Se acaba mayo y… ¡Estoy “atacaaá”!. El Cerebro ansioso

ansiedad

No es broma: mayo es un mes horrible antesala de otro peor. El profesorado vive bajo los calendarios inflexibles que impone el avance del curso…Y algunas fechas (como las que aproximan su final) implican, irremediablemente, la acumulación de trabajo, de tensiones y de nerviosismo. Si se les pregunta, es fácil encontrar profesoras y profesores que reconocen que han atravesado momentos profesionales (y, como consecuencia de ellos, muchas veces también, personales) bastante difíciles, desbordados por la situación, con incertidumbre sobre los acontecimientos, y con problemas físicos y psicológicos (a veces tan serios que conducen a un diagnóstico de estrés o depresión). Sin llegar a estos extremos patológicos, qué duda cabe que, el gran volumen de trabajo que implica el fin de curso y, la enorme responsabilidad de decidir el futuro del alumnado con un solo número (que eso, y no otra cosa, es “poner notas”) en una situación que genera una gran ansiedad. Los retos como este, que se enfrentan día a día, se traducen en estados emocionales en los sujetos. Décadas de investigación han identificado las áreas cerebrales que están involucradas en estas respuestas emocionales, incluidas el miedo y su “hermana” (no tan pequeña), la ansiedad. Ambos niveles afectivos se relacionan con el establecimiento de comportamientos defensivos que, hoy, se empiezan a comprender de la mano del empleo de técnicas genéticas y de formación de imágenes “in vivo” que han permitido caracterizar la actividad, conectividad y función de tipos celulares específicos, dentro de circuitos neuronales complejos.

Estas investigaciones, han permitido una visión más integrada de cómo el cerebro gestiona miedo y ansiedad, orquestando las conductas defensivas que, mejorando la capacidad de supervivencia del individuo, han proveído de enormes ventajas adaptativas como especie. Los primates en general, y las personas en particular, poseen un muy desarrollado cerebro social, que está en la base de las respuestas que se generan ante un ambiente que cambia. Desencadenando reacciones físicas ante lo que acontece (que son reconocidas por el resto de los miembros del grupo) se generan respuestas conjuntas. De hecho, al sentimiento de ansiedad, subyace una serie de inhibiciones o restricciones emocionales internas específicas. La ansiedad adaptativa, o no patológica, es una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones y constituye una respuesta habitual a diferentes eventos cotidianos estresantes. Por lo tanto, cierto grado de ansiedad es, incluso, deseable para el manejo adecuado de las exigencias o demandas del medio ambiente. Únicamente cuando  se sobrepasa cierta intensidad, en la que se desequilibra los sistemas que ponen en marcha la respuesta adaptativa, es cuando la ansiedad se convierte en patológica, provocando un malestar significativo, con síntomas fisiológicos y psicológicos.

Ante una situación de alerta, de forma normal, el organismo pone a funcionar el eje neuroendocrino que constituyen el hipotálamo, la hipófisis y varias glándulas periféricas. El hipotálamo actúa mediante la secreción de hormonas, que a su vez provocan que se liberen más, a nivel hipofisario. Es así como se inicia una respuesta al estrés. Reacciones emocionales, como el miedo, la ira o el placer, estimulan estructuras hipotalámicas para producir los cambios fisiológicos relacionados con cada una de estas emociones, haciéndolo, además, por medio de sus interconexiones con el sistema nervioso autónomo y diferentes glándulas periféricas. Frente a un riesgo potencial, destaca el papel de la glándula adrenal que, en respuesta a la activación hipotálamo-hipofisaria, libera cortisol y adrenalina, preparando a todo el organismo para reaccionar ante el peligro. Se sentirá miedo o ira y,  como consecuencia  de ese sentimiento, se desencadenarán respuestas conductuales complejas de ataque o huida.

