A “cara de perro”: El cerebro enfadado

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Mantenerse con vida es el principal reto individual que afronta cada ser vivo en cada momento. Este desafío implica responder a requerimientos internos y exigencias externas: Toda su fisiología se conducirá a mantener el difícil equilibrio entre ambos imperativos. Esta es la clave de su homeostasis, que necesita recibir constantemente referencias de lo que ocurre fuera para ajustar dentro.

El Reino Animal se caracteriza por una capacidad de intervención frente a los cambios en su medio externo única analizando y evaluando, constantemente, el exterior potencialmente peligroso. Esta capacidad radica en el funcionamiento adecuado de su sistema nervioso, que reconoce señales de alarma y genera mecanismos de respuesta ante la misma.

Cuando en el medio ambiente que cambia aparece un estímulo “alarmante”,  el organismo tiene dos alternativas: no reaccionar o hacerlo y responder con una de las dos F (del inglés “fly or fight”) que constituyen la respuesta de ataque o huida, clásica, ante un estresor. Qué decisión tome en cada momento el organismo en concreto vendrá condicionado, obviamente, por su carga genética (que le concederá una capacidad individual más o menos precisa para identificar esas señales y para generar la respuesta adecuada ante ellas) y, por supuesto, de su experiencia (que modulará la reacción basándose en aprendizajes previos).

Huir o luchar, en definitiva, son respuestas cuyo origen está en la generación, frente un estímulo dado, de dos emociones: la ira y el miedo. Por tanto, son respuestas emocionales filogenéticamente bastante primarias. Ante un peligro dado o una necesidad imperiosa la agresividad ha sido (y es) absolutamente imprescindible para la pervivencia del individuo. La respuesta ante un estímulo dado puede ser una agresión defensiva (frente a la situación amenazante) u ofensiva (atacando a una posible presa o rival). Por tanto, un individuo puede generar una conducta violenta o agresiva “normal” en números contextos. Por ejemplo, la depredación implica que, para conseguir su sustento, los sujetos lleven a cabo agresiones inter-específicas durante la caza. También es frecuente que, en grupos con fuertes jerarquías, la elección del miembro alfa, requiera de luchas internas intra-específicas.

Diferentes estudios científicos empiezan a aportar luz sobre que ocurre en el cerebro durante estos focos violentos a nivel conductual, neurofisiológico o, incluso, genético. Algunos de esos trabajos son tan clásicos como controvertidos. Por ejemplo, ya en los años setenta se originó una fuerte polémica derivada de los hallazgos realizados sobre el denominado popularmente “síndrome del superhombre”. Se trata de individuos con una duplicación del cromosoma Y, y que se encontraban sobre-representados en la población carcelaria. Esta correlación estadística, impulsó la exploración, entro otros, del papel de los niveles de testosterona y la repuesta agresiva. De hecho, la influencia de esta hormona en la conducta violenta ha sido ampliamente apoyada por experimentos realizados con modelos animales. Sin embargo, por supuesto, generar un comportamiento, es mucho más complejo que liberar a una sola sustancia entre neuronas. Muchas otras moléculas parecen relacionadas con la conducta violenta.

Entre ellas, destacan las monoaminas, como uno de los principales grupos de neurotransmisores cerebrales. El papel de la serotonina, se ha puesto de manifiesto mediante experimentos en ratones transgénicos carentes del gen la enzima MAO-A (ratones” knockout”). Estos animales presentan un evidente incremento de su nivel de agresividad.

También oxitocina, catecolaminas, glutamato o encefalinas, entre otras, modifican sus niveles tanto durante la agresión como en respuesta a la misma. La realidad es que existen muchísimos datos que indican como, en un mismo sujeto, se pueden dar, a lo largo de su vida, ambos tipos de conducta dependiendo del entorno. La bioquímica que subyace a este hecho, implica la combinación de las sustancias mencionadas (y, probablemente, muchas otras) y sus sistemas de recepción, así como las rutas de metabolización de las moléculas.

