Lo del “Blue Monday” es una tontería pero que sea lunes y haga frió tampoco ayuda ;-)

aPCuando la melancolía se abre paso, armada de inercias y rutinas, sólo queda pedir  socorro a  Rita… Y es que la profesora Levy-Montalcini nunca falla: Tiene respuesta para todo (más de cien años de existencia y un cerebro prodigioso dan tiempo, y facultades, de sobra para ello). En este caso parece que se le oye susurrar: “Por encima de todo, no temas los momentos difíciles. El mejor viene de ellos”… Y es que esta maravillosa mujer, a pesar de sufrir tremendas desdichas (o quizás precisamente por ello) nunca dejo de creer que los buenos tiempos se abrirían paso. Optimista convencida, además, no esperó a que los acontecimientos se precipitaran por sí solos, sino que apostó por hacer del mundo un  lugar mejor gracias a la Ciencia y la Educación. De hecho, su obra científica es extraordinaria pero, aún lo es más, su actitud frente a la vida:  ejemplo de persona comprometida, valiente y serena, que siempre actuó a favor de la igualdad de género y en pro de dignidad de todos los seres humanos. Así, a finales del siglo pasado, creó la fundación que lleva su nombre, dedicada a prestar ayuda a la educación de mujeres jóvenes, especialmente en África. Contaba en  su libro, “Las pioneras” , que la inspiración para ello le surgió de  “las mujeres que cambiaron la sociedad y la ciencia a través de la historia”  con las que compartía  (dicho sea de paso) como principales méritos, la “perseverancia y el optimismo”. Cabe preguntarse, por tanto, en que consiste ese optimismo capaz de ser el principal motor del progreso humano.

Se dice que el optimismo consiste en una disposición de ánimo que impulsa a esperar lo mejor, o lo más favorable, de todo lo que pueda acontecer. Precisamente, por la trascendencia que esta esperanza en el futuro tiene en el devenir de las personas, ha sido doctrina de estudio en Psicología, Ética o Filosofía. Para el campo de investigación de la conducta humana, el optimismo radicaría en la presencia de expectativas (como causa de que, ante eventos más o menos cotidianos, se reaccione positivamente, a pesar de contratiempos y frustraciones). En este sentido, se suele considerar que un “temperamento optimista” es más proclive a tomar con humor las desdichas y, con ello, a recuperarse, de problemas y fracasos, con ánimo más resiliente.

Como actitud, el optimismo impide caer en la apatía o la desesperación, ya que favorece la lucha contra la adversidad.  De hecho, existen estudios que indican que las personas optimistas suelen sufrir menos problemas depresivos, y se ha asociado a mejores rendimientos en el desempeño de tareas y adaptación profesional. Para obtener estos efectos, parece que el individuo optimista cuenta con una tendencia mayor a activar las respuestas conductuales dirigidas a la solución de los problemas.

En este sentido se ha descrito que, las personalidades optimistas, no rehúyen del conflicto, sino que enfrentan el evento doloroso o frustrante (con lo que aumentan su propia probabilidad de éxito). Se trataría de un ejemplo EN POSITIVO de “Profecía Auto-cumplida”: al esperar poder resolver los problemas, se intenta hacerlo, con lo que se hace más plausible encontrar la solución a cualquier situación no deseada. Además, se refuerza la conducta, con un manejo de causalidad/recompensa bastante asimétrico ya que, el éxito conseguido, se tiende a atribuir a causas generales que perduran en el tiempo (y que, además, relacionan con su propia competencia individual). Por el contrario, los acontecimientos desfavorables, se asocian con factores externos que, puntualmente (y este dato es muy importante) hayan podido “torcer” la ruta hacia el objetivo final.  En esta situación, obviamente,  el cerebro estará  más “predispuesto” a intentar,  de nuevo reconducir el  devenir de los sucesos (ya que lo negativo se considera momentáneo y lo positivo estructural): ¿Qué puede, entonces, salir mal?… Como  repetía el joven dueño del hotel Marigold “Al final todo acabará bien y si no acaba bien es que aún no es el final

Ahora bien, es oportuno considerar qué procesos mentales de toma de decisiones permiten al cerebro ESPERAR LO MEJOR y PREPARARSE PARA LO PEOR. En este sentido, parece bien establecido que la amígdala es la encargada de la detección de riesgos y amenazas mientras, paralelamente, el núcleo accumbens está implicado en la puesta en marcha del sistema de recompensa, que ha de favorecer la búsqueda de situaciones placenteras; además, la corteza prefrontal se encargaría de evaluar y modular las reacciones ante los estímulos (a partir de la experiencia previa y dentro de un contexto específico). Todo este patrón de conexiones, habría de permitir modular una respuesta emocional (e iniciar un nuevo reto) siempre evaluando las diversas alternativas. Por tanto, la decisiones se tomarían en una pequeña área neuronal, situada en el lóbulo frontal, que integraría la información para, luego, tomar la optimista decisión de SEGUIR INTENTÁNDOLO .

