JEFES, MANDONES Y ABUSONES. Cuando el cerebro disfruta dando órdenes.

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Resulta que un jefe (o una jefa , aunque la segunda opción, aún hoy, es bastante más infrecuente) es la persona que presenta un rango superior en una corporación o grupo de individuos. Esa persona, por mor de la posición que ocupa, dará instrucciones u órdenes al resto de los sujetos que integran el grupo de modo que, es fácil, que para estos últimos sea un “mandón” o mandona si ostenta demasiado su autoridad y manda más de lo que le toca, llegando incluso a convertirse en una persona “abusona”, tan odiada como temida.

Esta evolución de las jerarquías parece inevitable en cualquier grupo humano y está en la base de la conocida “ley de hierro de la oligarquía” de Michaels. Este sociólogo, mantenía que, cualquier grupo humano (por asambleario que sea su origen) será dirigido por una oligarquía cuyo principal objetivo (declarado o no) es la perpetuación de su poder.

La pregunta sería si este comportamiento tiene su origen en las estructuras nerviosas que controlan las conductas individuales…Y la respuesta afirmativa se fundamenta en que la especie humana, como grupo social, dedica una enorme cantidad de recursos cerebrales a interacciones intra-grupales y son éstas las que subyacen a la estructura de cualquier corporación, grupo o asociación humana.

Las personas constituyen grupos estables como el resto de los miembros de la gran familia Primate. Este orden, ha alcanzado unas relaciones sociales muy organizadas y presenta habilidades cognitivas realmente refinadas. Análisis filogenéticos y taxonómicos han permitido empezar a determinar el grado de complejidad de su estructura social. De hecho, el contexto en que se desarrolle la vida del individuo condicionará la relación con sus congéneres.En un medio ambiente que cambia, los grupos sociales complejos implican la definición  de roles y funciones de sus miembros.Así, la rivalidad por los recursos favorecerá las relaciones de competencia que se pondrán de manifiesto siempre que, un individuo, muestre una conducta sumisa hacia otro de su especie.

La relación sumisión/dominación estructura al grupo y confiere al sujeto identidad y funciones dentro del mismo. Las estructuras primates oscilan entre el modelo, fuertemente jerárquico, controlado por un macho alfa que ejerce su poder por supremacía física (que ejemplifica la familia chimpancé) y el modelo “negociador” con miembro alfa, a veces hembra, a veces macho (cuyo ejemplo es el grupo social bonobo). Dado que, en las sociedades de chimpancés el patrón dominador se establece mediante conductas violentas, mientras el modelo de conducta bonobo muestra un patrón negociador, ante la aparición de un conflicto, la gestión del mismo será completamente distinta. Mientras el macho alfa chimpancé deberá vencer; el grupo bonobo desplegará, preferentemente, comportamientos de consuelo y reconciliación. Se trata de un modelo de liderazgo que emplea “consolar” como un amortiguador de la tensión originada y la reconciliación marcará el final del conflicto.

En definitiva, el tipo de miembro alfa de un grupo permite analizar el tema del liderazgo desde una perspectiva biológica. En la sociedad humana un líder (o una lideresa) se define como la persona que dirige una colectividad. Sin embargo, el liderazgo, en general, en una especie dada, debe garantizar su supervivencia mediante la cohesión del grupo frente a los restos que este afronte. Búsqueda de alimento, movilidad, exploración o protección frente a riesgos precisa de organización y toma de decisiones, que sean seguidas por el grupo como un todo.

La conducta conjunta y coordinada precisa de la puesta en marcha de circuitos neuroendocrinos, que participan en la función visual, la motora, la respuesta a estrés, el control emocional o la reproducción . El cerebro líder ejerce control sobre su grupo y los mecanismos para ejercer su liderazgo están relacionados con el ajuste eficaz de sus constantes biológicas. El carácter “líderador”, deriva de un adecuado desarrollo y madurez neurológica determinantes para el destino del grupo. No obstante, estas mismas condiciones son aplicables al colectivo “que sigue” determinando actitudes pasivas y conformistas, más proactivas o críticas.

