicio de la fase adulta), y esto no ocurría si la orca madura criaba en periodos en los que su hija no lo hacía.

Este patrón de cría vendría a apoyar a la denominada “hipótesis de la abuela”, que postula que las hembras mayores, ya infértiles, podrían dedicar todo su tiempo, recursos y experiencia, a ayudar a sus hijas con sus prole. La ventaja de que las hembras menopáusicas dejarán de reproducirse pronto en sus vidas, estaría en ayudar a nietos y nietas a sobrevivir. En el caso de las orcas (que son animales con complejas estructuras sociales) esta conjetura parece muy acertada, puesto que las hembras de mayor edad tienen un gran bagaje de conocimiento ecológico, sobretodo acerca de la localización de alimentos.

La “hipótesis de la abuela” llevada a la Antropología (y por tanto, a la especie humana) implicaría que, dado que en la primeras tribus las hijas migraban a nuevas familias, no tendrían ninguna relación grupal hasta la maternidad. En estas condiciones, la colaboración con sus familiares en la crianza de la prole sería beneficiosa genéticamente para ellas. Simultáneamente, cada bebe estaría mejor cuidado, las madres recibirían una notable y experimentada ayuda, y las abuelas aumentarían la probabilidad de que sus genes se perpetuaran a través de las siguientes generaciones. Además, al proporcionar sustento y apoyo a sus parientes, incrementarían sus redes sociales, lo que podría traducirse en una mejor gestión de los recursos. De una manera semejante a la descrita para las orcas, varias investigaciones indican que, en los pueblos cazadores-recolectores, las mujeres serían, durante todas sus vidas, importantes abastecedoras de alimentos, y su conocimiento del entorno resultaría de enorme importancia para su comunidad.

En definitiva, la aparición de la menopausia implica un cambio radical en los ciclos vitales de las hembras que afectaría a la viabilidad del grupo en su conjunto. En este sentido, en general la especie humana se ha ido haciendo más y más longeva. En el caso concreto de las mujeres, la esperanza de vida media se estimaba en veinte años en la Prehistoria, cuarenta y cinco años en la Edad Media, y ochenta años hoy en día (en las sociedades desarrolladas). No obstante, siempre la máxima duración de la vida humana ha superado a la edad de la menopausia; lo que sí ha ido cambiando es el porcentaje de mujeres que lograban alcanzarla. Este hecho se ha manifestado (como han probado diversos estudios etnográficos) en las relaciones en los grupos humanos, poniéndose de manifiesto que, la menopausia, no estaba marcada por una “patologización” de este periodo de las vidas de las mujeres, ni por consecuencias sociales negativas, bien al contrario: se traducía, incluso, en algunos grupos primitivos, en una mayor consideración comunitaria.

Sea como fuere se trata de un momento de ajustes y cambios de capacidades físicas. Así, durante la vida fértil, el ovario produce dos tipos de hormonas: estrógenos y progesterona, con acciones a muchos niveles del organismo femenino. Tras la menopausia, por tanto se generará un déficit de ambos tipos de moléculas que se asociará con modificaciones a todos los niveles del organismo. En clave neurofisiológica, los estrógenos y/o progestágenos, tienen mecanismos de recepción específicos en el sistema nervioso que se han demostrados esenciales en diversos procesos cognitivos y de ritmos biológicos. La pérdida de estrógenos en la menopausia no sólo disminuye la fertilidad sino que también conlleva la pérdida de un elemento neuroprotector clave en el cerebro femenino. Además, generalmente, niveles elevados de las hormonas ováricas, son beneficiosos para la optimizar procesos de atención sostenida, memoria espacial, verbal o de reconocimiento.

No obstante, se estima que una mujer de 75 años de edad aún conserva al menos el 90% de su metabolismo basal, el 70% de su función cardiovascular y coordinación muscular y el 50% de su actividad pulmonar y, de hecho el 89% del funcionamiento de su sistema nervioso, en comparación con el estado funcional que presentaba cuando tenía 20. De modo que, la menopausia, sólo es un evento biológico y no precisa ser “medicalizado”, sino comprendido. En este sentido,  la menopausia, como otros temas de género, se han visto afectados, negativamente , por valores y asunciones culturales tan amplios como perniciosos y sesgados.

Referencias para saber más:

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La Ira, el “Reloj del Apocalipsis” y la Cara del Enemigo.

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El “reloj del Apocalipsis o “del Juicio Final“, es un reloj simbólico que se puso en marcha bajo el impacto de la destrucción causada por el primer (y, hasta ahora, último) lanzamiento de bombas atómicas contra zonas habitadas. Allá por el 1947, la junta directiva del Bulletin of the Atomic Scientists en la Universidad de Chicago, imaginó cuánto separaba a la especie humana de la medianoche que representaba la “destrucción total y catastrófica” de la Humanidad. Aunque al principio la analogía solo se refería a la amenaza de guerra nuclear global, hoy en día, la incansable creatividad humana en la búsqueda de su propia extinción, ha hecho que se incluyan también factores como, el cambio climático o, todo nuevo desarrollo técnico e industrial que pudiera infligir algún daño irreparable a la Tierra como planeta. La metáfora implica que el número de minutos que le quedan a la Humanidad para “su medianoche” se “calcule” periódicamente… Y en 2017, el reloj se adelantó “tres minutos para las 24 horas” (por primera vez desde hacía años) debido al resurgimiento de los nacionalismos en la política mundial y, sobretodo, a causa de los recientes cambios de opinión en el gobierno estadounidense respecto a temas como armamento, inmigración o problemas ambientales.