En definitiva, para concluir, volvamos a la más optimistas de la etapas de la vida humana, que es su infancia y, así, en las “aguas turbulentas de los tiempos oscuros “ hagamos que nuestro ánimo optimista, como la pequeña Dory de “Buscando a Nemo”, cante:  Sigue nadando, sigue nadando, nadando, nadando,… porque ¿qué hay que hacer? NADAR

Para saber más:

https://elpais.com/sociedad/2012/12/30/actualidad/1356885109_735814.html

https://www.eduardpunset.es/22984/general/la-investigadora-del-optimismo

http://asociacioneducar.com/cerebro-toma-decisiones

Bechara A, Damasio H, Damasio AR. Role of the amygdala in decision-making. Ann N Y Acad Sci. 2003 Apr;985:356-69.

Fetsch CR, Kiani R, Newsome WT, Shadlen MN. Effects of cortical microstimulation on confidence in a perceptual decision. Neuron. 2014 Aug 20;83(4):797-804.

 

 

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“Erre que erre” o los inconvenientes de no dejarse convencer

cambiar de opinión

Leo con sorpresa (y algo de contradicción interna ¡a que negarlo!) que una famosa estrella de Hollywood anda vendiendo ¡¿lavativas?! de un café carísimo, ¡eso sí!, pero que, a fin de cuentas, no son más que irrigaciones anales.  Sea como fuere, me resulta curioso, que (por muy apasionante que sea la fisiología digestiva) se ocupen, tan explícitamente, de “labores de retrete” en el ambiente “mega-ultra-glamuroso” que (se supone) rodea a nuestra protagonista. Más asombrosa, aún, es la repercusión mediática que todo esto ha tenido porque, la pseudo-terapia que sugiere, resulta, dicho sea de paso, como poco, inútil, cuando no absolutamente contraindicada para mantener la salud del colon.  Con todo, lo realmente preocupante es ¡que lo vende! O lo que es lo mismo, ¡hay gente que SE LO CREE! y, por tanto,  lo compra.

Esto no deja de ser una prueba más de que CREER ES UN ACTO VOLUNTARIO. Solo aceptando esta evidencia, se puede entender que, de motu proprio, las personas se aferren a convicciones como estas (por infundadas que sean). De hecho, parece que cuando se establece una creencia, se ponen en marcha ciertos resortes mentales que influenciarán cualquier juicio posterior. Se produce el denominado fenómeno de “ceguera a la elección” que hace que, una vez se escoja una opción, inevitablemente, se trate de justificarla. Quien controla este mecanismo puede generar adhesiones inquebrantables haciendo comprar, al grupo recién converso, “cafés  purgadores de colón”, o cualquier otra peregrina idea.  Paralelamente, conseguirá también  volver una labor ímproba (cuando no imposible) la tarea de hacer cambiar su opinión al respecto, aun cuando las evidencias indiquen, claramente, que se está persistiendo en una equivocación manifiesta…¡Se ha conseguido la “fidelización del cliente total”!, demoledora para el juicio crítico, pero sin competencia posible.

No obstante, lamentablemente, en este caso, se trata de algo más que una anécdota, más o menos jocosa , ya que se enmarca en un ambiente social en el que las “pseudo-ciencias pseudo-curativas” cada día, parecen reunir más crédulos discípulos (a los que, por otra parte, una vez convencidos, resulta extremadamente difícil sacar de su error).Y es que, el problema de conseguir que alguien cambie de opinión, hunde sus raíces en el hecho de que el cerebro trabaja partiendo de la base de que no se equivoca. Así, dado que, modificando un juicio se acepta que se ha cometido un error, cambiar un punto de vista no será, para nada, fácil.

