Por qué irse de vacaciones no es opcional: La trascendencia neurobiológica de “tomarse un respiro”

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La actividad supone un esfuerzo mental y físico. Por ello, se necesita una gestión apropiada de ocupaciones y tareas que mantengan, en los límites adecuados, la aparición del agotamiento tanto psíquico como corporal. El cansancio se identifica con falta energía para emprender o continuar las tareas emprendidas. El sujeto nota cambios en su capacidad de respuesta y, a pesar de que exista voluntad de hacerlo, no puede continuar con sus cometidos. Es importante señalar que esa necesidad de descanso, que invoca la aparición de fatiga, es un mecanismo de protección imprescindible. De hecho, el sujeto se puede poner en grave peligro por no escuchar adecuadamente las señales de aviso.

El cuerpo se prepara y defiende, entrando en un estado de fatiga caracterizado por cambios neurofisiológicos. A medida que se  realiza una tarea , gradual y acumulativamente, se reduce la eficacia y el estado de alerta, lo que afecta a su rendimiento en general. De esta forma, el inicio de ese proceso de pérdida de atención,  fuerza al organismo a bajar su nivel de actividad preservando su integridad de un sobre-esfuerzo que podría dañarlo irreversiblemente. Sin embargo, cómo y cuándo se produzca la aparición de fatiga, depende de rasgos del sujeto como su edad, género, condiciones físicas y psicológicas o estado de salud. En cualquier caso, si no se responde adecuadamente a las señales de presencia de fatiga, se producirá un impacto negativo en el funcionamiento emocional, social u ocupacional de la persona, provocando  graves alteraciones en su calidad de vida.

De hecho, al ser un proceso paulatino, el individuo puede empezar a presentar síntomas de cansancio antes de que sea consciente de su agotamiento. El origen de este fenómeno “de desconexión gradual” está en el diseño cerebral que se dirige a focalizar sus recursos neuronales en una tarea optimizando, con ello, su rendimiento. La fatiga, lo perciba el sujeto o no,  provoca  poco a poco, dispersión, falta de atención y disminuye su  capacidad resolutiva. Un trabajo excesivo se traducirá, más pronto que tarde, en un incremento de la tendencia a cometer errores, pero aún no se conoce bien qué patrones de actividad cerebral anticipan esta pérdida de eficacia neuronal. No obstante, existen hallazgos  que sugirieren la actividad cerebral evocada antes de una ejecución “defectuosa” de una tarea  bajo situaciones de cansancio, involucran a la corteza frontal medial e insular posterior y se extienden a las regiones cerebrales típicamente asociadas con la integración de procesos sensoriales e interoceptivos. El desajuste dentro de los procesos de control cognitivo podría acumularse, progresivamente, expresándose como una disminución de la atención y el esfuerzo relacionados con la tarea. En el cerebro, se están mandando señales para desconectar la atención y emprender un proceso de relajación recuperadora. De hecho, existen datos que prueban que, descansar y dedicarse a actividades de ocio, es clave para el mantenimiento del funcionamiento neuronal. En este punto es importante recalcar que, por tanto, “tomarse unas vacaciones” no ese algo opcional: es absolutamente necesario generar espacios, entre la rutina diaria, para el  descanso.

Es más, ahondado en el estudio del papel funcional del descanso (a parte de su evidente función recuperadora) existen datos que indican que, durante ese descanso, el cerebro puede estimular reflexión y creatividad. La razón de esto es que  posee una “red de estado de reposo” o “red neural por defecto” (DMN, del inglés: default-mode-network), que se activa en momentos de asueto. Se trata de un conjunto de regiones del cerebro que abarca, entre otras, al hipocampo (como principal gestor de los recuerdos) estructuras la corteza posterior cingulada y el precuneo (relacionadas  con atención, memoria y percepción) o la corteza prefrontal medial (implicada en la toma de decisiones)  así como diversas zonas temporales de la corteza (dónde se recuperan recuerdos y experiencias sociales o se ubica la “Teoría de la mente”). Cuando el cerebro se encuentra en esta condición de mínima demanda y, por tanto, no está concentrado en hacer una tarea específica, esta red se activa y se empieza a enviar y recibir información entre las regiones que lo constituyen.

O sea que un conjunto muy complejo y especializado sistema neuronal “se activa” cuando la persona “se desactiva”. Es legítimo pensar que parece una inversión de recursos demasiado grande como para que, dedicarse a “no hacer nada” , efectivamente,  “no sirva para nada”. De hecho, lo que ocurre es que, sólo el cerebro “que descansa” (libre de la atención focalizada que caracteriza al estado de alerta) puede establecer nuevas conexiones vía esos “circuitos internos” entre cuestiones, en apariencia, inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas. El cerebro, en definitiva, CREA. Consecuentemente, creatividad  e innovación pueden disminuir como efecto de la extensión del horario laboral o de estudio y la sobrecarga de trabajo. Estar relajados sin ocupación alguna, no sólo no es una pérdida de tiempo, sino que es la única  forma de permitir al cerebro  generar nuevas soluciones  a viejos problemas.