Las investigaciones en Neurociencia empiezan a permitir comprender las bases fisiológicas de este hecho. Así, se ha determinado la existencia de una correlación positiva entre densidad de materia gris de determinadas estructuras cerebrales y tamaño del grupo gestionado por el individuo. Se han encontrado, también, estructuras nerviosas cuya actividad se relaciona con el “ejercicio de la autoridad.” Este “neuroliderazgo” representa una nueva perspectiva relacionada con la comprensión de cómo funciona el cerebro, su anatomía y  fisiología. Factores intelectuales y emocionales vinculados a la toma de decisiones, la capacidad para resolver problemas, las relaciones sociales o los procesos motivacionales dependen de la activación neuronal en cada sujeto. En concreto, una adecuada atención modela el cerebro reforzando circuitos específicos que forman parte de diferentes estructuras de la corteza prefrontal (implicada en la capacidad de planificación, resolución de problemas y toma de decisiones). El desarrollo de facultades empáticas (que ayudan a la gestión grupal) se sustenta bajo la activación amigdalina y límbica, en general. ,
El desafío es, por tanto, reconocer como funciona el cerebro para canalizar el liderazgo, constituir equipos de trabajo efectivos, tomar decisiones eficaces y establecer relaciones empáticas que motiven a cada miembro del grupo.

Para saber más:

THE EVOLUTION OF PRIMATE SOCIETIES Dirigido por John C. Mitani, Joseph Call, Peter M. Kappeler, Ryne A. Palombit y Joan B. Silk. The University of Chicago Press, Chicago, 2012.

Fardella,J. (2013). Camino a la Sabiduría: del Líder. Revista Cubana de Enfermería, 29 (4), Oct-Nov-Dic.www.mundocoachingmagazine.com (Publicado el 31 de Marzo 2014);

George, J & Bettenhausen, K. (1990). Understanding Prosocial Behavior, Sales Performance y Turnover: A Group-Level Analysis in Service Context. Journal of Applied Psychology. 75 (6), pp. 698-706.

Goleman, D. & Boyatzis, R. (2008). La inteligencia social y la biología del liderazgo. Harvard Business Review, 86 (9), 86-95.

Raleigh M,McGuire M, Brammer GL, Pollack DB,Yuwiler A, Serotonergic Mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet monkeys” Brain Res 1991Sep 20; 559(2):181-90

 

 

 

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Ser uno entre un millón: Gestión de Grupos y Cerebro Social

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La personas se debaten cada día entre el mantenimiento de su individualidad y su necesidad de pertenencia colectiva. La re-afirmación de un yo distinguible y “distinguido”, parece luchar contra cierta tendencia innata a buscar la reconfortante integración en organizaciones, mayores que el propio sujeto.

El conjunto (o grupo social), no es la mera suma de sus partes iguales (o individuos), sino que le trascienden como tal. De hecho, el grupo y su ambiente constituyen un campo dinámico, un sistema de fuerzas inter-dependientes, en un equilibrio nada estático. Por lo tanto, si se modifican algunos de sus elementos también cambiará la estructura del conjunto, dada la interrelación entre el sujeto y su mundo social. Las estructuras sociales, por tanto requerirían esfuerzos individuales pero aportarían beneficios colectivos. Además el sujeto recibirá un gran provecho fisiológico también. Son muchas las investigaciones que muestran los beneficios directos de mantener relaciones satisfactorias con algunos indicadores observables, como son una mayor longevidad o una menor presencia de hormonas relacionadas con el estrés.

El hecho es que la especie humana está compuesta por seres que viven, por necesidad, en sociedad. De modo general, la soledad no se considera, en absoluto, deseable (más bien al contrario, se habla, incluso, de “condenar” al aislamiento). Como todas las características de la personalidad humana, las bases de este fenómeno hay que buscarlas en el funcionamiento cerebral. El cerebro social tiene sus principales integrantes en áreas concretas de la corteza y, como no, en las conexiones de ésta con la amígdala (eje central del comportamiento emocional). Tan poco deseable resulta no estar en compañía que, por ejemplo, se ha observado que el ostracismo llevaba a reacciones agresivas hacia los causantes del aislamiento (en un intento de restituir el estatus social perdido). Durante esta reacción emocional contra la soledad impuesta, se activaban el área motora suplementaria y la ínsula anterior de forma bilateral. Es importante señalar que el área motora suplementaria, corteza cingular anterior e ínsula anterior forman la denominada red ‘cingulo-insular’ que está relacionada con los estados emocionales negativos, como rabia y asco. Sin embargo, es sorprendente (¡y muy interesante!) en este sentido que, por el contrario, se ha visto que algunos sujetos pueden responder con comprensión y perdón. Cuando el cerebro opta por esa opción (más reflexiva y evaluadora) la activación preferente se sitúa en la unión temporo-parietal bilateral, como área responsable de la toma de perspectiva, junto con las cortezas prefrontral ventromedial , lateral, y cingulada anterior dorsal (éstas con función reconocida de control y planificación de conflictos cognitivos).