En este contexto, la nueva presidencia norteamericana, sin duda había intensificado el sonido de “ los tambores de guerra”  y acelerado el peligro de destrucción global. Sin embargo, dado que “cuando uno no quiere, dos nos riñen” (como mi madre solía decir cuando intentaba culpar a otra gente de mis cuitas), se estaría a salvo gracias a que, por suerte,  “hacen falta dos para empezar el baile”…

Sin embargo, tristemente, en los últimos tiempos, parece que sobran voluntades para avenirse a la pelea. Y hay un candidato que marcha con ventaja: Corea del Norte. Baste, como ejemplo, una sencilla búsqueda en internet sobre “pruebas nucleares y Corea”: arroja cerca de 1.180.000 resultados… Todos ellos referidos a que el 3 de septiembre, supuestamente, en este país, se detonó con éxito una bomba de hidrógeno que puede equiparse en un misil de alcance intercontinental.

Sin duda, la escalada de provocaciones entre ambos países, se personaliza en sus dos líderes: Donald Trump y Kim Jong-un. Y, de hecho, con el ensayo se ha alcanzado un grado de conflicto verbal, directo, nunca visto entre el gobernador supremo de Corea de Norte, y el presidente estadounidense.

Se trata de dos personalidades que no parecen, ni mucho menos, lentas a la cólera. Bien al contrario sus cerebros parecen, ciertamente, iracundos. Sin embargo, el poder que detentan implica que, su enojo no sea un problema privado sino que, lógicamente, pueda preocupar (de hecho, incluso, asustar) a todo el resto de la Humanidad.

En cualquier caso, es innegable que, la ira de unos y el miedo del resto, son dos de las emociones básicas y universales de la especie humana y su función principal está al servicio de la supervivencia reaccionado contra agresiones y peligros. Pero cuando aparecen con reiterada frecuencia en la vida cotidiana, surgen problemas. Serios problemas. Qué las origina y cómo se potencian es, por tanto, de enorme interés… Y algo se empieza a saber al respecto, gracias a los trabajos en Neurociencia.

Y es que los cerebros humanos se han seleccionado en grupos sociales. Las interacciones entre individuos que gestionan, les han conferido una indudable capacidad adaptativa, permitiendo a cada sujeto diferenciar, con solo “mirarse a la cara” quién es amigo y quién no.  Los enemigos irreconciliables (como Trump y Kim Jong-un), se identifican entre sí, se enfrentan y, tal pareciese que, uno actúa como némesis del otro. Las víctimas potenciales se amedrentan ante la violencia y, su miedo, también se refleja en sus caras (y en sus constantes vitales generando una respuesta fisiológica a estrés muy relevante). La expresión interna de la ira, por su parte, presupone un elevado nivel de activación neurofisiológico que en primates, por cierto, se ha asociado con niveles altos de testosterona (hormona vinculada a la conducta agresiva y dominante), así como niveles bajos de cortisol (responsable de la activación de la respuesta de alerta). Este complicado despliegue neuroendocrino es la base de todo proceso emocional y sustenta la comunicación social. A escala evolutiva, los primates sobrevivieron por la eficiencia de sus grupos y, para que el grupo fuese eficaz, se requirió un refinado sistema de reconocimiento de sus miembros que se centró en el análisis de sus caras.

El semblante del enemigo y, sobretodo, la dirección de su mirada han demostrado desempeñar un papel importante en este proceso. De hecho existen datos que indican que, la percepción de la ira, se ve reforzada por la mirada directa (y por ello desafiante), mientras una cara temerosa se asocia con mirar hacia “otro lado” valorándose como huidiza. Así sostener la mirada reta al enemigo, apartarla evidencia el miedo.

Como consecuencia, según la hipótesis de la señal compartida, tanto la emoción como el comportamiento de la mirada, se asocian con orientaciones de motivación conductual para acercarse o evitar al otro sujeto. No obstante, esta teoría, aunque apoyada por alguna evidencia, está cuestionada en cuanto a la realización de los juicios de expresiones temerosas. No así acerca del efecto de la mirada retadora. Esto implica que, tal vez, las personas se equivoquen sobre quién está asustado, pero no tienen dudas sobre con quién se han enfadado.

Además, en este sentido estudios recientes demuestran que la interacción de la expresión facial y la dirección de la mirada, difiere entre individuos con distinto grado de ansiedad. Así, las personas que sufren altos grados de ansiedad muestran una mayor capacidad de localización de rostros temerosos, mientras que los individuos poco ansiosos no se focalizan tanto en ellas. De modo que se diría que, entre los que tienen miedo, hay cierto grado de solidaridad y que se identifican mejor entre ellos…

Por tanto, señores Trump y Kim Jong-un, les haría un ruego: Dejen de mirarse fijamente y dirijan sus iracundos y desafiantes ojos hacia los rostros del resto de la gente. Quizás así comprueben que todos los desvían, unidos por el miedo que sus acciones provocan…  Si, por ello, se las replanteasen, tal vez, se vuelva a retrasar el “Reloj del Fin del Mundo”.

Para saber más:

Borod, J.C.  (2000). The Neuropsychology of Emotion. Publisher: Oxford University Press; Cap. 13. ISBN-10: 0195114647.

Herrero, N. (2011).  ¿Qué ocurre cuando nos enfadamos? Mente y Cerebro, Nº 47.

Potegal M. (2012) Temporal and frontal lobe initiation and regulation of the top-down escalation of anger and aggression. Behav Brain Res. 231(2):386-95.

