La Ira, el “Reloj del Apocalipsis” y la Cara del Enemigo.

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El “reloj del Apocalipsis o “del Juicio Final“, es un reloj simbólico que se puso en marcha bajo el impacto de la destrucción causada por el primer (y, hasta ahora, último) lanzamiento de bombas atómicas contra zonas habitadas. Allá por el 1947, la junta directiva del Bulletin of the Atomic Scientists en la Universidad de Chicago, imaginó cuánto separaba a la especie humana de la medianoche que representaba la “destrucción total y catastrófica” de la Humanidad. Aunque al principio la analogía solo se refería a la amenaza de guerra nuclear global, hoy en día, la incansable creatividad humana en la búsqueda de su propia extinción, ha hecho que se incluyan también factores como, el cambio climático o, todo nuevo desarrollo técnico e industrial que pudiera infligir algún daño irreparable a la Tierra como planeta. La metáfora implica que el número de minutos que le quedan a la Humanidad para “su medianoche” se “calcule” periódicamente… Y en 2017, el reloj se adelantó “tres minutos para las 24 horas” (por primera vez desde hacía años) debido al resurgimiento de los nacionalismos en la política mundial y, sobretodo, a causa de los recientes cambios de opinión en el gobierno estadounidense respecto a temas como armamento, inmigración o problemas ambientales.

En este contexto, la nueva presidencia norteamericana, sin duda había intensificado el sonido de “ los tambores de guerra”  y acelerado el peligro de destrucción global. Sin embargo, dado que “cuando uno no quiere, dos nos riñen” (como mi madre solía decir cuando intentaba culpar a otra gente de mis cuitas), se estaría a salvo gracias a que, por suerte,  “hacen falta dos para empezar el baile”…

Sin embargo, tristemente, en los últimos tiempos, parece que sobran voluntades para avenirse a la pelea. Y hay un candidato que marcha con ventaja: Corea del Norte. Baste, como ejemplo, una sencilla búsqueda en internet sobre “pruebas nucleares y Corea”: arroja cerca de 1.180.000 resultados… Todos ellos referidos a que el 3 de septiembre, supuestamente, en este país, se detonó con éxito una bomba de hidrógeno que puede equiparse en un misil de alcance intercontinental.

Sin duda, la escalada de provocaciones entre ambos países, se personaliza en sus dos líderes: Donald Trump y Kim Jong-un. Y, de hecho, con el ensayo se ha alcanzado un grado de conflicto verbal, directo, nunca visto entre el gobernador supremo de Corea de Norte, y el presidente estadounidense.

Se trata de dos personalidades que no parecen, ni mucho menos, lentas a la cólera. Bien al contrario sus cerebros parecen, ciertamente, iracundos. Sin embargo, el poder que detentan implica que, su enojo no sea un problema privado sino que, lógicamente, pueda preocupar (de hecho, incluso, asustar) a todo el resto de la Humanidad.

En cualquier caso, es innegable que, la ira de unos y el miedo del resto, son dos de las emociones básicas y universales de la especie humana y su función principal está al servicio de la supervivencia reaccionado contra agresiones y peligros. Pero cuando aparecen con reiterada frecuencia en la vida cotidiana, surgen problemas. Serios problemas. Qué las origina y cómo se potencian es, por tanto, de enorme interés… Y algo se empieza a saber al respecto, gracias a los trabajos en Neurociencia.

Y es que los cerebros humanos se han seleccionado en grupos sociales. Las interacciones entre individuos que gestionan, les han conferido una indudable capacidad adaptativa, permitiendo a cada sujeto diferenciar, con solo “mirarse a la cara” quién es amigo y quién no.  Los enemigos irreconciliables (como Trump y Kim Jong-un), se identifican entre sí, se enfrentan y, tal pareciese que, uno actúa como némesis del otro. Las víctimas potenciales se amedrentan ante la violencia y, su miedo, también se refleja en sus caras (y en sus constantes vitales generando una respuesta fisiológica a estrés muy relevante). La expresión interna de la ira, por su parte, presupone un elevado nivel de activación neurofisiológico que en primates, por cierto, se ha asociado con niveles altos de testosterona (hormona vinculada a la conducta agresiva y dominante), así como niveles bajos de cortisol (responsable de la activación de la respuesta de alerta). Este complicado despliegue neuroendocrino es la base de todo proceso emocional y sustenta la comunicación social. A escala evolutiva, los primates sobrevivieron por la eficiencia de sus grupos y, para que el grupo fuese eficaz, se requirió un refinado sistema de reconocimiento de sus miembros que se centró en el análisis de sus caras.

