¿Se puede ser feliz eternamente? NeuroBiología de la Felicidad

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Dice la real Academia de la Lengua que, FELICIDAD, es un estado de grata satisfacción espiritual y física. Sin embargo, bien se puede afirmar que, no es UN estado cualquiera; sería más adecuado considerarlo, EL estado… Aquel en el que quisiera permanecer cualquier ser humano o, al menos, dirigirse, acercarse a el: Todas las personas lo buscan, incansablemente, toda su vida, ciertamente.

Tan humana es esta búsqueda, que la pregunta sobre el concepto de felicidad se sitúa, ya, en la base el surgimiento de la Ética en la antigua Grecia. Para la cultura helena, alcanzar la felicidad se vinculaba, esencialmente, a la autorrealización que preconizaba el eudemonismo para llegar a ella. El individuo se desarrollaría actuando de manera natural, con una parte biológica  de bienes físicos y materiales, una parte racional basada en el pensamiento y la abstracción y una parte social, que se concretaría en practicar la virtud. Esta visión clásica, se puede resumir en que, para ser feliz, se requiere un mínimo esencial de equilibrio físico, bienestar que permita alejar la enfermedad, e integración  social.

En definitiva, lo que el saber popular ha resumido a la perfección con “Salud, dinero y amor”.

Ser feliz no es lo mismo que no sufrir pero es necesario lo segundo para que se dé la primera premisa. De hecho, la Ciencia ha venido a corroborar estos supuestos genéricos y ha ordenado su relevancia, como resume la pirámide de las necesidades humanas postulada por Abraham Maslow. Este psicólogo estadounidense, formuló en su teoría una jerarquía de necesidades personales, que conforme se satisfacen, permiten al ser humano desarrollar deseos más elevados. La idea básica es que sólo se atienden necesidades superiores cuando se han satisfecho las necesidades inferiores: Las personas felices tienden a una mayor serenidad y estabilidad en sus pensamientos, emociones y actos, fruto de la compensación de esas necesidades y las capacidades del individuo.

Esta compensación precisa de la satisfacción de los niveles más básicos de bienestar que procede del buen funcionamiento fisiológico y del mantenimiento de las constantes vitales (ya que el organismo vivo está diseñado para mantener su homeostasis). Este equilibrio del medio interno en el medio en el que habita, requiere de una gran inversión de recursos metabólicos que permitan, en última instancia, al cerebro sentirse seguro y confiado.

Un organismo en buen estado permite el siguiente paso hacia la felicidad: La especie humana, básicamente gregaria, necesita mantener afiliación, integración grupal que hace que  su mente busque cooperación y establezca lazos sociales. Además dentro del grupo el individuo necesita sentirse reconocido y recibe una placentera sensación de seguridad de la necesidad, recíproca, de complicidad generada entre sus miembros.

Solo entonces, con la salud garantizada y el grupo protegiendo y apoyando, el individuo se dirige a su autorrealización como último escalón hacia la plenitud y el bienestar…

Pero, todo ello, solo será posible gracias a la acción coordinada de unas estructuras cerebrales que están diseñas para “ser felices”. Esto implica que un acontecimiento es percibido de manera diferente por cada individuo. Mantener ese estado placentero requiere que distintos aspectos de la actividad mental fluyan de forma armónica. Se experimentan emociones en respuesta a los eventos del día a día (que no tienen por qué ser tan agradables) consecuencia de un aprendizaje ante un medio cambiante que, en tanto que adecuadas, resultarán adaptativas.

Así, la felicidad se mediría como un cierto bienestar subjetivo, autopercibido, que influye en las actitudes y el comportamiento individuales. La cuestión es comprender que ocurre en el cerebro para que el resultado final sea la afirmación: Me siento feliz.

El hecho es que las conexiones en el cerebro que disfruta o que, al menos, no sufre se estructuran para mantener, en general, dos tipos de requerimientos: el equilibrio interior y la integración con exterior. Varias estructuras encefálicas (entre las que destaca  el sistema límbico) y un coctel de substancia químicas serán responsables de tan importante tarea.