Se trata por tanto de una red muy especializada y compleja, cuyo desarrollo, ha permitido el establecimiento de capacidades sociales que se han seleccionado evolutivamente. Y si se han seleccionado, es porque, obviamente, suponen ventajas para el individuo. Así, la socialización ha permitido, para empezar, aumentar la disponibilidad de recursos al facilitar la especialización en tareas y, con ello, mejorar la eficacia en la ejecución de las mismas. El proceso socializador tiene una enorme trascendencia para el animal; de hecho en casos extremos (como en ocurre en insectos) esas funcionalidades dentro del colectivo son tan específicas que el individuo se diluye, confiriendo la identidad orgánica a la colonia como un todo. Sin llegar a esta práctica eliminación de identidad individual , un rasgo común a todos los grupos sociales (los humanos también) es la búsqueda de la reproducción (y con ello de transmisión de genes) en ambientes de colaboración entre individuos que se identifican con el resto de los miembros a los que se sienten unidos.

En el caso concreto de la especie humana el proceso de socialización se inició en el interior de sus cráneos evolucionando a los largo de 2,5 millones de años. No obstante, la máxima presión ambiental se produce desde el final de Pleistoceno, hace unos 10.000 años. En este período tan corto, en términos evolutivos, ha tenido lugar la aparición de la agricultura y el sedentarismo y, con ellos, el extraordinario desarrollo cultural que caracteriza a la Humanidad. Los grupos fueron aumentando, progresivamente, en el número de sus integrantes y la cohesión entre estos individuos hizo al género Homo de naturaleza tribal. En este proceso, el cerebro se fue especializando en una serie de funciones básicas para la estabilización de las estructuras sociales. Lo cierto es que, existen un número considerable de observaciones que conducen a consideran que, lo que desencadena el progreso de la inteligencia en primates, es su entorno social. De hecho, hay una fuerte correlación entre el tamaño del grupo y el volumen relativo de su cerebro.

Vivir en grupo precisa del desarrollo de filias y fobias entre sujetos, fruto de la interacción con los otros miembros del grupo. Desde esta perspectiva, la familia primate triunfó, por estar integrada por excelentes estrategas sociales ya que, bajo el concepto de grupo, debe entenderse, primeramente, un conjunto de individuos, que se unen para solucionar una tarea encomendada (o escogida) frente necesidades comunes, con el fin de satisfacerlas globalmente. Así, se hace imprescindible la consciencia individual y colectiva, para permitir delimitar y gestionar, a la vez, individualidad y relaciones con seres afines, pero también diferentes. Para ello se requieren mecanismos para reconocer las emociones y pensamientos del otro individuo: Desarrollar, nada menos, que una Teoría de la Mente. Esta capacidad empática dará estabilidad (y con ello ventaja) al grupo propio. Pero también, en tanto que buscadores de la supervivencia individual, se reservarán recursos mentales que permitan detectar las posibles conductas interesadas o tramposas en sujetos fraudulentos. Estas dos capacidades tienen circuitos neuronales diferenciados.

Además la conducta emocional llevará a un proceso de “valoración” de lo correcto o incorrecto, más allá de lo conveniente o ventajoso, siendo, éste, el origen de los códigos morales (que aparecen y se mantienen gracias a que existen mecanismos de reciprocidad y justicia no sólo directa, sino indirecta, entre individuos). Lógicamente, existen estructuras nerviosas concretas que se activará al generar estas conductas. En este sentido, de nuevo, la corteza prefrontal ventromedial se encargará de la empatía cognitiva y la recompensa, mientras la cingular anterior se centrará en la atención y en la empatía. Además, establecer relaciones de confianza (o no) es emocional y parece que el área cerebral más importante, para este efecto, es el giro frontal inferior que se corresponde con el área F5 en monos . Lo interesante es que, en esta última, se describió el sistema de “neuronas espejo” que (con su capacidad de repetir la respuesta neuronal de un sujeto distinto a su poseedor) sustenta el proceso de reconocimiento y evaluación emocionales, no sólo pasivo (por su visión), sino también en el activo de imitación emocional.

