En seguida lo hago… El cerebro procastinador: La ciencia que se esconde tras nuestra necesidad de posponer

procastinar (2)

Procrastinar, básicamente, es posponer una tarea pero, lo realmente intrigante, es por qué se retrasan algunas obligaciones (y otras no) y, sobretodo, por que algunas personas son más proclives a esta especie de ataques de “vagancia”. Por otra parte, no estaría de más,  determinar cuán perjudiciales son, para el propio sujeto, y cómo de controlables resultan estas “arremetidas internas” de aplazamientos sine díe…  Porque hasta la Real Academia define esta “acción de vagar” (o estar ocioso) nada menos que como, tener tiempo y lugar suficiente o necesario para hacer “algo” (¡”Algo”!, así, sin determinar…)  Por lo que, descrito de este modo, sucumbir a esta pereza podría entenderse como el “dolce far niente” de la cultura italiana (que tanto gasto de energía inútil evita)  y, por ello, convertir a la ociosa inactividad en, casi, una terapia para eliminar tensiones y favorecer la creatividad… De hecho, existe una auténtica tradición de, apasionada y optimista, defensa de la holgazanería, entendida, poco más o menos, como un sinónimo de la “buena vida”… Y, ademán, hay datos experimentales que han evidenciado que el “cerebro que vaga” en realidad explora nuevas rutas  (https://damassincaballeros.wordpress.com/2017/07/27/por-que-irse-de-vacaciones-no-es-opcional-la-trascendencia-neurobiologica-de-tomarse-un-respiro/ )

Sin embargo, abandonarse a la pereza, a esa falta de ganas de ponerse a actuar (casi siempre por “comodidad”) conduce a incumplir obligaciones a menudo urgentes y, casi siempre, necesarias. Aunque sea en aras de reservar energías, ceder a la desgana evita llevar a cabo “algo” que convendría hacer (y eso genera conflictos en el cerebro que ha de tomar la decisión de actuar). En este sentido, la procrastinación sería una suerte de “forma refinada de pereza” ya que se traduce en evitar tareas que hay que hacer (¡sí o sí!) pero sustituyéndolas por otras más placenteras o menos difíciles. Esto implica que, de forma inconsciente, se cambia una acción “desagradable” por otra más “apetecible” …  Además, al implicar una actividad, el cerebro fabrica, de camino, una excusa: la persona puede justificarse a sí misma por no haber cumplido con la obligación inicial, porque estaba “haciendo otra cosa” … No obstante, obviamente, no dejan de ser comportamientos “auto-saboteadores” pues, ante el perentorio reclamo de obligaciones contraídas, es mucho más fácil seguir el impulso hacia la “tarea distractora” y decir (o, mejor, decirnos):  En cuanto termine B hago A, de verdad, en seguida lo hago…  Aunque, con toda probabilidad, ese “en seguida” nunca va llegar y se va a dejar para mañana lo que se debió hacer ayer:   Eso es PROCASTINAR.