De hecho, existen bastantes estudios que han probado que, ni argumentos, ni evidencias sirven para ello. Bien al contrario, pareciese que, el hecho de mostrar pruebas contra lo defendido, reforzase la posición y creencias sostenidas por cada individuo y su grupo de referencia.  Para que así ocurra, la mente humana se ve impelida a fijar posiciones ante  cualquier cuestión que se plantee reaccionando, fundamentalmente, en clave  emocional y juzgando al respecto (mientras que, la indecisión, es considerada una prueba de inconsistencia o debilidad).  Sin embargo, al opinar prematuramente, o con datos insuficientes, es más proclive a equivocaciones de las que será mucho más difícil desprenderse pues, el cerebro YA HABRÁ TOMADO PARTIDO y, una vez hecha una elección, la circuitería neuronal de toma de decisiones, va a empezar a trabajar a favor de sustentarla (especialmente si entran en el terreno de las creencias definitorias de la persona, como serían postulados religiosos o políticos, por ejemplo).  Por esta vía, por tanto, se va a establecer todo el “corpus ideológico” de cada sujeto. Por lo que un buen consejo sería “pensar antes de hablar” (o, mejor aún “consultar con la almohada”) para dejar un tiempo de reflexión antes de “posicionarse”sobre cualquier tema, aunque resulte más fácil decirlo que hacerlo. Además, existen hallazgos que indican que, precisamente, las personas se aferran a sus convicciones con mayor intensidad frente urgencias o amenazas (reales o aparentes). Así, las creencias afianzarían las redes grupales en condiciones de riesgo, al mantenerlas sin discusión lo que sería ventajoso. Algo así como que “contra algo” (o alguien) es cuando más unidad se consigue. Por cierto que, alguna situación política recurrente (como los debates territoriales en las regiones europeas), serían un magnífico ejemplo de esto.

Cabría preguntarse “qué pasa en las cabezas” de esas personas que siguen defendiendo cualquier postulado, aun cuando, objetivamente, les resulte perjudicial… Y algo se empieza a saber: Existen datos que sitúan el origen de esta especie de juego de autoengaños, en la corteza frontal posterior medial (pMFC). Esta estructura juega un papel clave en la detección de discrepancias entre las condiciones deseadas por cada sujeto, y las que realmente disfruta (o padece) ajustando el comportamiento posterior para resolver dichos conflictos.  Para ello, en situaciones de crisis, la pMFC actuaría potenciando la adhesión a las ideologías, como un mecanismo cognitivo subyacente a los procesos de decisión. Se trata del mecanismo mental que fuerza a huir de las paradojas e incoherencias cuando generan “disonancia cognitiva”. Gracias a él, cuando se entra en contradicción entre creencias y hechos, no se acaba con la disolución del grupo que mantenía la idea que se muestra equivocada, sino que se refuerza encontrando justificaciones “ad hoc”. He aquí el origen de las elaboradísimas teorías “conspiranóícas” en general. Estos mecanismo neurales actuarían, igualmente, con cualquier afirmación del tipo “la Tierra es plana”, “el Apolo 11 no llegó a la Luna” o, las extremadamente peligrosas, de apoyo a la homeopatía, del negacionismo climático, o del gremio anti-vacunas, por ejemplo…

Es importante señalar, en este contexto, que las ideologías resumen las dimensiones de una persona, definiendo tanto su comportamiento en público, como en privado, por lo que confieren  propiedades “identitarias”, asumiendo, con ello, postulados y valores. Y, lógicamente, “sostenella y no enmendalla”, sería una respuesta común ante los retos personales y de grupo. De hecho, la Historia muestra, en abundancia, hasta que extremos se llega en defensa de creencias sociales, como son convicciones políticas, o confesiones religiosas (generando tanto actos de valor heroico, como de una injusticia horrorosa). Por tanto, si se quiere, en un debate, una mínima posibilidad de éxito, se ha de tener en cuenta que, cada cerebro, construye su razonamiento desde un supuesto de veracidad y, por tanto, NO SE VA A DEJAR CONVENCER de que está equivocado.

Pero, si las pruebas no sirven ¿cómo generar, entonces, un cambio de actitud cuando la mayoría de experimentos muestran que los prejuicios tienen “las de ganar” frente a las nuevas ideas? Pues parece evidente que una buena estrategia para impedir que se extienda una creencia (especialmente si esta es irracional o peligrosa) pasaría por evitar la confrontación directa, para no activar el mecanismo de defensa cognitivo contra quién indica que se está en un error. También es útil, dar una idea original al respecto, ya que la dinámica anti-disonancia cognitiva, tiende a dar razones para justificar los conceptos que ya se tienen, pero no las innovaciones.  Si se presenta el razonamiento cómo nuevo no tendrá que ajustarse a las ideas previas, evitando lo que se ha denominado “efecto ancla”‘… Porque las opiniones son cómo los clavos ¡se hunden más cuanto más se martillean! dejando “anclado” el razonamiento al juicio pre-instaurado.  