Lieberman HR, Thompson LA, Caruso CM, Niro PJ, Mahoney CR, McClung JP, Caron GR. (2015 ). The catecholamine neurotransmitter precursor tyrosine increases anger during exposure to severe psychological stress. Psychopharmacology (Berl). https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/pmid/25220844/

Rasia-Filho AA, Londero RG, Achaval M. (2000) Functional activities of the amygdala: an overview. J Psychiatry Neurosci. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/pmid/10721680/

https://es.wikipedia.org/wiki/Reloj_del_Apocalipsis

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/neurobiologa-de-la-lectura-523/qu-ocurre-cuando-nos-enfadamos-8746

http://asociacioneducar.com/cerebro-ira

http://journal.frontiersin.org/article/10.3389/fpsyg.2017.01186/full

 

 

 

Por qué irse de vacaciones no es opcional: La trascendencia neurobiológica de “tomarse un respiro”

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La actividad supone un esfuerzo mental y físico. Por ello, se necesita una gestión apropiada de ocupaciones y tareas que mantengan, en los límites adecuados, la aparición del agotamiento tanto psíquico como corporal. El cansancio se identifica con falta energía para emprender o continuar las tareas emprendidas. El sujeto nota cambios en su capacidad de respuesta y, a pesar de que exista voluntad de hacerlo, no puede continuar con sus cometidos. Es importante señalar que esa necesidad de descanso, que invoca la aparición de fatiga, es un mecanismo de protección imprescindible. De hecho, el sujeto se puede poner en grave peligro por no escuchar adecuadamente las señales de aviso.

El cuerpo se prepara y defiende, entrando en un estado de fatiga caracterizado por cambios neurofisiológicos. A medida que se  realiza una tarea , gradual y acumulativamente, se reduce la eficacia y el estado de alerta, lo que afecta a su rendimiento en general. De esta forma, el inicio de ese proceso de pérdida de atención,  fuerza al organismo a bajar su nivel de actividad preservando su integridad de un sobre-esfuerzo que podría dañarlo irreversiblemente. Sin embargo, cómo y cuándo se produzca la aparición de fatiga, depende de rasgos del sujeto como su edad, género, condiciones físicas y psicológicas o estado de salud. En cualquier caso, si no se responde adecuadamente a las señales de presencia de fatiga, se producirá un impacto negativo en el funcionamiento emocional, social u ocupacional de la persona, provocando  graves alteraciones en su calidad de vida.

De hecho, al ser un proceso paulatino, el individuo puede empezar a presentar síntomas de cansancio antes de que sea consciente de su agotamiento. El origen de este fenómeno “de desconexión gradual” está en el diseño cerebral que se dirige a focalizar sus recursos neuronales en una tarea optimizando, con ello, su rendimiento. La fatiga, lo perciba el sujeto o no,  provoca  poco a poco, dispersión, falta de atención y disminuye su  capacidad resolutiva. Un trabajo excesivo se traducirá, más pronto que tarde, en un incremento de la tendencia a cometer errores, pero aún no se conoce bien qué patrones de actividad cerebral anticipan esta pérdida de eficacia neuronal. No obstante, existen hallazgos  que sugirieren la actividad cerebral evocada antes de una ejecución “defectuosa” de una tarea  bajo situaciones de cansancio, involucran a la corteza frontal medial e insular posterior y se extienden a las regiones cerebrales típicamente asociadas con la integración de procesos sensoriales e interoceptivos. El desajuste dentro de los procesos de control cognitivo podría acumularse, progresivamente, expresándose como una disminución de la atención y el esfuerzo relacionados con la tarea. En el cerebro, se están mandando señales para desconectar la atención y emprender un proceso de relajación recuperadora. De hecho, existen datos que prueban que, descansar y dedicarse a actividades de ocio, es clave para el mantenimiento del funcionamiento neuronal. En este punto es importante recalcar que, por tanto, “tomarse unas vacaciones” no ese algo opcional: es absolutamente necesario generar espacios, entre la rutina diaria, para el  descanso.

Es más, ahondado en el estudio del papel funcional del descanso (a parte de su evidente función recuperadora) existen datos que indican que, durante ese descanso, el cerebro puede estimular reflexión y creatividad. La razón de esto es que  posee una “red de estado de reposo” o “red neural por defecto” (DMN, del inglés: default-mode-network), que se activa en momentos de asueto. Se trata de un conjunto de regiones del cerebro que abarca, entre otras, al hipocampo (como principal gestor de los recuerdos) estructuras la corteza posterior cingulada y el precuneo (relacionadas  con atención, memoria y percepción) o la corteza prefrontal medial (implicada en la toma de decisiones)  así como diversas zonas temporales de la corteza (dónde se recuperan recuerdos y experiencias sociales o se ubica la “Teoría de la mente”). Cuando el cerebro se encuentra en esta condición de mínima demanda y, por tanto, no está concentrado en hacer una tarea específica, esta red se activa y se empieza a enviar y recibir información entre las regiones que lo constituyen.

O sea que un conjunto muy complejo y especializado sistema neuronal “se activa” cuando la persona “se desactiva”. Es legítimo pensar que parece una inversión de recursos demasiado grande como para que, dedicarse a “no hacer nada” , efectivamente,  “no sirva para nada”. De hecho, lo que ocurre es que, sólo el cerebro “que descansa” (libre de la atención focalizada que caracteriza al estado de alerta) puede establecer nuevas conexiones vía esos “circuitos internos” entre cuestiones, en apariencia, inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas. El cerebro, en definitiva, CREA. Consecuentemente, creatividad  e innovación pueden disminuir como efecto de la extensión del horario laboral o de estudio y la sobrecarga de trabajo. Estar relajados sin ocupación alguna, no sólo no es una pérdida de tiempo, sino que es la única  forma de permitir al cerebro  generar nuevas soluciones  a viejos problemas.

Obviamente, ningún momento mejor para conseguir este efecto que durante las vacaciones. Sin duda, la propia palabra, etimológicamente, posee ya ese sentido de encontrar un tiempo de “vaciamiento, libertad y suspensión de actividades y obligaciones”. Durante ese periodo, el cerebro encontraría el momento de reestructurase y generar respuestas originales. Las vacaciones son un derecho que ha de permitir, no solo prevenir estrés u otras patologías, sino que, además, según lo descrito,va a favorecer que se incremente la productividad y se mejore el desempeño laboral. Además, descansar, relajarse y reducir el estrés, son primordiales para el bienestar y salud de las personas, obviamente, pero también es beneficioso para las empresas ya que, la fatiga acumulada, provocará errores, por pérdida de atención, y acabará con la capacidad mental para resolver problemas de manera innovadora.