Sea como fuere. lo cierto es que unas personas procrastinan más que otras, dando prioridad a los placeres sencillos por encima de las tareas más complejas (aunque, estas últimas, sean más necesarias ,o enriquecedoras, o urgentes, o todo la vez…). Esta pauta de conducta (tan extendida, como habrá que reconocerlo, poco conveniente) tiene una serie de bases neuroetológicas de las que se empiezan a conocer las claves. En este contexto, núcleo del problema es que si, a fin de cuentas, aplazar las tareas traerá consecuencias que, a final, han de producir ansiedad, agotamiento y hasta pánico ¿qué impele, entonces, al cerebro a “dejarlo todo para luego”? La clave parece estar en una correlación encontrada entre impulsividad y procastinación… Y es que existen estudios indican que, se pueden diferenciar grupos de individuos más predispuestos a perder la atención ante una distracción. Además, estas personas, tendrían más probabilidades para desarrollar tendencias impulsivas. Esta pauta de conducta, haría que pospusiesen sus objetivos a largo plazo para más adelante. Este hallazgo indicaría que los rasgos de personalidad procrastinadora e impulsiva, presentarían una cierta correlación entre ambas…`¡Y habría una explicación fisiológica para ello! pues, la tarea poco deseable, tediosa o difícil, es desplazada por una distracción que genera, a corto plazo, una sensación de bienestar, liberando una dosis de dopamina, aunque se pequeña. La “molécula del entusiasmo,” además, va a reforzar la conducta “de aplazamiento” ya que la liberación de dopamina potencia la repetición del comportamiento (no en balde, la ruta dopaminérgica es la vía que subyace a todas las adicciones). Se trataría, por tanto, de un funcionamiento, poco eficiente, de los circuitos de toma de decisiones del cerebro. La razón es que, el proceso de toma de decisiones, implica elecciones y con ello, es probable, que se despierten sentimientos de ansiedad. Obviamente, para controlarla ciertos mecanismos neurales se tienen que activar. De hecho, se sabe que ciertas fibras nerviosas, que se originan en una parte de la corteza prefrontal asociada con las emociones, están implicadas en el proceso. Así, las conexiones entre corteza prefrontal y estriado puede actuar, procesando la información sensorial y emocional de la corteza, para producir una decisión y, con ello, una acción. No obstante, no solo la corteza prefrontal está implicada, también la corteza parietal, tálamo y ganglios basales participan en el fenómeno. Además, en tareas con componentes emocionales, o que implican cierto riesgo, serán la corteza orbitofrontal y cíngulada anterior las regiones más activas mientras que, corteza prefrontal dorsolateral  y  cíngulada posterior, se activarán más en tareas cognitivas, sin componentes de peligro. Ahora bien, si durante la toma de una decisión el individuo no está concentrado en la tarea que tiene entre manos, será el sistema límbico quien intervendrá (mediante el complejo amigdalino y estructura hipocampal). Como consecuencia de ello, el sujeto se verá condicionado por los incrementos puntuales de los niveles de dopamina que acompañan a postergar lo que resulta poco atractivo. De hecho, en las estructuras citadas se han encontrado diferencias entre los “cerebros hacedores” y los “procrastinadores”. Las personas difieren en su capacidad para iniciar mecanismos de autocontrol y control emocional y, estas diferencias interindividuales, relacionan el control de la acción, con las variaciones en la estructura cerebral y la conectividad neural. De modo que la capacidad efectiva de “tomar decisiones” correlaciona, de forma significativa, con el volumen de la amígdala y con la conectividad entre ésta y la corteza cingulada anterior dorsal. Este hecho implica que, la arquitectura anatómica y la red funcional de la amígdala, podrían ser la causa última del éxito en la consecución de metas y objetivos utilizando, de manera eficiente, los procesos de control psico-fisiológico. Dado que la función principal de la amígdala es evaluar diferentes situaciones con respecto a sus resultados potenciales (advirtiendo sobre las posibles consecuencias negativas de cada acción concreta), si la interacción entre la amígdala y la corteza se ve afectada, el control de la acción ya no se podrá ejecutar con éxito. Las personas con un mayor volumen de amígdala pueden estar más ansiosas por las consecuencias negativas de una acción y tenderán, por ello, a vacilar y posponer las cosas.

En definitiva, aunque desde un punto de vista evolutivo, la impulsividad y la búsqueda de una gratificación instantánea han beneficiado a nuestros ancestros (en un mundo donde el mañana era completamente incierto) al poderse hoy alcanzar un más que razonable nivel de seguridad, el cerebro ha tenido que aprender a aplazar las recompensas. Por tanto, es difícil vencer la impulsividad, controlarse perseverando en las tareas, para centrarse en el beneficio a largo plazo… Cabiendo la posibilidad de que, algunos, incluso nunca lo consigan (y la razón pude estar en los circuitos descritos).

Y entonces ¿cómo dejar de procrastinar?¿se puede si quiera?. La respuesta es que para ello se necesita del entrenamiento y aprendizaje y, gracias a la plasticidad de estas estructuras nerviosas, conseguir remodelar la conducta: La mejor herramienta es,  precisamente, emplear nuevas pautas y hábitos que aumenten la motivación a continuar… Pero esta parte, ya si eso,  la cuento luego…

😉  

Para saber más:

https://blog.cognifit.com/es/procrastinar-no-dejes-para-manana-lo-que-puedas-hacer-hoy/

https://lamenteesmaravillosa.com/practicas-el-il-dolce-far-niente/

https://www.realsimple.com/work-life/life-strategies/time-management/procrastination

https://www.huffingtonpost.es/2014/09/02/por-que-procrastina_n_5629572.html

https://www.sciencedaily.com/releases/2018/08/180822090455.htm

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