Otras zonas cerebrales son también capitales en la puesta en marcha de la empatía. Así, por ejemplo, entender los sentimientos de otros a través de prosodia y/o gestos, implica la activación de áreas encargadas de la comprensión de la información verbal (como el surco temporal superior), de la gestual (giro fusiforme),o la expresión corporal de la emoción (ínsula anterior) , así como de la adjudicación de una etiqueta emocional (amígdala). Por último, la cognición moral emerge de la integración y coordinación de diferentes sistemas neurales que actúa a dos niveles. Por un lado, si la decisión a tomar no representa un gran conflicto moral, implicaría solo a la, ya muchas veces mencionada, corteza prefrontal ventromedial. Sin embargo, ante dilemas más ambiguos y difíciles, en los que se precisa mayor deliberación, las respuestas, activarán la unión temporo-parietal en ambos lados del cerebro.

En definitiva, el ser humano se ha extendido por todo el planeta, resolviendo retos ambientales extremadamente duros y diversos. La causa de su éxito ha estado, en gran medida, en su capacidad de trabajo en equipo y, ésta, en su confianza en su tribu. Por tanto, la capacidad de mostrar empatía (y otras conductas) al resto de sus congéneres de la raza humana, ha permitido mantener la cohesión de grupo, la sociabilidad y el progreso cultural del que goza la Humanidad.

PARA SABER MÁS:

El cerebro social: bases neurobiológicas de interés clínico. Álvaro-González LC. Rev Neurol 61: 458-70. 2015

Intranasal Oxytocin Enhances Connectivity in the Neural Circuitry Supporting Social Motivation and Social Perception in Children with Autism. Gordon I, Jack A, Pretzsch CM1, Vander Wyk , Leckman JF, Feldman R, Pelphrey KA. Sci Rep. 2016 .

Social complexity influences brain investment and neural operation costs in ants. Kamhi JF, Gronenberg W, Robson SK, Traniello JF. Proc Biol Sci. 2016.

Understanding intentional actions from observers’ viewpoints: A social neuroscience perspective. Isoda M, Neurosci Res. 2016.

¡Que cara se te ha quedado!…Expresar y comprender las emociones: NeuroBiología del reconocimiento facial.

¡Que cara se te ha quedado!…Expresar y comprender las emociones: NeuroBiología del reconocimiento facial.

Bases neurales del Reconocimiento facial

Entre los grupos sociales, como los constituidos por la gran familia primate, identificar los miembros y distinguirlos de los que no lo son, es esencial para la supervivencia del individuo y del grupo en sí mismo. Es evidente, que en un ambiente que cambia constantemente (y que se puede volver, en cualquier momento, hostil) las relaciones se pueden resumir con un  “o estás conmigo, o estás contra mí”… En concreto, en la especie humana, mucho antes de que se analice la información verbal que se emita, el cerebro va a evaluar, constantemente, los signos que le permitan decidir el estatus del sujeto que se tiene delante. Esa es la razón por la que es muy frecuente que, cuando algún mensaje resulta sospechoso, increíble o irritante, se reclame que se “diga a la cara”. El hecho es que, por tanto, el rostro tiene mucha influencia en lo que el resto del grupo opinará de cada individuo en particular.

Cada cara que enfrentamos es analizada y evaluada “a primera vista”. Algunos rasgos faciales son valorados extrayendo una gran cantidad de información sobre categorías sociales, como edad, sexo o etnia. Sin embargo, no solo se recogen características físicas, sino que se le añaden otros factores, más relacionados con la hipotética personalidad de sujeto. En este sentido, es importante señalar que ciertos estereotipos establecidos pueden, incluso, influir en procesamiento visual inicial de una persona. Así, el sujeto irá ajustando, “lo que se ve “, a sus condicionantes culturales o antropológicos previos. De este modo, con “la primera impresión” se adjudican a las personas con ciertos rasgos faciales (como una determinada forma de la barbilla o la posición de sus cejas) fiabilidad o una mayor o menor inteligencia. Por tanto, de forma inconsciente, con su cara (y, sobretodo, con los gestos que en ella se muestran) una persona está transmitiendo características bastante objetivables (como estado de salud y, por supuesto, de ánimo) pero también, conceptos mucho más “subjetivos” (como sinceridad u honradez).