En conclusión, ante cualquier argumentario que predique que renunciar al derecho al descanso habla de un elevado compromiso con el trabajo, habrá de recordar que, fisiológicamente, está probado que trabajar sin “tomarse un respiro” afecta innegablemente a la salud del sujeto conduciéndole a un descenso inevitable de su rendimiento y creatividad.

Así que, por el bien de todo el mundo ¡habrá que tomarse un feliz , saludable y muy  merecido descanso!

PARA SABER MÁS:

Raichle ME, MacLeod AM, Snyder AZ, Powers WJ, Gusnard DA, et al. A default mode of brain function. Proc Natl Acad Sci U S A. 2001;98:676–682.

Mazoyer B, Zago L, Mellet E, Bricogne S, Etard O, et al. Cortical networks for working memory and executive functions sustain the conscious resting state in man. Brain Res Bull. 2001;54:287–298.

Anticevic A, Repovs G, Shulman GL, Barch DM. When less is more: TPJ and default network deactivation during encoding predicts working memory performance. Neuroimage. 2010;49:2638–2648.

Mason MF, Norton MI, Van Horn JD, Wegner DM, Grafton ST, et al. Wandering minds: the default network and stimulus-independent thought. Science. 2007;315:393–395.

Schilbach L, Eickhoff SB, Rotarska-Jagiela A, Fink GR, Vogeley K. Minds at rest? Social cognition as the default mode of cognizing and its putative relationship to the “default system” of the brain. Conscious Cogn. 2008 Jun;17(2):457-67.

Harrison,B.J., Pujol,J., Contreras-Rodríguez,O., Soriano-Mas,C. López-Solà, M. , Deus,J., Ortiz,H., Blanco-Hinojo,L.,  Alonso,P., Hernández-Ribas,R., 5 Cardone, rN., JMenchón J.M. 5.  Task-Induced Deactivation from Rest Extends beyond the Default Mode Brain Network. PLoS One. 2011; 6(7): e22964. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3146521/

Eichele T, Debener S, Calhoun VD, Specht K, Engel AK, et al. Prediction of human errors by maladaptive changes in event-related brain networks. Proc Natl Acad Sci U S A. 2008;105:6173–6178. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2329680/

 

 

Arde La Calle Al Sol De Poniente… El cerebro “se achicharra”

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Superado el “40 de mayo”, en el sur de la península, hace ya días que nadie soporta “el sayo” con una mínima dignidad. Miles de frases hechas describen como el sol aplasta, quema, derrite y fatiga a las víctimas de su inclemencia, mientras las personas intentan mantenerse en una situación confortable y, mínimamente, “ a la fresquita” el mayor tiempo posible. Es un hecho: Cuando las temperaturas se elevan, a la par, se derrumban ánimos mientras aumentan las respuestas agresivas, crecen los sentimientos de hostilidad y los pensamientos violentos. Pero esto no pasa por que sí, se trata de una reacción adaptativa ante un estímulo y, lo cierto es que hay una razón fisiología para este malestar térmico que, aunque predispone a la irritabilidad, provoca reacciones defensivas al peligro que, la exposición al calor excesivo, supone.

Las personas habitan en áreas geográficas muy distantes pero, aunque el cuerpo humano se exponga a grandes variaciones en sus condiciones ambientales, permanece a una temperatura bastante estable, mediante un refinado control. La denominada “barrera psicológica de los 40 grados,” evidencia que el cerebro humano sólo funciona, adecuadamente, cuando la temperatura corporal está entre los 35 y los 40 grados centígrados y, superados estos niveles, deja de poder trabajar. De hecho, pequeñas modificaciones, son signos inequívocos de presencia de patologías: Hay fiebre. Por el contrario, en condiciones normales, el organismo, depende de mecanismos fisiológicos (como la sudoración) y la modulación conductual (al ponerse a la sombra o quitarse la ropa) para mantener su constancia térmica. Este comportamiento, ante la elevación de la temperatura exterior, merece una atención especial. El calor funciona como un elemento estresante y, por tanto, dentro de las reacciones del organismo ante el calor, se encuentra activar el sistema nervioso iniciando una respuesta que le permita huir, o defenderse de aquello que está provocando malestar. Solo que, a veces, ni una cosa ni otra tiene efecto, desencadenando una respuesta puramente emocional de, cuando menos, disgusto. El eje central de esta respuesta se sitúa en una estructura concreta del encéfalo: el hipotálamo.

El hipotálamo es una parte bastante pequeña del cerebro (apenas 4 g de los 1,400 g de cerebro humano adulto). Sin embargo, su tamaño no se corresponde con la importancia de las funciones que desempeña: Todo el equilibrio interno se gestiona desde él. Ritmo respiratorio, respuesta cardiovascular, ciclo vigila-sueño, reproducción o la integración de los correlatos vegetativos de las emociones, dependen de las neuronas hipotalámicas. En este microcosmos del mantenimiento de la armonía en el organismo, la temperatura con que la sangre llega al hipotálamo, será el principal determinante de la respuesta corporal a los cambios ambientales. El hipotálamo funciona como un termostato que mantiene el equilibrio entre producción y pérdida de calor.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que, la efectividad relativa de las rutas de intercambio de calor, depende de las condiciones ambientales. La zona de confort térmico, se sitúa en el rango de temperatura ambiental en el cual el gasto metabólico se mantiene en el mínimo y, cuanto mayor es el alejamiento externo, más esfuerzo fisiológico supone mantener el equilibrio interno. Así, el sobrecalentamiento del área termostática del hipotálamo, provocará un aumento en la tasa de pérdida de calor por vasodilatación. El efecto será bien visible pues, cuando la temperatura corporal aumenta, los vasos periféricos se dilatan y la sangre fluye en mayor cantidad, cerca de la piel, favoreciendo la transferencia de calor al ambiente. Por eso, por ejemplo, en una aglomeración o, en un sitio muy caldeado las personas ven como su piel se enrojece, ya que está más irrigada. Además, el organismo va a tratar de bajar su temperatura por evaporación. La transpiración se produce cuando el cuerpo se calienta de manera excesiva porque, la estimulación de la zona anterior del hipotálamo, disminuye la temperatura mediante la activación de la producción de sudor. De hecho, esto explica porque resulta aún más irritante el calor húmedo, dado el papel de la evaporación en el proceso de reducción de la temperatura corporal. Si, además de altas temperaturas, la humedad ambiental también es alta, la situación empeorará. No se producirán corrientes de convección y la sudoración disminuirá, con lo que el individuo empezará a absorber calor, en vez de refrescarse, y se generará un estado de hipertermia.

