TURING in memoriam . Cuando no había ORGULLO y la injusticia era legal.

 

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Amarse, hasta hace bien poco, podía ser perseguido y condenado, legalmente, por “indecencia y perversión”. Baste recordar que, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la homosexualidad se consideraba un delito en Europa. De hecho, avergüenza y duele que, ahora mismo, en el mundo queden 72 países que criminalizan las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo e, incluso, ser gay o lesbiana, puede costar la vida en 8 de ellos. Mientras esta trágica situación perdura, al rededor del 28 de junio, en todo el mundo (el sábado anterior o posterior a esta fecha) se celebra El Día del Orgullo con marchas y desfiles por la diversidad, la libertad y el respeto. El día escogido se debe a que, en 1969, la madrugada del 28 de junio, la policía de Nueva York dirigió una redada contra el pub Stonewall, situado en el Greenwich Village. Se considera que, este dramático episodio, señala el momento en que se inicia la lucha contra todo un sistema, legal, policial y social, que condenaba los afectos no hetero-normativos… Porque era delito. Y estaba penado.

Y si alguien ejemplifica, para la comunidad científica, la esta injusticia con dramáticas consecuencias es, sin duda, Turing y su tragedia personal. Un héroe. Un genio.

Una víctima.

El matemático, científico de la computación y criptógrafo londinense Alan Mathison Turing, era un hombre tan brillante como complejo. Por su famosa “Máquina de Turing”, está considerado uno de los padres de la informática ya que, al formalizar los conceptos matemáticos que la sustentaban, allá por 1936, iba a establecer los fundamentos de la computación. Su diseño fue presentado en la revista Proceedings of the London Mathematical Society y, aunque tan solo era un dispositivo que manipulaba símbolos sobre una tira de cinta (de acuerdo a una tabla de reglas) puede ser adaptada para simular la lógica de cualquier algoritmo de computación. De hecho, permite explicar, muy bien, las funciones de la CPU dentro de los ordenadores. Solo por este trabajo ya se merecía un sitio preponderante en la HISTORIA DE LA CIENCIA y, sin duda, debería haber recibido reconocimiento y admiración.

Pero su vida se vio azotada, como la de toda la población europea de su tiempo, por la Segunda Guerra Mundial. Y sabía cuál era su deber. Por eso puso sus habilidades, para el cálculo y la lógica, al servicio de la lucha contra el nazismo enfrentándose (y venciendo) a otra máquina: Enigma. La “Máquina Enigma” era un sistema de rotores que permitía, al ejército alemán, tanto cifrar como descifrar, mensajes, haciendo las comunicaciones nazis inexpugnables… Hasta que resolvió su código el genial Alan. Se estima que este éxito acortó la duración de esa guerra entre dos y cuatro años. Salvando miles, quizás millones, de vidas. Una acción heroica que, sin duda, debería haber recibido reconocimiento y admiración.

Sin embargo, su vida fluyó por otros cauces y de hecho, se adentró en el diseño de uno de los primeros computadores electrónicos programables digitales (el del Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido). Poco tiempo después, construiría otra de las primeras máquinas de computación en la Universidad de Mánchester. Estaba poniendo los pilares de lo que denominamos “Inteligencia Artificial”. Fue tan trascendente su visionario punto de vista que, con su “Test de Turing”, aún hoy, se prueban las habilidades de las máquinas para exhibir un comportamiento inteligente (similar al de un ser humano o indistinguible de éste). Un talento que, sin duda, debería haber recibido reconocimiento y admiración.

Debería haber sido así. Pero no fue.

Alan fue procesado, perseguido y condenado.

Por quién amaba. Por cómo amaba.

Le dieron a elegir entre un año de prisión o “curarle” con una terapia hormonal, experimental, que pretendía ser un “tratamiento de reducción de la libido”. La barbarie cruel, la intransigencia ignorante, recubiertas de legalidad vigente. Se cebaron , sin consideración alguna, con el genio, con el héroe, con el ser humano… Y lo destruyeron. Su sentencia fue la castración química mediante una serie de inyecciones de estrógenos (que, es bien sabido, ejercen numerosos efectos periféricos y centrales). Trágica y dolorosamente acabalaron con él, física y psíquicamente. Era 1952. Murió dos años después, muy posiblemente por suicidio.

Hasta el 24 de diciembre de 2013 el gobierno del Reino Unido, no reconoció cuánto le debía Europa (y el mundo) a Turing y que injustamente había sido tratado. Cuanto dolor, cuanto sufrimiento detrás de la intolerancia y crueldad de una sentencia… De muchas, de demasiadas, sentencias como la de Alan. Pero ya hace mucho tiempo de esto ¿de verdad que, aún, hace falta un Día del Orgullo?

Sin duda.  Hay tantas razones como víctimas de prejuicios homófobos se producen diariamente. Para recordarlo. Para no olvidarlas. Para que nunca más, nadie, se sienta escrutado o asediada por ir de la mano de su pareja. Para que nunca más, nadie, llame nada a nadie por besarse… Para que nunca más, nadie, tenga que sufrir por AMAR A QUIEN LE DE LA GANA.

Entre tanto sigue siendo necesario reivindicar.

Entre tanto celebremos, en las calles que han de ser de todos y de todas:  FELIZ DÍA DEL ORGULLO

Para saber más:

https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20180628/dia-orgullo-gay-historia-28-junio-5234055

https://www.20minutos.es/opiniones/helena-resano-columna-celebrar-dia-orgullo-3070185/

http://blogs.elpais.com/turing/2012/07/turing-el-nacimiento-del-hombre-1912-la-maquina-1936-y-el-test-1950.html

https://elpais.com/internacional/2013/12/24/actualidad/1387873660_129481.html

Adela Muñoz Páez (2012) “Historia del veneno: De la cicuta al polonio”. Editorial: DEBATE. ISBN: 9788499921693

 

 

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