Arde La Calle Al Sol De Poniente… El cerebro “se achicharra”

calor

Superado el “40 de mayo”, en el sur de la península, hace ya días que nadie soporta “el sayo” con una mínima dignidad. Miles de frases hechas describen como el sol aplasta, quema, derrite y fatiga a las víctimas de su inclemencia, mientras las personas intentan mantenerse en una situación confortable y, mínimamente, “ a la fresquita” el mayor tiempo posible. Es un hecho: Cuando las temperaturas se elevan, a la par, se derrumban ánimos mientras aumentan las respuestas agresivas, crecen los sentimientos de hostilidad y los pensamientos violentos. Pero esto no pasa por que sí, se trata de una reacción adaptativa ante un estímulo y, lo cierto es que hay una razón fisiología para este malestar térmico que, aunque predispone a la irritabilidad, provoca reacciones defensivas al peligro que, la exposición al calor excesivo, supone.

Las personas habitan en áreas geográficas muy distantes pero, aunque el cuerpo humano se exponga a grandes variaciones en sus condiciones ambientales, permanece a una temperatura bastante estable, mediante un refinado control. La denominada “barrera psicológica de los 40 grados,” evidencia que el cerebro humano sólo funciona, adecuadamente, cuando la temperatura corporal está entre los 35 y los 40 grados centígrados y, superados estos niveles, deja de poder trabajar. De hecho, pequeñas modificaciones, son signos inequívocos de presencia de patologías: Hay fiebre. Por el contrario, en condiciones normales, el organismo, depende de mecanismos fisiológicos (como la sudoración) y la modulación conductual (al ponerse a la sombra o quitarse la ropa) para mantener su constancia térmica. Este comportamiento, ante la elevación de la temperatura exterior, merece una atención especial. El calor funciona como un elemento estresante y, por tanto, dentro de las reacciones del organismo ante el calor, se encuentra activar el sistema nervioso iniciando una respuesta que le permita huir, o defenderse de aquello que está provocando malestar. Solo que, a veces, ni una cosa ni otra tiene efecto, desencadenando una respuesta puramente emocional de, cuando menos, disgusto. El eje central de esta respuesta se sitúa en una estructura concreta del encéfalo: el hipotálamo.

El hipotálamo es una parte bastante pequeña del cerebro (apenas 4 g de los 1,400 g de cerebro humano adulto). Sin embargo, su tamaño no se corresponde con la importancia de las funciones que desempeña: Todo el equilibrio interno se gestiona desde él. Ritmo respiratorio, respuesta cardiovascular, ciclo vigila-sueño, reproducción o la integración de los correlatos vegetativos de las emociones, dependen de las neuronas hipotalámicas. En este microcosmos del mantenimiento de la armonía en el organismo, la temperatura con que la sangre llega al hipotálamo, será el principal determinante de la respuesta corporal a los cambios ambientales. El hipotálamo funciona como un termostato que mantiene el equilibrio entre producción y pérdida de calor.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que, la efectividad relativa de las rutas de intercambio de calor, depende de las condiciones ambientales. La zona de confort térmico, se sitúa en el rango de temperatura ambiental en el cual el gasto metabólico se mantiene en el mínimo y, cuanto mayor es el alejamiento externo, más esfuerzo fisiológico supone mantener el equilibrio interno. Así, el sobrecalentamiento del área termostática del hipotálamo, provocará un aumento en la tasa de pérdida de calor por vasodilatación. El efecto será bien visible pues, cuando la temperatura corporal aumenta, los vasos periféricos se dilatan y la sangre fluye en mayor cantidad, cerca de la piel, favoreciendo la transferencia de calor al ambiente. Por eso, por ejemplo, en una aglomeración o, en un sitio muy caldeado las personas ven como su piel se enrojece, ya que está más irrigada. Además, el organismo va a tratar de bajar su temperatura por evaporación. La transpiración se produce cuando el cuerpo se calienta de manera excesiva porque, la estimulación de la zona anterior del hipotálamo, disminuye la temperatura mediante la activación de la producción de sudor. De hecho, esto explica porque resulta aún más irritante el calor húmedo, dado el papel de la evaporación en el proceso de reducción de la temperatura corporal. Si, además de altas temperaturas, la humedad ambiental también es alta, la situación empeorará. No se producirán corrientes de convección y la sudoración disminuirá, con lo que el individuo empezará a absorber calor, en vez de refrescarse, y se generará un estado de hipertermia.