En cualquier caso, las glándulas sudoríparas son un buen ejemplo de como el control de las funciones vegetativas pone en marcha muchos niveles de integración neurofisiológica. Lo cierto es que están, directamente, bajo el control del sistema nervioso simpático (que junto con el sistema parasimpático, forma el sistema nervioso autónomo) y que se activa en las denominadas “Situaciones E” (escape, estrés, emergencia). Una “situación E” es la exposición al asfixiante calor de una tarde de junio en Sevilla y, por ello, el organismo pone en marcha todos los recursos que posee para intentar compensar la agresión que supone.

La vía principal de los impulsos que implican pérdida de calor llegará al hipotálamo lateral, de ahí a la porción media cerebral, áreas tronco-encefálicas y a la médula espinal y, desde las fibras simpáticas, controlará a los vasos cutáneos, glándulas sudoríparas y fibras motoras musculares. El sujeto enrojecerá y romperá a sudar. Además, es probable, que empiece a tener sed o sentir fatiga, ya que todo el organismo responde solidariamente. Esta acción coordinada se produce gracias a la activación neuroendocrina, mediada por el sistema hipotálamo-hipofisario implicando a las hormonas tiroideas y corticoides, entre otras. Todo un entramado de respuestas que conducen al reajuste que permita sobrellevar la exposición a estrés térmico…Y de hecho cualquier estrés. Por ello, y como consecuencia de todo lo anterior, esta activación metabólica va a llevar aparejada una expresión emocional. Todas las estructuras implicadas en el manteniendo de la temperatura interna constante, también participan en la gestión de la respuesta de alerta, en la activación de los mecanismos que permiten al individuo enfrentarse a potenciales peligros, que le impulsan a escapar… O a enfrentarse a él. De modo que, ciertamente, el sujeto se va a ir “calentando”, se va ir sintiendo más y más incómodo…¡Y su cerebro se va enfadando!. Por tanto, la combinación de factores “situacionales” (como la temperatura exterior) y tendencias personales (por ejemplo, autocontrol deficiente) influyen en los procesos de toma de decisiones determinando que un comportamiento se vuelva más agresivo.

Y no se trata de una afirmación al azar: Varias evidencias confirman esta relación calor-agresión. Por ejemplo, se ha visto en estudios realizados en partidos de futbol o hockey, la capacidad del calor ambiental para aumentar la agresividad de las personas participantes (existiendo una sinergia entre los efectos de la reacción afectiva, que la competición misma provoca, y la temperatura ambiente en que ésta se produce). En este sentido, se ha evidenciado una relación lineal significativa entre la temperatura alcanzada y violencia mostrada. Estos experimentos permiten conjeturar que, la exposición a estrés por calor, provoca una fuerte reacción sobre el índice de ansiedad. Orgánicamente, esta respuesta estaría mediada por la actividad hipotalámica y de otras estructuras conectadas con él y relacionadas con la respuesta afectiva. En este contexto de control emotivo, destacan dos estructuras cuya acción, junto al hipotálamo, serán cruciales en las respuestas agresivas: amígdala e hipocampo. Ante la persistencia de una situación desagradable, como el calor intenso, la amígdala estará enviando señales de activación emocional al sistema, mientras el hipocampo estará trabajando para adecuar la respuesta a las experiencias previas.

En conclusión, en un mundo cada vez más poblado (y en pleno proceso de calentamiento global) no parece una locura afirmar que, la sociedad, cada vez se enfrentará a un estrés térmico mayor, y a individuos cada vez más enojados por ello. La propia fisiología termorreguladora, conducirá a que también crezcan los niveles de tensión psicológica individuales y, como consecuencia de esto, a violencia social. No es, por tanto, un tema menor. Es preciso conocer los límites de esta respuesta y, sobre esa base, impulsar que se empiecen a proponer indicadores, de carácter bioclimático, que impliquen el análisis de los efectos que el calor ejerce sobre las condiciones de bienestar en las personas, permitiendo delimitar si este factor detona la violencia o no… Y eso afectará a todo (desde infraestructuras arquitectónicas, al urbanismo, desde las políticas sociales a los equipamientos sanitarios)

Para saber más:

Se acaba mayo y… ¡Estoy “atacaaá”!. El Cerebro ansioso

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No es broma: mayo es un mes horrible antesala de otro peor. El profesorado vive bajo los calendarios inflexibles que impone el avance del curso…Y algunas fechas (como las que aproximan su final) implican, irremediablemente, la acumulación de trabajo, de tensiones y de nerviosismo. Si se les pregunta, es fácil encontrar profesoras y profesores que reconocen que han atravesado momentos profesionales (y, como consecuencia de ellos, muchas veces también, personales) bastante difíciles, desbordados por la situación, con incertidumbre sobre los acontecimientos, y con problemas físicos y psicológicos (a veces tan serios que conducen a un diagnóstico de estrés o depresión). Sin llegar a estos extremos patológicos, qué duda cabe que, el gran volumen de trabajo que implica el fin de curso y, la enorme responsabilidad de decidir el futuro del alumnado con un solo número (que eso, y no otra cosa, es “poner notas”) en una situación que genera una gran ansiedad. Los retos como este, que se enfrentan día a día, se traducen en estados emocionales en los sujetos. Décadas de investigación han identificado las áreas cerebrales que están involucradas en estas respuestas emocionales, incluidas el miedo y su “hermana” (no tan pequeña), la ansiedad. Ambos niveles afectivos se relacionan con el establecimiento de comportamientos defensivos que, hoy, se empiezan a comprender de la mano del empleo de técnicas genéticas y de formación de imágenes “in vivo” que han permitido caracterizar la actividad, conectividad y función de tipos celulares específicos, dentro de circuitos neuronales complejos.

Estas investigaciones, han permitido una visión más integrada de cómo el cerebro gestiona miedo y ansiedad, orquestando las conductas defensivas que, mejorando la capacidad de supervivencia del individuo, han proveído de enormes ventajas adaptativas como especie. Los primates en general, y las personas en particular, poseen un muy desarrollado cerebro social, que está en la base de las respuestas que se generan ante un ambiente que cambia. Desencadenando reacciones físicas ante lo que acontece (que son reconocidas por el resto de los miembros del grupo) se generan respuestas conjuntas. De hecho, al sentimiento de ansiedad, subyace una serie de inhibiciones o restricciones emocionales internas específicas. La ansiedad adaptativa, o no patológica, es una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones y constituye una respuesta habitual a diferentes eventos cotidianos estresantes. Por lo tanto, cierto grado de ansiedad es, incluso, deseable para el manejo adecuado de las exigencias o demandas del medio ambiente. Únicamente cuando  se sobrepasa cierta intensidad, en la que se desequilibra los sistemas que ponen en marcha la respuesta adaptativa, es cuando la ansiedad se convierte en patológica, provocando un malestar significativo, con síntomas fisiológicos y psicológicos.

Ante una situación de alerta, de forma normal, el organismo pone a funcionar el eje neuroendocrino que constituyen el hipotálamo, la hipófisis y varias glándulas periféricas. El hipotálamo actúa mediante la secreción de hormonas, que a su vez provocan que se liberen más, a nivel hipofisario. Es así como se inicia una respuesta al estrés. Reacciones emocionales, como el miedo, la ira o el placer, estimulan estructuras hipotalámicas para producir los cambios fisiológicos relacionados con cada una de estas emociones, haciéndolo, además, por medio de sus interconexiones con el sistema nervioso autónomo y diferentes glándulas periféricas. Frente a un riesgo potencial, destaca el papel de la glándula adrenal que, en respuesta a la activación hipotálamo-hipofisaria, libera cortisol y adrenalina, preparando a todo el organismo para reaccionar ante el peligro. Se sentirá miedo o ira y,  como consecuencia  de ese sentimiento, se desencadenarán respuestas conductuales complejas de ataque o huida.

Es importante señalar que sentimiento y emoción son conceptos relacionados pero no equivalentes. Mientras sentimiento se emplea para aludir a la sensación consciente y, por tanto, está mediado por la corteza cerebral, el término emoción se emplea para describir el estado del organismo y sus componentes periféricos, incluyendo las modificaciones corporales, que preparan al sujeto para la acción, y comunican los estados emocionales dentro del grupo. Estos estados, están mediados por un conjunto de respuestas autónomas, endocrinas y del sistema motor esquelético, en las que participan estructuras sub-corticales. Por tanto, sentir ansiedad es una respuesta fisiológica que implica un importante correlato vegetativo (en este caso concreto como parte de una conducta anticipatoria de un riesgo). El organismo frente a ciertos estímulos que son percibidos, por el individuo, como amenazantes y/o peligrosos, desarrolla síntomas somáticos de tensión. Se desencadena, así,  la respuesta de alerta que advierte sobre un peligro inminente, permitiendo al individuo (al menos en teoría) que adopte las medidas necesarias para enfrentarse a posible amenaza. Cuándo los sentidos perciben esa amenaza, el cerebro automáticamente pone en marcha todo este proceso de activación general.

Aunque en el cerebro los estados de ansiedad están mediados por conexiones, tanto locales como de largo alcance, entre las múltiples áreas implicadas, de hecho, destaca, como en cualquier otra emoción, la amígdala. No obstante, no se dibuja un cuadro de control sencillo, ni mucho menos. Por ejemplo, la conexión entre amígdala el núcleo del lecho de la estria terminal media efectos ansiolíticos. Sin embargo, la vía amígdalo- hipocampal es ansiogénica . De modo que gran parte de la red que subyace a sentir ansiedad aún debe caracterizarse en términos de identidad y funciones celulares. Aun así se puede afirmar que, la amígdala, de modo genérico, se comunica con otras estructuras nerviosas para advertir del peligro y trasmitir la necesidad de una respuesta inmediata. La corteza le envía información sensorial, por vía talámica, y la amígdala le asigna significado emocional a los estímulos entrantes, impulsando la respuesta al estrés. La corteza, además, tiene mucho que ver en este proceso de generación de “respuestas defensivas preventivas” ya que, en ella, se gestiona y codifica la información del entorno, vinculándolo a representaciones corporales de la experiencia y permitiendo, así, regular el tono emocional y las respuestas físicas al entorno. Específicamente, la alteración de la corteza prefrontal ha mostrado estar relacionada con problemas del comportamiento o personalidad, descontrol de los pensamientos obsesivos y humor negativo o lábil , así como la aparición dificultades en las relaciones sociales. De hecho, se ha comprobado que cuando una persona está ansiosa se modifica drásticamente la actividad de su corteza prefrontal. Mención aparte merece el hipocampo (estructura central de la formación de la memoria) pues es fundamental para el aprendizaje sobre qué experiencias son negativas o peligrosas, haciendo que se desencadene la respuesta de alerta, en lo sucesivo, ante señales similares. Esto implica que, en sujetos sensibilizados previamente, la aparición de estímulos, inicialmente neutros, puede desencadenar un cuadro ansioso completo por un proceso básico de aprendizaje asociativo. En casos patológicos, por tanto, esta sería una diana terapéutica donde intervenir forzando cierto tipo de “desaprendizaje emocional.”