El semblante del enemigo y, sobretodo, la dirección de su mirada han demostrado desempeñar un papel importante en este proceso. De hecho existen datos que indican que, la percepción de la ira, se ve reforzada por la mirada directa (y por ello desafiante), mientras una cara temerosa se asocia con mirar hacia “otro lado” valorándose como huidiza. Así sostener la mirada reta al enemigo, apartarla evidencia el miedo.

Como consecuencia, según la hipótesis de la señal compartida, tanto la emoción como el comportamiento de la mirada, se asocian con orientaciones de motivación conductual para acercarse o evitar al otro sujeto. No obstante, esta teoría, aunque apoyada por alguna evidencia, está cuestionada en cuanto a la realización de los juicios de expresiones temerosas. No así acerca del efecto de la mirada retadora. Esto implica que, tal vez, las personas se equivoquen sobre quién está asustado, pero no tienen dudas sobre con quién se han enfadado.

Además, en este sentido estudios recientes demuestran que la interacción de la expresión facial y la dirección de la mirada, difiere entre individuos con distinto grado de ansiedad. Así, las personas que sufren altos grados de ansiedad muestran una mayor capacidad de localización de rostros temerosos, mientras que los individuos poco ansiosos no se focalizan tanto en ellas. De modo que se diría que, entre los que tienen miedo, hay cierto grado de solidaridad y que se identifican mejor entre ellos…

Por tanto, señores Trump y Kim Jong-un, les haría un ruego: Dejen de mirarse fijamente y dirijan sus iracundos y desafiantes ojos hacia los rostros del resto de la gente. Quizás así comprueben que todos los desvían, unidos por el miedo que sus acciones provocan…  Si, por ello, se las replanteasen, tal vez, se vuelva a retrasar el “Reloj del Fin del Mundo”.

Para saber más:

Borod, J.C.  (2000). The Neuropsychology of Emotion. Publisher: Oxford University Press; Cap. 13. ISBN-10: 0195114647.

Herrero, N. (2011).  ¿Qué ocurre cuando nos enfadamos? Mente y Cerebro, Nº 47.

Potegal M. (2012) Temporal and frontal lobe initiation and regulation of the top-down escalation of anger and aggression. Behav Brain Res. 231(2):386-95.

Lieberman HR, Thompson LA, Caruso CM, Niro PJ, Mahoney CR, McClung JP, Caron GR. (2015 ). The catecholamine neurotransmitter precursor tyrosine increases anger during exposure to severe psychological stress. Psychopharmacology (Berl). https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/pmid/25220844/

Rasia-Filho AA, Londero RG, Achaval M. (2000) Functional activities of the amygdala: an overview. J Psychiatry Neurosci. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/pmid/10721680/

https://es.wikipedia.org/wiki/Reloj_del_Apocalipsis

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/neurobiologa-de-la-lectura-523/qu-ocurre-cuando-nos-enfadamos-8746

http://asociacioneducar.com/cerebro-ira

http://journal.frontiersin.org/article/10.3389/fpsyg.2017.01186/full

 

 

 

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Un comentario en “La Ira, el “Reloj del Apocalipsis” y la Cara del Enemigo.

  1. Genial visión de la realidad, desde un punto de vista neurocientífico. Siempre me admira tu capacidad como divulgadora científica: como captas la atención a través de temas cercanos, candentes o divertidos. Aunque este tema no es para broma, confieso que disfruto con tu mordacidad. Me encanta leerte, Susana (y más escucharte) 😋

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