Es importante señalar que sentimiento y emoción son conceptos relacionados pero no equivalentes. Mientras sentimiento se emplea para aludir a la sensación consciente y, por tanto, está mediado por la corteza cerebral, el término emoción se emplea para describir el estado del organismo y sus componentes periféricos, incluyendo las modificaciones corporales, que preparan al sujeto para la acción, y comunican los estados emocionales dentro del grupo. Estos estados, están mediados por un conjunto de respuestas autónomas, endocrinas y del sistema motor esquelético, en las que participan estructuras sub-corticales. Por tanto, sentir ansiedad es una respuesta fisiológica que implica un importante correlato vegetativo (en este caso concreto como parte de una conducta anticipatoria de un riesgo). El organismo frente a ciertos estímulos que son percibidos, por el individuo, como amenazantes y/o peligrosos, desarrolla síntomas somáticos de tensión. Se desencadena, así,  la respuesta de alerta que advierte sobre un peligro inminente, permitiendo al individuo (al menos en teoría) que adopte las medidas necesarias para enfrentarse a posible amenaza. Cuándo los sentidos perciben esa amenaza, el cerebro automáticamente pone en marcha todo este proceso de activación general.

Aunque en el cerebro los estados de ansiedad están mediados por conexiones, tanto locales como de largo alcance, entre las múltiples áreas implicadas, de hecho, destaca, como en cualquier otra emoción, la amígdala. No obstante, no se dibuja un cuadro de control sencillo, ni mucho menos. Por ejemplo, la conexión entre amígdala el núcleo del lecho de la estria terminal media efectos ansiolíticos. Sin embargo, la vía amígdalo- hipocampal es ansiogénica . De modo que gran parte de la red que subyace a sentir ansiedad aún debe caracterizarse en términos de identidad y funciones celulares. Aun así se puede afirmar que, la amígdala, de modo genérico, se comunica con otras estructuras nerviosas para advertir del peligro y trasmitir la necesidad de una respuesta inmediata. La corteza le envía información sensorial, por vía talámica, y la amígdala le asigna significado emocional a los estímulos entrantes, impulsando la respuesta al estrés. La corteza, además, tiene mucho que ver en este proceso de generación de “respuestas defensivas preventivas” ya que, en ella, se gestiona y codifica la información del entorno, vinculándolo a representaciones corporales de la experiencia y permitiendo, así, regular el tono emocional y las respuestas físicas al entorno. Específicamente, la alteración de la corteza prefrontal ha mostrado estar relacionada con problemas del comportamiento o personalidad, descontrol de los pensamientos obsesivos y humor negativo o lábil , así como la aparición dificultades en las relaciones sociales. De hecho, se ha comprobado que cuando una persona está ansiosa se modifica drásticamente la actividad de su corteza prefrontal. Mención aparte merece el hipocampo (estructura central de la formación de la memoria) pues es fundamental para el aprendizaje sobre qué experiencias son negativas o peligrosas, haciendo que se desencadene la respuesta de alerta, en lo sucesivo, ante señales similares. Esto implica que, en sujetos sensibilizados previamente, la aparición de estímulos, inicialmente neutros, puede desencadenar un cuadro ansioso completo por un proceso básico de aprendizaje asociativo. En casos patológicos, por tanto, esta sería una diana terapéutica donde intervenir forzando cierto tipo de “desaprendizaje emocional.”

En definitiva, hormonas y neuronas, en un estado general de activación, que deben conducir al sujeto a una respuesta visible e intensa, de ataque o de huida… Porque para eso está diseñada, y no para estar contenida, sin una resolución del conflicto detectado con el ambiente. La patologización de la ansiedad puede tener uno de sus orígenes en ello… De modo que a “modo preventivo”, ya lo decía Martirio: ¡Estoy atacá, estoy atacá!….¡Ay qué hartura, Dios mío, riapitá, mira que me voy a la calle a PEGAR CHILLIOS!…

O lo que sea que permita fluir todo esa energía movilizada, ¡claro está!.

Para saber más:

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