Ese análisis se realiza en el cerebro en ambos hemisferios. Hay estructuras específicas que actúan en este proceso. En concreto, el giro fusiforme izquierdo parece encargado de identificar una cara frente a cualquier otro estímulo visual, mientras que, el derecho afina y permite saber de qué cara se trata.  Para ello, se recogen datos, sobre todo en los ojos, y después en nariz y boca. Toda esta información se va a utilizar no solo para reconocer (o no) a la persona propietaria de la cara, sino para adjudicarle una serie de atributos fiscos, y no tan físicos.

La información recogida debe permitir (en unos cuantos milisegundos) decidir sobre el sujeto, si está sano o no, si es feliz o está enfadado. Esto implica que, por un lado con los datos dimensionales de ojos o boca, entre otros, el cerebro cuantificará el grado de la simetría de la cara encontrada y, con ello, establecerá un indicador de la estabilidad de su desarrollo (y de su resistencia a factores de estrés ambiental) lo que significará una posible mejor “dotación genética”. En este sentido, el dimorfismo sexual facial permite ser “potencialmente elegible”. Así, el nivel de testosterona masculino estimula el crecimiento de mandíbula, pómulos, entrecejo y vello facial. Por su parte, los niveles de estrógenos de las mujeres son responsables del incremento del grosor de los labios y redondean el ovalo de la cara con una mandíbula de menor tamaño. Todas estas diferencias indican madurez sexual (y capacidad reproductora) por lo que, obviamente, son atractivas para el sexo opuesto.

Por otro lado, la selección natural ha permitido que los grupos humanos parezcan estar programados para intentar entender las intenciones de un individuo con solo mirar su cara. Una etiqueta emocional determinará la “delgada línea que va del odio al amor”. El mecanismo neural encargado de hacerlo se sitúa en la amígdala. Además, se produce una fuerte respuesta de la ínsula anterior en la tarea de clasificación de las caras. Frente a un rostro nuevo, espontáneamente, se determina si este puede resultar fiable o no. En general, “una cara de fiar” tiene la boca con las comisuras hacia arriba y ojos bien abiertos, mientras que se desconfía de rostros que transmiten una sensación de enojo, con los bordes de la boca curvados hacia abajo y el inicio de las cejas apuntando hacia la nariz.

En definitiva , en ese primer encuentro, de manera casi inmediata, el circuito neuronal que controla e integra de las emociones decidirá sobre afectos y desafectos y es que, el cerebro humano, ha interpretado que , en cierto modo, es verdad que “la cara es el espejo del alma”

Para saber más:

Functional brain networks involved in gaze and emotional processing. Ziaei M, Ebner NC, Burianová H.Eur J Neurosci. 2016.

The cognitive and neural basis of developmental prosopagnosia. Towler J, Fisher K, Eimer M. Q J Exp Psychol (Hove). 2017

Face-selective regions show invariance to linear, but not to non-linear, changes in facial images. Baseler HA, Young AW, Jenkins R, Mike Burton A, Andrews TJ. Neuropsychologia. 2016.

Facial emotion recognition and alexithymia in Chinese male patients with deficit schizophrenia. Tang XW, Yu M, Duan WW, Zhang XR, Sha WW, Wang X, Zhang XB. Psychiatry Res. 2016.

Recognition of the semantics and kinematics of gestures: Neural responses to “what” and “how”? Dahan A, Reiner M. Int J Psychophysiol. 2016.

Theory of Mind, Emotion Recognition and Social Perception in Individuals at Clinical High Risk for Psychosis: findings from the NAPLS-2 cohort. Barbato M, Liu L, Cadenhead KS, Cannon TD, Cornblatt BA, McGlashan TH, Perkins DO, Seidman LJ, Tsuang MT, Walker EF, Woods SW, Bearden CE, Mathalon DH, Heinssen R, Addington J. Schizophr Res Cogn. 2015.

El sentido de tus lágrimas: Neurobiología del Duelo

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El llanto, en la especie humana, supone la expresión, intima e intensa, de sentimientos que el individuo comunica con cada sollozo. Sin embargo, fisiológicamente, tan sólo, se trata de un evento secreto-motor, que permite a la glándula lagrimal producir una solución acuosa que proteja las estructuras oculares. Para conservar sus ojos sanos, cada animal, deberá mantener su córnea continuamente húmeda. Las lágrimas son, por tanto, un fluido lubricante formado, entre otras sustancias, por agua, glucosa, sodio, potasio, lípidos, y varias proteínas (como mucina, lisozima o inmunoglobulinas) siendo, por tanto, un líquido indicado para la protección ocular.