Por último, varias décadas de estudios de laboratorio con modelos animales, mediante lesiones o estimulación de diferentes áreas cerebrales, han empezado a permitir localizar dónde ese cóctel de moléculas ejerce su acción. A grandes rasgos, las áreas que parece están implicadas en la respuesta agresiva son el sistema límbico (hipotálamo, hipocampo, amígdala) y el lóbulo temporal. Otras áreas, como la corteza orbito-frontal y fronto-medial, también participarían, sobretodo como circuitos moduladores de los niveles de agresividad. La intrincada red de aferencias y eferencias, que conectan las áreas citadas, forman circuitos cuya plasticidad garantiza la eficacia de la respuesta generando una conducta compleja que es (y esto es importante) adaptativa: Defenderse o atacar es fundamental para mantenerse con vida.

Sin embargo, como cualquier otro proceso fisiológico, obviamente, la respuesta violenta puede dejar ser adecuada apareciendo la patología…¡Y los problemas!

Pero eso es otra historia.

PARA SABER MÁS:
The neurobiology of offensive aggression: Revealing a modular view. de Boer SF, Olivier B, Veening J, Koolhaas JM. Physiol Behav. 2015 Jul 1;146: 111-27.

Functional and clinical neuroanatomy of morality. Fumagalli M, Priori A. Brain. 2012 Jul;135(Pt 7):2006-21.

Serotonergic modulation of zebrafish behavior: towards a paradox. Herculano AM, Maximino C. Prog Neuropsychopharmacol Biol Psychiatry. 2014 Dec 3;55:50-66.

The neurobiology of aggression and violence. Rosell DR, Siever LJ. CNS Spectr. 2015 Jun;20(3):254-79.

Sexual selection and the evolution of behavior, morphology, neuroanatomy and genes in humans and other primates. Stanyon R, Bigoni F. Neurosci Biobehav Rev. 2014 Oct 14;46P4:579-590.

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¿Se puede ser feliz eternamente? NeuroBiología de la Felicidad

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Dice la real Academia de la Lengua que, FELICIDAD, es un estado de grata satisfacción espiritual y física. Sin embargo, bien se puede afirmar que, no es UN estado cualquiera; sería más adecuado considerarlo, EL estado… Aquel en el que quisiera permanecer cualquier ser humano o, al menos, dirigirse, acercarse a el: Todas las personas lo buscan, incansablemente, toda su vida, ciertamente.

Tan humana es esta búsqueda, que la pregunta sobre el concepto de felicidad se sitúa, ya, en la base el surgimiento de la Ética en la antigua Grecia. Para la cultura helena, alcanzar la felicidad se vinculaba, esencialmente, a la autorrealización que preconizaba el eudemonismo para llegar a ella. El individuo se desarrollaría actuando de manera natural, con una parte biológica  de bienes físicos y materiales, una parte racional basada en el pensamiento y la abstracción y una parte social, que se concretaría en practicar la virtud. Esta visión clásica, se puede resumir en que, para ser feliz, se requiere un mínimo esencial de equilibrio físico, bienestar que permita alejar la enfermedad, e integración  social.

En definitiva, lo que el saber popular ha resumido a la perfección con “Salud, dinero y amor”.

Ser feliz no es lo mismo que no sufrir pero es necesario lo segundo para que se dé la primera premisa. De hecho, la Ciencia ha venido a corroborar estos supuestos genéricos y ha ordenado su relevancia, como resume la pirámide de las necesidades humanas postulada por Abraham Maslow. Este psicólogo estadounidense, formuló en su teoría una jerarquía de necesidades personales, que conforme se satisfacen, permiten al ser humano desarrollar deseos más elevados. La idea básica es que sólo se atienden necesidades superiores cuando se han satisfecho las necesidades inferiores: Las personas felices tienden a una mayor serenidad y estabilidad en sus pensamientos, emociones y actos, fruto de la compensación de esas necesidades y las capacidades del individuo.

Esta compensación precisa de la satisfacción de los niveles más básicos de bienestar que procede del buen funcionamiento fisiológico y del mantenimiento de las constantes vitales (ya que el organismo vivo está diseñado para mantener su homeostasis). Este equilibrio del medio interno en el medio en el que habita, requiere de una gran inversión de recursos metabólicos que permitan, en última instancia, al cerebro sentirse seguro y confiado.

Un organismo en buen estado permite el siguiente paso hacia la felicidad: La especie humana, básicamente gregaria, necesita mantener afiliación, integración grupal que hace que  su mente busque cooperación y establezca lazos sociales. Además dentro del grupo el individuo necesita sentirse reconocido y recibe una placentera sensación de seguridad de la necesidad, recíproca, de complicidad generada entre sus miembros.