La conclusión es que “tener razón” es un “sentimiento” muy arraigado y, por tanto, no se estará predispuesto  a tratar de escuchar  argumentos que “osen”a intentar quitarnos tan preciada posesión , pero persistir en un  error no es loable, ni se debe justificar con la fidelidad a unos principios inquebrantables, bien al contrario, aunque cueste, RECTIFICAR ES DE SABIOS (¡y SABIAS!)

Para saber más:

http://www.elperiodico.com/es/extra/20180109/lavativas-cafe-gwyneth-paltrow-6539424

Manual de instrucciones para cambiar de opinión: https://verne.elpais.com/verne/2014/11/17/articulo/1416205830_000028.html

https://www.newyorker.com/science/maria-konnikova/i-dont-want-to-be-right

http://naukas.com/2010/08/19/ceguera-a-la-eleccion-asi-inventamos-una-explicacion-para-nuestras-decisiones/

http://www.vozpopuli.com/altavoz/next/Ciencia-Psicologia-Neurociencia_0_701029898.html

http://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0071303#pone.0071303-Moore1

Neuromodulation of group prejudice and religious belief;  Soc Cogn Affect Neurosci. 2016 Mar; 11(3): 387–394, (2015); Colin Holbrook, Keise Izuma, Choi Deblieck, Daniel M. T. Fessler, and Marco Iacoboni.

Nonpolitical Images Evoke Neural Predictors of Political Ideology . Curr Biol. (2014); 24(22): 2693–2699. Woo-Young Ahn,  Kenneth T. Kishida,Xiaosi Gu,Terry Lohrenz,Ann Harvey, John R. Alford, Kevin B. Smith, Gideon Yaffe,John R. Hibbing, Peter Dayan, and P. Read Montague.

Individual differences in political ideology are effects of adaptive error management Behavioral and Brain Sciences, Volume 37, Issue 3  (2014) , pp. 324-325  Michael Bang Petersen, Lene Aarøe.

Attitude Change: Persuasion and Social Influence;  Wendy Wood. Annual Review of Psychology Vol. 51:539-570 (2000).

 

 

 

 

 

 

 

Se acerca el seis de enero: ¡Silencio se juega!

AAAReyesMagos

La infancia es juego y, recordar esto, es fundamental para que, con el devenir de los días, no se pierda, en la edad adulta, esa criatura libre e imaginativa de los primeros años… Jugar no es (sólo) divertido: es una necesidad y la Neurociencia empieza aportar muchos argumentos que evidencian su importancia en el desarrollo y mantenimiento cerebrales.

Los seres humanos son “juguetones” por naturaleza, como otros muchos grupos de animales. También la mayoría de los mamíferos jóvenes dedican una gran cantidad de tiempo y energía a jugar juntos pues, el juego es divertido. No obstante, y aunque resulte muy agradable, es más que una actividad frívola: es crucial para el desarrollo de la flexibilidad conductual, la adquisición de competencia social y cognitiva y el mantenimiento de la cohesión grupal. El juego es un reforzador natural, y los sistemas de neurotransmisores, íntimamente implicados en los aspectos motivacionales, placenteros y cognitivos de recompensa (como opioides, endocannabinoides, dopamina o noradrenalina), también tienen un papel modulador importante en el desempeño de las actividades lúdicas. Esto proporciona el marco conceptual que permitirá comprender cómo el cerebro procesa el juego y que se obtiene de él.

Las actividades “de recreo” son un fenómeno que aparece, de hecho, no solo en mamíferos, también aves, algunos peces, reptiles o anfibios muestran este tipo de forma de relacionarse con el mundo. Lo cierto es que existen numerosos trabajos que han puesto de manifiesto cómo los animales “juegan” mostrando, al introducir objetos en su entorno, curiosidad y comportamientos “lúdicos” hacia ellos. Por tanto, no es de extrañar que también, entre Primates, jugar sea una actividad muy generalizada. A lo largo de la Evolución, se ha potenciado la propensión a desarrollar tareas gratas y divertidas en cualquier sitio y ocasión. Obviamente, para que una actividad haya sido tan conservada, debe otorgar ciertas ventajas adaptativas: Todo parece indicar que este éxito evolutivo está relacionado con el adecuado desarrollo del cerebro social (ya que el juego permitiría el aprendizaje de conductas grupales). Esta hipótesis implicaría que, en un entorno “lúdico,” se estarían propiciando las condiciones para que, el cerebro en desarrollo, aprendiese a experimentar con situaciones de la vida real, pero sin peligro.