En definitiva, hormonas y neuronas, en un estado general de activación, que deben conducir al sujeto a una respuesta visible e intensa, de ataque o de huida… Porque para eso está diseñada, y no para estar contenida, sin una resolución del conflicto detectado con el ambiente. La patologización de la ansiedad puede tener uno de sus orígenes en ello… De modo que a “modo preventivo”, ya lo decía Martirio: ¡Estoy atacá, estoy atacá!….¡Ay qué hartura, Dios mío, riapitá, mira que me voy a la calle a PEGAR CHILLIOS!…

O lo que sea que permita fluir todo esa energía movilizada, ¡claro está!.

Para saber más:

¡Ya huele a Feria!

Feria (2)
Decía la copla:”Ya huele Feria, que ole, ya huele a Feria… Y se ponen alegres, que ole, la gente seria”.Y es verdad, hay olores que nos traen a la cara sonrisas (como los hay que nos la borran del rostro…) La sofisticada fragancia de un perfume que, ineludiblemente, se une a una persona en concreto, o el sencillo aroma de un plato que alguien solía guisar para nosotros, nos llevan, inmediatamente, al recuerdo emocionado… Los olores tienen la cualidad de activar nuestra memoria, de hacernos recordar.

La facultad para recordar es una función cerebral. La memoria le da al sujeto la capacidad para aprender de sus experiencias ya que codifica, almacena y, sobretodo, le permite recuperar, la información del pasado. Este proceso es resultado de la plasticidad sináptica de áreas concretas del cerebro que, con su conectividad, forman redes neuronales que sustentan la respuesta al estímulo. Lo cierto es que, el olor, induce el recuerdo de forma inmediata y, probablemente, más intensa que ningún otro tipo de estímulo…Y, obviamente, la razón también está en el cerebro: en una pequeña estructura, llamada bulbo olfatorio, y sus conexiones, especialmente, con el hipocampo y la amígdala.

El bulbo olfatorio es fundamental para detectar los olores. Está situado, en la especie humana, en la parte posterior de las cavidades nasales. Son dos protuberancias sobre el epitelio olfativo y por debajo de los lóbulos frontales que participan en la transmisión de información olfativa desde la nariz hasta el cerebro. El olfato es un sistema básico de quimio-recepción imprescindible para supervivencia del individuo. Gracias a él se pueden reconocer los alimentos y su estado antes de ingerirlos (siendo su olor el mejor de los indicadores). También es esencial para identificar miembros de la familia (es un clásico, el efecto calmante que, en un bebe, tiene arroparlo con una prenda usada por su madre, por ejemplo). Así mismo, en muchas especies, ha mostrado tener una gran ventaja adaptativa poder reconocer el olor de un depredador cercano, o de posibles parejas en el momento del celo adecuado… Y, por ello, un sistema muy especializado detecta las sustancias químicas volátiles. En él, cada célula receptora enviará un único axón al bulbo olfatorio y las neuronas del bulbo olfatorio iniciarán el procesado de la información olfativa remitiéndola al resto del encéfalo, destacando, en este diseño, la intervención de la amígdala, (zona de control emocional) y ciertas áreas corticales. En general, el aprendizaje asociativo entre olores y respuestas conductuales se inicia en la amígdala. Los olores sirven como los estímulos reforzantes o aversivos durante el proceso de aprendizaje asociativo. Además indirectamente, la información se procesará otras áreas cerebrales, siendo especialmente importante la conexión entre bulbo e hipocampo ya que, este último, juega un papel fundamental en la memoria y el aprendizaje. Muchos procesos de memoria olfativa ocurren en el momento en que ciertas neuronas del hipocampo disparan sus potenciales de acción asociándose con otra señal recibida, como es un aroma, impulsando la rememoración de aquello con lo que se asoció. El resultado será que cuando aparezca de nuevo ese olor, en concreto, se causará el recuerdo del evento relacionado y que emocionó tiempo atrás…

Y , así, el olor del algodón de azúcar o el “pescaito frito” llevara el ánimo, de nuevo, a esa reunión de amigos, baile y música que llamamos Feria de Abril.
Para saber más:
NEIL R. CARLSON , 2014; Fisiología de la conducta. 11Ed .Editorial: PEARSON;             ISBN: 9788415552758
https://es.wikipedia.org/wiki/Bulbo_olfatorio https://es.wikipedia.org/wiki/Hipocampo_(anatom%C3%ADa)
https://psicologiaymente.net/neurociencias/hipocampo

Por mi culpa, por mi gran culpa. El cerebro “Penitente”

Nazareno

Sentirse culpable es un estado emocional frecuente en el ser humano, que se aprende desde la infancia. La culpa surge cuando hay un contraste entre lo que se tiene por ideal, y lo que se ejecuta en realidad. Si lo que se hace está en desacuerdo con los principios y valores que el individuo sostiene y acepta, entonces, aparece el sentimiento de culpabilidad. Por tanto, la culpa, se originaría por algo que se debe cambiar o mejorar y sería, claramente, adaptativa. Sentirse culpable (como cualquier otro patrón de conducta) tiene su origen en un complejo circuito de conexiones neurales, que se activa, durante el proceso de valoración que conduce, a la persona, a tomar conciencia de la inadecuación de sus actos. En este sentido, el avance en las técnicas para el estudio del funcionamiento cerebral, está proporcionando un fecundo campo de experimentación para localizar dónde residen todas las emociones como, la maldad y la bondad, el amor o el odio y, claro, la culpa.