Sin embargo, el llanto es algo más: es una forma primaria de liberar emociones. Llorar no es sólo producir lágrimas, sino que implica vincularlas a una fuerte tensión emocional, enojo o dolor. Tan es así que, estas lágrimas presentan, incluso, una composición diferente a las de lubricación: Contienen hormonas (como la prolactina, relacionada con el establecimiento del apego o la adreno-corticotropa vinculada a la respuesta estrés) y encefalinas (analgésicos endógenos). Es decir, la bioquímica de la lágrima afectiva indica, ya, que ésta, se relaciona con procesos emocionales del sujeto… Y es que al llorar se expresa un sentimiento concreto, de un individuo en particular, en un momento determinado.

Llorar de alegría o sollozar ante el dolor son expresiones de sensaciones personales. Y el cerebro es el “depósito” de cualquier sentimiento. En este sentido, la Neurociencia cognitiva se centra en tratar de comprender, como un estado emocional, se coordina con una repuesta autónoma adecuada frente a tristeza, felicidad, disgusto, miedo o enfado. Se trata, así, de un proceso mental que, como cualquier otro, tiene su origen en la acción de estructuras cerebrales específicas.El cerebro encargado de la gestión emocional se localiza, fundamentalmente, en el denominado sistema límbico. Esta parte del cerebro incluye áreas del tálamo, hipotálamo y amígdala.

Concretamente, el hipotálamo (encargado de integrar cada emoción con su correlato vegetativo) controla, a través del sistema nervioso autónomo, la actividad de las glándulas lagrimales que, cuando reciben acetilcolina, estimulan la producción de lágrimas. Para ejercer este control, regula la actividad del sistema parasimpático, gracias a su influencia a nivel troncoencefálico.

Por su parte, la amígdala (una estructura localizada en el plano frontal tras el hipocampo y cerca del lóbulo temporal) está involucrada en detectar y aprender qué acontecimientos tienen algún significado emocional. Múltiples estudios han demostrado que la activación de esta área se produce con la percepción de una amenaza potencial. Además, varias vías neurales permiten que la amígdala use memorias pasadas, relacionadas con el suceso, para un mejor juicio de la posible amenaza. La rememoración de experiencias previas es, de hecho, esencial en la gestión emocional.

El hipocampo es el involucrado, principalmente, en la formación de dicha memoria. Esta estructura trabaja para formar nuevos recuerdos y, también, conecta diferentes sentidos (como la información visual, el olfato o el reconocimiento de estímulos sonoros). El hipocampo permite almacenar recuerdos a largo plazo y también los recupera cuando son necesarios. Es esta recuperación la que puede ser utilizada por la amígdala para ayudar a evaluar un estímulo afectivo presente.

Por último, también áreas corticales del cerebro tienen un papel en la génesis de estados emocionales. Así, por ejemplo, la corteza insular se cree que juega un papel crítico en la experimentación de emociones en el cuerpo, al estar conectada con otras estructuras relacionadas con funciones autónomas del organismo, como ritmo cardiaco o respiración, participando en la integración entre el sentimiento y la respuesta vegetativa asociada. El individuo sumido en “un mar de lágrimas” siente que su cuerpo, como un todo, sufre por la acción de este grupo de acciones integradoras, describiendo como “su corazón se le sale del pecho” o “le falta el aire” ante el dolor que le invade.

No obstante, aunque las citadas se consideren las regiones fundamentales en la evolución del sentimiento de desdicha, no son las únicas que participan, de una u otra manera, en el procesado emocional. El cerebro apenado presenta modificaciones en la actividad de más de 70 regiones cerebrales. Unas áreas que están implicadas en conducta social, memoria, recompensa, atención, sensaciones corporales o toma de decisiones, entre otras.

En definitiva, una intrincada circuitería que subyace a la afectación que supone un sentimiento doloroso. Estar triste es la consecuencia del estado cerebral que procesa la frustración del individuo ante el medio y en el grupo donde se desenvuelve. Aunque la pena sea un sentimiento íntimo, se incardina en la relación social del individuo afectado, que vive acontecimientos que le provocan un hondo sentimiento de dolor cuyo significado adaptativo apenas se empieza a vislumbrar.