Solo entonces, con la salud garantizada y el grupo protegiendo y apoyando, el individuo se dirige a su autorrealización como último escalón hacia la plenitud y el bienestar…

Pero, todo ello, solo será posible gracias a la acción coordinada de unas estructuras cerebrales que están diseñas para “ser felices”. Esto implica que un acontecimiento es percibido de manera diferente por cada individuo. Mantener ese estado placentero requiere que distintos aspectos de la actividad mental fluyan de forma armónica. Se experimentan emociones en respuesta a los eventos del día a día (que no tienen por qué ser tan agradables) consecuencia de un aprendizaje ante un medio cambiante que, en tanto que adecuadas, resultarán adaptativas.

Así, la felicidad se mediría como un cierto bienestar subjetivo, autopercibido, que influye en las actitudes y el comportamiento individuales. La cuestión es comprender que ocurre en el cerebro para que el resultado final sea la afirmación: Me siento feliz.

El hecho es que las conexiones en el cerebro que disfruta o que, al menos, no sufre se estructuran para mantener, en general, dos tipos de requerimientos: el equilibrio interior y la integración con exterior. Varias estructuras encefálicas (entre las que destaca  el sistema límbico) y un coctel de substancia químicas serán responsables de tan importante tarea.

Así, el cerebro feliz empieza a serlo en el mencionado sistema límbico (una estructura constituida por amígdala, tálamo, hipotálamo, hipófisis, hipocampo, el área septal, la corteza orbitofrontal y la circunvolución del cíngulo). Los circuitos amigdalinos etiquetarán afectos, miedos, sorpresas o disgustos; hipotálamo e hipófisis coordinarán una respuesta vegetativa adecuada que prepare al organismo para defenderse, o huir… ¡o disfrutar!; y en el hipocampo se almacenarán todas estas experiencias, garantizando que se aprenda de cada una de ellas. Por su parte, otra estructura se encargará de conectar y dar salida a las acciones de las demás: el núcleo accumbens. Este núcleo, se describe como parte del bucle cortico-estriado-tálamo-cortical. Él, junto con el área tegmental ventral, presenta conexiones recíprocas con la corteza prefrontal y la región límbica, e intervendrá como la interfaz entre dicho sistema y la respuesta motora final.

Este conjunto de estructuras son responsables de las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. Personalidad, recuerdos y, en definitiva, ser como somos, depende en gran medida de este conjunto de neuronas que interaccionan muy velozmente entre sí y con el sistema endocrino y nervioso periférico consiguiendo, de esa manera, una acción coordinada del organismos como un todo.

La felicidad en clave fisiológica, no obstante, se ha estudiado, sobretodo, basándose en los estados en los que se “simula” dicha felicidad. Así, tradicionalmente se ha estudiado el núcleo accumbens por su relación con el desarrollo de adicciones. Es aquí donde tienen un papel primordial ciertas sustancias que tienen un efecto concreto sobre el ánimo.  En este sentido, el neurotransmisor generado por las principales neuronas del accumbens es el ácido gamma amino butírico (GABA), un importante inhibidor del sistema nervioso central, envuelto en la modulación de la red dopaminérgica del sistema de recompensa cerebral.

Los sistemas de recompensa son estimulados de forma natural por los alimentos, el sexo o el afecto. Sin embargo, sustancias como el alcohol, la nicotina o los canabinoides, entre otros, actúan en ellas también generando la sensación placentera. De hecho las terminales dopaminérgicas (provenientes del área ventral tegmental del cerebro) son el sitio de acción de drogas altamente adictivas como cocaína o anfetaminas pues provocan un aumento en la liberación de dopamina en el núcleo accumbens. Otros neurotransmisores y receptores implicados en los sistemas de placer y recompensa son los opiáceos, la serotonina y la acetilcolina. Evolutivamente, este sistema de gratificación ha tenido una gran ventaja adaptiva, puesto que, sirve al propósito de la supervivencia reforzando los comportamientos necesarios para la persistencia de la misma. Un cerebro sano recompensa los comportamientos que garantizan su integridad (desde alimentarse hasta crear lazos de afecto grupales). Para ello, enciende circuitos cerebrales que, en definitiva, harán que se repitan una y otra vez dichas conductas.