Las emociones han sido objeto de estudio de la Biología en general y la Etología en particular desde los trabajos de Darwin. “The Expression of the Emotions in Man and Animals” (1872) marca el inicio de las investigaciones en conducta emocional. El científico británico mantenía, ya entonces, que la gestión de las emociones era innata, aunque admitiendo la posibilidad de aprendizaje que incrementaría la probabilidad de que el sujeto (y su especie) se adaptasen a un medio ambiente en continua modificación. La Neurobiología de las emociones, ha permitido delimitar como el cerebro establece ciertos mecanismos de regulación de los estados de placer y de dolor, de recompensa y de castigo. Por tanto, las emociones son definidas como patrones de respuestas químicas y neurales, cuya función es contribuir al mantenimiento de la vida del sujeto. Así, las mismas estructuras neuroanatómicas que sustentan el control y la regulación los diferentes estados fisiológicos, participan del mantenimiento del equilibrio emocional. de este modo se originan las denominadas emociones primarias (felicidad, tristeza, miedo, ira, sorpresa y aversión/asco) y secundarias o sociales (vergüenza, celos, orgullo y por supuesto, culpa). Por ejemplo, el tronco del encéfalo se encuentra implicado en prácticamente todas las emociones; en la amígdala se localiza, entre otros, el origen del miedo o la rabia, el hipotálamo y la corteza prefrontal ventromedial parecen ser las responsables de tristeza o ira; y la corteza cingulada anterior, parece jugar un cierto papel en la toma de consciencia de la emoción. Además, se liberan hormonas de varios tipos en la corriente sanguínea, que se dirigen, por una parte, hacia diversas zonas periféricas del organismo, y, por otra, hacia distintas zonas cerebrales. Un delicado conjunto de interacciones que integran todo el comportamiento emocional.

Respecto, específicamente a la investigación sobre la génesis del sentimiento de culpa, la neuroimagen ofrece la posibilidad de saber qué sucede en las distintas áreas del cerebro cuando el sujeto se enfrenta a concepto de “responsabilidad” sobre algo o alguien. Se escoge ese paradigma para el estudio porque, dado que responsabilidad es la cualidad por la que el individuo se ve obligado a responder de sus actos u opiniones, esto le  ha de conducir a contraer deudas o compromisos de reparación de las consecuencias de su supuesto delito, con la consiguiente valoración moral. Por esta vía, alguien que es responsable de algo, y no satisface su compromiso, sufre de un íntimo sentimiento de vergüenza y culpa.  Fisiológicamente, de entre todo el enorme circuito del cerebro emotivo, al parecer, ambas emociones se generarían en estructuras muy próximas.

De nuevo, estudios de neuroimagen (realizados en personas a las que se les pedía que recreasen situaciones que les generaran sentimientos de culpabilidad o vergüenza), mostraron activación en el lóbulo temporal en ambos casos. Dentro de las áreas temporales, no obstante, la vergüenza activó el cíngulo anterior y el giro para-hipocampal, mientras que la culpa se reflejó en una mayor actividad del giro fusiforme y el temporal medio. De forma específica, el sentir vergüenza parece que activa también áreas del lóbulo frontal (giros frontales inferior y medio) mientras que el sentirse culpable se asociaría con la actividad del sistema límbico vía  amígdala e ínsula. Los experimentos realizados muestran, además, ciertas diferencias de género ya que, en el caso de la culpa, las mujeres sólo mostraban activación de las áreas temporales mientras que, los hombres, activaron también algunas zonas frontales, occipitales y la amígdala.

En definitiva, una red neuronal hace que aparezca la culpa y, con ella, da la oportunidad al individuo de emprender la modificación de una situación no  deseada  (ni deseable)… Y, en cerebro, también se ha de iniciar la “Redención”, ¿siendo, por tanto, éste el significado biológico de la “Penitencia”?

De hecho, la respuesta parece encontrarse en la evidencia de que el dolor mitiga el sentimiento negativo que provocó la falta cometida. El malestar físico puede aliviar el sufrimiento mental. Existen investigaciones, al respecto, que indican que se generaría un comportamiento de búsqueda de dolor físico para proporcionar una suerte de “purga emotiva” de los sentimientos de culpa o vergüenza. El cerebro se vuelve “penitente” y, al parecer, el castigo auto-infringido, produce el efecto de consuelo y perdón deseado. Ahí estaría, por tanto, el origen neurofisiológico del éxito de los diferentes rituales de “expiación de los pecados.”

Para saber más:

Neurobiology of emotion at a systems level. En J.C. Borod (eD.): The Neuropsychology of Emotion. Adolphs, R. y Damasio, A.R. (2000). Oxford: Oxford University Press.

FISIOLOGIA DE LA CONDUCTA (11ª ED.) Neil R. Carlson, 2014

The Expression of the Emotions in Man and Animals Darwin, C.R. (1872/1965).. Chicago: University of Chicago Press.

BIOLOGIA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO: MANUAL DE ETOLOGIA HUMANA, Irenäus Eibl-Eibesfeldt, 1993

LA EMOCIÓN DESDE EL MODELO BIOLÓGICO. F. Palmero: http://reme.uji.es/articulos/apalmf5821004103/texto.html

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/numero/51/el-dolor-mitiga-la-culpa-8808

http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/la-verguenza-y-la-culpa-vecinas-en-el-cerebro-831407742415

http://elpais.com/elpais/2015/04/10/ciencia/1428694015_335589.html