No obstante, el concepto “lúdico” es conflictivo pues se trata de definir una situación de contexto, y no de una conducta en concreto. De hecho hay ciertas fronteras que delimitan el ámbito del juego del mundo real. Así, por ejemplo, pelear jugando contiene los mismos patrones conductuales que la lucha real; sin embargo, los sujetos combatientes saben que es “de mentiras”. Como consecuencia de ello durante el juego se produce una “relajación de las normas” que hace que haya pocas sanciones cuando se transgreden las reglas. Mientras se juega, las disculpas son aceptadas con más facilidad y se favorecen las conductas cooperativas. Todo ello estaría coadyuvando a un esquema facilitador del aprendizaje de las habilidades sociales (vital en las espacies que, como la humana, se sostienen gracias a fuertes lazos grupales). Además, en estas condiciones de voluntariedad y cierta informalidad, se generaría el entorno perfecto para el establecimiento de valores y juicios morales. Por otra parte, existen algunas hipótesis según las cuales, la fantasía que favorece el juego, potenció, en el proceso de hominización, la aparición y desarrollo del lenguaje. En esta línea, el juego sería el medio por el cual, finalmente, la sociedad desarrolló cultura, sueños y hasta lealtades grupales.

Para ello, el cerebro que juega activa algunas áreas específicas. Parece que la actividad lúdica estimula el desarrollo funcional en la amígdala (centro de la emocionalidad) y en la corteza prefrontal dorsolateral (área fundamental en el proceso de toma de decisiones). De hecho, existen modelos animales (en ratas concretamente) que indican que hay relaciones claras entre el nivel de comportamiento en el juego y cambios neurobiológicos, que afectan a la plasticidad sináptica y al desarrollo neural. Lo interesante es que, además, estos cambios morfo-fisiológicos encontrados, se correspondían con conductas más agresivas y temerosas en las ratas privadas de juego que en aquellas sí disfrutaron de él.

En definitiva, aunque desde siempre se haya sabido que jugar es connatural a la infancia, hoy en día, se empieza a vislumbrar como esta actividad puede ser fundamental para el desarrollo cerebral, en aspectos tan importantes como el lenguaje, la socialización o la creatividad… Y es que  (citando a Heidi Britz-Crecelius )“No hay nada que los seres humanos hagan, sepan, piensen, esperen o teman que no haya sido ensayado, experimentado, practicado o al menos anticipado, en la etapa del juego infantil”.

Para saber más:

Blair C.(2017) “Educating executive function”. Wiley Interdiscip Rev Cogn Sci.;8(1-2).

.Garaigordobil, M. (1990). “Juego y desarrollo infantil”. Madrid. SecoOlea.

Healy, J.M. (2011). “Different learners: identifying, preventing, and treating your child’s learning problems”. Simons & Schuster Ed.

Pellis, S. and Pellis, V. (2009). “The playful brain: venturing to the limits of neuroscience”. Oxford, UK: One World Publications.

Taffoni F, Tamilia E, Focaroli V, Formica D, Ricci L, Di Pino G, Baldassarre G, Mirolli M, Guglielmelli E, Keller F.(2014) ”Development of goal-directed action selection guided by intrinsic motivations: an experiment with children”. Exp Brain Res.;232(7):2167-77.

Socio-cultural effects on children’s initiation of joint attention: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3480652/

The Pleasures of Play: Pharmacological Insights into Social Reward Mechanisms: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2946511/

Play, attention, and learning: How do play and timing shape the development of attention and influence classroom learning? https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3842829/

Right brain – left brain – a primer. The Dana Foundation: http://dana.org/Briefing_Papers/Right_Brain-Left_Brain%E2%80%93A_Primer/

http://www.education.com/reference/article/language-play-development/

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2015/07/29/el-juego-como-instrumento-de-aprendizaje-aplicaciones-practicas-para-el-cerebro-en-desarrollo/

http://www.somosprimates.com/2010/06/entre-animales-anda-el-juego/