Así, el cerebro feliz empieza a serlo en el mencionado sistema límbico (una estructura constituida por amígdala, tálamo, hipotálamo, hipófisis, hipocampo, el área septal, la corteza orbitofrontal y la circunvolución del cíngulo). Los circuitos amigdalinos etiquetarán afectos, miedos, sorpresas o disgustos; hipotálamo e hipófisis coordinarán una respuesta vegetativa adecuada que prepare al organismo para defenderse, o huir… ¡o disfrutar!; y en el hipocampo se almacenarán todas estas experiencias, garantizando que se aprenda de cada una de ellas. Por su parte, otra estructura se encargará de conectar y dar salida a las acciones de las demás: el núcleo accumbens. Este núcleo, se describe como parte del bucle cortico-estriado-tálamo-cortical. Él, junto con el área tegmental ventral, presenta conexiones recíprocas con la corteza prefrontal y la región límbica, e intervendrá como la interfaz entre dicho sistema y la respuesta motora final.

Este conjunto de estructuras son responsables de las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. Personalidad, recuerdos y, en definitiva, ser como somos, depende en gran medida de este conjunto de neuronas que interaccionan muy velozmente entre sí y con el sistema endocrino y nervioso periférico consiguiendo, de esa manera, una acción coordinada del organismos como un todo.

La felicidad en clave fisiológica, no obstante, se ha estudiado, sobretodo, basándose en los estados en los que se “simula” dicha felicidad. Así, tradicionalmente se ha estudiado el núcleo accumbens por su relación con el desarrollo de adicciones. Es aquí donde tienen un papel primordial ciertas sustancias que tienen un efecto concreto sobre el ánimo.  En este sentido, el neurotransmisor generado por las principales neuronas del accumbens es el ácido gamma amino butírico (GABA), un importante inhibidor del sistema nervioso central, envuelto en la modulación de la red dopaminérgica del sistema de recompensa cerebral.

Los sistemas de recompensa son estimulados de forma natural por los alimentos, el sexo o el afecto. Sin embargo, sustancias como el alcohol, la nicotina o los canabinoides, entre otros, actúan en ellas también generando la sensación placentera. De hecho las terminales dopaminérgicas (provenientes del área ventral tegmental del cerebro) son el sitio de acción de drogas altamente adictivas como cocaína o anfetaminas pues provocan un aumento en la liberación de dopamina en el núcleo accumbens. Otros neurotransmisores y receptores implicados en los sistemas de placer y recompensa son los opiáceos, la serotonina y la acetilcolina. Evolutivamente, este sistema de gratificación ha tenido una gran ventaja adaptiva, puesto que, sirve al propósito de la supervivencia reforzando los comportamientos necesarios para la persistencia de la misma. Un cerebro sano recompensa los comportamientos que garantizan su integridad (desde alimentarse hasta crear lazos de afecto grupales). Para ello, enciende circuitos cerebrales que, en definitiva, harán que se repitan una y otra vez dichas conductas.

Lo que conduciría a un estado de felicidad eterno. Sin embargo, llega un momento en que el sistema se satura.  Por ejemplo, niveles altos de dopamina (elegida como sustancia central de ese estado eufórico que produce la activación de los circuitos de recompensa) no son sostenibles en el tiempo por el cerebro. La activación de los circuitos “generadores de felicidad” debe parar (y de hecho así ocurre). La misma dopamina, que media el placer, cuando sus niveles son anormales, se ha relacionado con psicosis o esquizofrenia.

En conclusión, la idea central es que la felicidad es una experiencia puntual, personal, subjetiva y única, que nace en el interior, pero se modula por nuestra relación con el exterior, y que se sustenta en las necesidades básicas…

Ya lo decía Groucho Marx “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”

 😉   

¿Y para mí?… Para mí la felicidad es esto ¡y es que la belleza y el disfrute puede surgir en cualquier sitio!:

(¡Un beso hija mía!)

https://t.co/N0vCnBVYq1

 

PARA SABER MÁS:

“Mindscape: a convergent perspective on life, mind, consciousness and happiness”. Niculescu AB , Schork NJ, Salomon DR. J Affect Disord. 2010 Jun;123(1-3):1-8.

“The neurobiology of positive emotions”. Burgdorf J, Panksepp J. Neurosci Biobehav Rev. 2006;30(2):173-87.

“The Neurobiology of Love”. Esch T, Stefano GB. Neuro Endocrinol Lett. 2005 Jun;26(3):175-92.

 

 

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