En cualquier caso, las glándulas sudoríparas son un buen ejemplo de como el control de las funciones vegetativas pone en marcha muchos niveles de integración neurofisiológica. Lo cierto es que están, directamente, bajo el control del sistema nervioso simpático (que junto con el sistema parasimpático, forma el sistema nervioso autónomo) y que se activa en las denominadas “Situaciones E” (escape, estrés, emergencia). Una “situación E” es la exposición al asfixiante calor de una tarde de junio en Sevilla y, por ello, el organismo pone en marcha todos los recursos que posee para intentar compensar la agresión que supone.

La vía principal de los impulsos que implican pérdida de calor llegará al hipotálamo lateral, de ahí a la porción media cerebral, áreas tronco-encefálicas y a la médula espinal y, desde las fibras simpáticas, controlará a los vasos cutáneos, glándulas sudoríparas y fibras motoras musculares. El sujeto enrojecerá y romperá a sudar. Además, es probable, que empiece a tener sed o sentir fatiga, ya que todo el organismo responde solidariamente. Esta acción coordinada se produce gracias a la activación neuroendocrina, mediada por el sistema hipotálamo-hipofisario implicando a las hormonas tiroideas y corticoides, entre otras. Todo un entramado de respuestas que conducen al reajuste que permita sobrellevar la exposición a estrés térmico…Y de hecho cualquier estrés. Por ello, y como consecuencia de todo lo anterior, esta activación metabólica va a llevar aparejada una expresión emocional. Todas las estructuras implicadas en el manteniendo de la temperatura interna constante, también participan en la gestión de la respuesta de alerta, en la activación de los mecanismos que permiten al individuo enfrentarse a potenciales peligros, que le impulsan a escapar… O a enfrentarse a él. De modo que, ciertamente, el sujeto se va a ir “calentando”, se va ir sintiendo más y más incómodo…¡Y su cerebro se va enfadando!. Por tanto, la combinación de factores “situacionales” (como la temperatura exterior) y tendencias personales (por ejemplo, autocontrol deficiente) influyen en los procesos de toma de decisiones determinando que un comportamiento se vuelva más agresivo.

Y no se trata de una afirmación al azar: Varias evidencias confirman esta relación calor-agresión. Por ejemplo, se ha visto en estudios realizados en partidos de futbol o hockey, la capacidad del calor ambiental para aumentar la agresividad de las personas participantes (existiendo una sinergia entre los efectos de la reacción afectiva, que la competición misma provoca, y la temperatura ambiente en que ésta se produce). En este sentido, se ha evidenciado una relación lineal significativa entre la temperatura alcanzada y violencia mostrada. Estos experimentos permiten conjeturar que, la exposición a estrés por calor, provoca una fuerte reacción sobre el índice de ansiedad. Orgánicamente, esta respuesta estaría mediada por la actividad hipotalámica y de otras estructuras conectadas con él y relacionadas con la respuesta afectiva. En este contexto de control emotivo, destacan dos estructuras cuya acción, junto al hipotálamo, serán cruciales en las respuestas agresivas: amígdala e hipocampo. Ante la persistencia de una situación desagradable, como el calor intenso, la amígdala estará enviando señales de activación emocional al sistema, mientras el hipocampo estará trabajando para adecuar la respuesta a las experiencias previas.

En conclusión, en un mundo cada vez más poblado (y en pleno proceso de calentamiento global) no parece una locura afirmar que, la sociedad, cada vez se enfrentará a un estrés térmico mayor, y a individuos cada vez más enojados por ello. La propia fisiología termorreguladora, conducirá a que también crezcan los niveles de tensión psicológica individuales y, como consecuencia de esto, a violencia social. No es, por tanto, un tema menor. Es preciso conocer los límites de esta respuesta y, sobre esa base, impulsar que se empiecen a proponer indicadores, de carácter bioclimático, que impliquen el análisis de los efectos que el calor ejerce sobre las condiciones de bienestar en las personas, permitiendo delimitar si este factor detona la violencia o no… Y eso afectará a todo (desde infraestructuras arquitectónicas, al urbanismo, desde las políticas sociales a los equipamientos sanitarios)

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