Lo que conduciría a un estado de felicidad eterno. Sin embargo, llega un momento en que el sistema se satura.  Por ejemplo, niveles altos de dopamina (elegida como sustancia central de ese estado eufórico que produce la activación de los circuitos de recompensa) no son sostenibles en el tiempo por el cerebro. La activación de los circuitos “generadores de felicidad” debe parar (y de hecho así ocurre). La misma dopamina, que media el placer, cuando sus niveles son anormales, se ha relacionado con psicosis o esquizofrenia.

En conclusión, la idea central es que la felicidad es una experiencia puntual, personal, subjetiva y única, que nace en el interior, pero se modula por nuestra relación con el exterior, y que se sustenta en las necesidades básicas…

Ya lo decía Groucho Marx “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”

 😉   

¿Y para mí?… Para mí la felicidad es esto ¡y es que la belleza y el disfrute puede surgir en cualquier sitio!:

(¡Un beso hija mía!)

https://t.co/N0vCnBVYq1

 

PARA SABER MÁS:

“Mindscape: a convergent perspective on life, mind, consciousness and happiness”. Niculescu AB , Schork NJ, Salomon DR. J Affect Disord. 2010 Jun;123(1-3):1-8.

“The neurobiology of positive emotions”. Burgdorf J, Panksepp J. Neurosci Biobehav Rev. 2006;30(2):173-87.

“The Neurobiology of Love”. Esch T, Stefano GB. Neuro Endocrinol Lett. 2005 Jun;26(3):175-92.

 

 

El cerebro emotivo

El cerebro emotivo

Los estudios sobre el funcionamiento del cerebro empiezan a arrojar luz sobre como los individuos gestionan emociones y conducta. El objetivo del Seminario “El Cerebro emotivo”que, en el Aula de la Experiencia  comienza este viernes 14 de octubre, es explorar como se generan sentimientos y sensaciones, a partir los últimos estudios en Neurociencia y, como estos hallazgos, se manifiestan en la vida cotidiana. Para ello, se trabajarán temas como  la relación  entre una determinada conducta y la fisiología cerebral. A continuación, establecidas las bases neurofisiológicas del comportamiento (empleando las herramientas que facilita la Etología humana) se explorarán las emociones básicas, cuestionándonos si se puede ser feliz eternamente, cómo se comporta el cerebro enfadado, o que hace cuando tiene que gestionar  el duelo…

Pero el cerebro humano se ha desarrollado en un grupo. Miembros de la gran familia primate, las personas se necesitan unas a otras y, para ello, deben interpretar  “lo que se dice cuando no se dice nada” (osea  realizar un reconocimiento facial  y de emociones dentro de las asociaciones humanas). Por esta razón, tenemos un cerebro eminentemente social que invierte muchos recursos en el mantenimiento de  relaciones interpersonales reconocibles y sustentan, entre otras cosas,  familias, parejas o jerarquías.

Cada acto que intentamos hacer “sin sentimientos” o  “con total objetividad” se enfrenta a un cerebro diseñado para emocionarse y,  por eso, cerraremos el curso con un caso práctico: el que abordan las técnicas de Neuromárketing o por qué compramos con “por impulsos”…

Saludos a todas y todos y , desde aquí: ¡mi más cálida  bienvenida a la Neurociencia

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

NEUROCIENCIA: LA EXPLORACIÓN DEL CEREBRO, 2008. Bear, Mark F. ; Paradiso Michael A. ; Connors, Barry W. ; Ed WILLIAMS AND WILKINS, ISBN(13): 9788496921092

FISIOLOGIA DE LA CONDUCTA (11ª ED.), 2014, NEIL R. CARLSON , Ed. PEARSON,ISBN 9788415552758

BIOLOGIA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO: MANUAL DE ETOLOGIA HUMANA ,1993, IRENÄUS EIBL-EIBESFELDT , ALIANZA EDITORIAL, 1993, ISBN: 9788420665405

PRINCIPIOS DE NEUROCIENCIA , 2001, Kandel, Eric R. ; Schwartz, James H. ; Jessell, Thomas M. Ed. McGraw-Hill / Interamericana de España, S.A. ISBN(13): 9788448603113

NEUROPSICOLOGÍA HUMANA. Kolb B, Whishaw Q. 2006, Ed. Médica Panamericana, ISBN 978-84-7903-914