Lo que sí es evidente es que esta compleja actividad cerebral, que denominamos duelo, se ha seleccionado porque, obviamente, ofrece ventajas al sujeto (y a su especie) en las dosis adecuadas. Por muy oscuras que sean las horas que el individuo viva, su cerebro tiene codificado una serie de efectos fisiológicos que, en realidad, le han de resultar muy útiles.

Ante cualquier acontecimiento doloroso, como una relación que termina o cuando no se alcanza una meta, el organismo responde con la tristeza: Gestionar ese sentimiento es la clave para la superación de la experiencia. La depresión “funcional” ocasionada por el dolor, sería un programa orgánico para permitir la re-evaluación de la situación. A no ser que aparezcan otros síntomas concretos de un agravamiento del proceso, se trataría del establecimiento de un paréntesis emocional necesario para el mantenimiento del equilibrio general del individuo. Pero no debe prolongarse su duración más allá de lo“razonable”.

Aun cuando la infortunio sea extremo, éste no debe dar lugar a una patologización de la tristeza. Toda la intensa respuesta neuroendocrina que media la reacción ante el agente dañino, estresante y doloroso, mantenida a largo plazo, podría ser muy perjudicial. Por lo que, en algún momento, debe finalizar y dejar paso al consuelo de la pena. En esta fase confortar al sufriente es, también, un patrón de conducta muy bien establecido.

Así, la gestión apropiada del duelo (cuando éste debe llegar a su fin) requiere, casi siempre, de la participación de la tribu, que se protege ante los contratiempos. El cerebro socializante, tiene en el grupo la puerta a la superación de la situación generada. Una sólida estructura de apoyo ofrece la posibilidad de tener contacto físico entre los miembros del grupo que, para consolar, abrazan, acarician y, en definitiva, acompañan al individuo herido, transmitiéndole su afecto e impulsando, con ello, el tránsito por las etapas que le conducirán a superar su dolor.

En conclusión, el duelo es el programa innato de ajuste ante la pena , la frustración o la pérdida y, por tanto, las lágrimas vertidas deben ser tenidas en cuenta. Frente a ellas, saber que, finalmente, el dolor pasará y se saldrá de ese estado con más sabiduría y equilibrio …

Ya lo decía Ovidio “El alma descansa cuando derrama sus lágrimas; y el dolor se satisface con su llanto”. 

PARA SABER MÁS:

  • “BRAIN NETWORKS OF AFFECTIVE MENTALIZING REVEALED BY THE TEAR EFFECT: THE INTEGRATIVE ROLE OF THE MEDIAL PREFRONTAL CORTEX AND PRECUNEUS”.Takahashi HK, Kitada R, Sasaki AT, Kawamichi H, Okazaki S, Kochiyama T, Sadato N. Neurosci Res. 2015 Dec;101:32-43. doi: 10.1016/j.neures.2015.07.005.
  • “PROLONGED PHYSIOLOGICAL REACTIVITY AND LOSS: ASSOCIATION OF PUPILLARY REACTIVITY WITH NEGATIVE THINKING AND FEELINGS”. Siegle GJ, D’Andrea W, Jones N, Hallquist MN, Stepp SD, Fortunato A, Morse JQ, Pilkonis PA. Int J Psychophysiol. 2015 Nov;98(2 Pt 2):310-20.
  • “NEURAL RESPONSES TO NOSTALGIA-EVOKING MUSIC MODELED BY ELEMENTS OF DYNAMIC MUSICAL STRUCTURE AND INDIVIDUAL DIFFERENCES IN AFFECTIVE TRAITS”. Barrett FS, Janata P. Neuropsychologia. 2016 Oct;91:234-246.
  • “THE IMPACT OF NEGATIVE EMOTIONS ON SELF-CONCEPT ABSTRACTION DEPENDS ON ACCESSIBLE INFORMATION PROCESSING STYLES”.Isbell LM, Rovenpor DR, Lair EC. Emotion. 2016 Oct;16(7): 1040-9.
  • “RELIEFF-BASED EEG SENSOR SELECTION METHODS FOR EMOTION RECOGNITION”. Zhang J, Chen M, Zhao S, Hu S, Shi Z, Cao Y. Sensors (Basel). 2016 Sep 22;16(10). pii: E1558.