Obviamente, ningún momento mejor para conseguir este efecto que durante las vacaciones. Sin duda, la propia palabra, etimológicamente, posee ya ese sentido de encontrar un tiempo de “vaciamiento, libertad y suspensión de actividades y obligaciones”. Durante ese periodo, el cerebro encontraría el momento de reestructurase y generar respuestas originales. Las vacaciones son un derecho que ha de permitir, no solo prevenir estrés u otras patologías, sino que, además, según lo descrito,va a favorecer que se incremente la productividad y se mejore el desempeño laboral. Además, descansar, relajarse y reducir el estrés, son primordiales para el bienestar y salud de las personas, obviamente, pero también es beneficioso para las empresas ya que, la fatiga acumulada, provocará errores, por pérdida de atención, y acabará con la capacidad mental para resolver problemas de manera innovadora.

En conclusión, ante cualquier argumentario que predique que renunciar al derecho al descanso habla de un elevado compromiso con el trabajo, habrá de recordar que, fisiológicamente, está probado que trabajar sin “tomarse un respiro” afecta innegablemente a la salud del sujeto conduciéndole a un descenso inevitable de su rendimiento y creatividad.

Así que, por el bien de todo el mundo ¡habrá que tomarse un feliz , saludable y muy  merecido descanso!

PARA SABER MÁS:

Raichle ME, MacLeod AM, Snyder AZ, Powers WJ, Gusnard DA, et al. A default mode of brain function. Proc Natl Acad Sci U S A. 2001;98:676–682.

Mazoyer B, Zago L, Mellet E, Bricogne S, Etard O, et al. Cortical networks for working memory and executive functions sustain the conscious resting state in man. Brain Res Bull. 2001;54:287–298.

Anticevic A, Repovs G, Shulman GL, Barch DM. When less is more: TPJ and default network deactivation during encoding predicts working memory performance. Neuroimage. 2010;49:2638–2648.

Mason MF, Norton MI, Van Horn JD, Wegner DM, Grafton ST, et al. Wandering minds: the default network and stimulus-independent thought. Science. 2007;315:393–395.

Schilbach L, Eickhoff SB, Rotarska-Jagiela A, Fink GR, Vogeley K. Minds at rest? Social cognition as the default mode of cognizing and its putative relationship to the “default system” of the brain. Conscious Cogn. 2008 Jun;17(2):457-67.

Harrison,B.J., Pujol,J., Contreras-Rodríguez,O., Soriano-Mas,C. López-Solà, M. , Deus,J., Ortiz,H., Blanco-Hinojo,L.,  Alonso,P., Hernández-Ribas,R., 5 Cardone, rN., JMenchón J.M. 5.  Task-Induced Deactivation from Rest Extends beyond the Default Mode Brain Network. PLoS One. 2011; 6(7): e22964. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3146521/

Eichele T, Debener S, Calhoun VD, Specht K, Engel AK, et al. Prediction of human errors by maladaptive changes in event-related brain networks. Proc Natl Acad Sci U S A. 2008;105:6173–6178. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2329680/

 

 

Arde La Calle Al Sol De Poniente… El cerebro “se achicharra”

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Superado el “40 de mayo”, en el sur de la península, hace ya días que nadie soporta “el sayo” con una mínima dignidad. Miles de frases hechas describen como el sol aplasta, quema, derrite y fatiga a las víctimas de su inclemencia, mientras las personas intentan mantenerse en una situación confortable y, mínimamente, “ a la fresquita” el mayor tiempo posible. Es un hecho: Cuando las temperaturas se elevan, a la par, se derrumban ánimos mientras aumentan las respuestas agresivas, crecen los sentimientos de hostilidad y los pensamientos violentos. Pero esto no pasa por que sí, se trata de una reacción adaptativa ante un estímulo y, lo cierto es que hay una razón fisiología para este malestar térmico que, aunque predispone a la irritabilidad, provoca reacciones defensivas al peligro que, la exposición al calor excesivo, supone.

Las personas habitan en áreas geográficas muy distantes pero, aunque el cuerpo humano se exponga a grandes variaciones en sus condiciones ambientales, permanece a una temperatura bastante estable, mediante un refinado control. La denominada “barrera psicológica de los 40 grados,” evidencia que el cerebro humano sólo funciona, adecuadamente, cuando la temperatura corporal está entre los 35 y los 40 grados centígrados y, superados estos niveles, deja de poder trabajar. De hecho, pequeñas modificaciones, son signos inequívocos de presencia de patologías: Hay fiebre. Por el contrario, en condiciones normales, el organismo, depende de mecanismos fisiológicos (como la sudoración) y la modulación conductual (al ponerse a la sombra o quitarse la ropa) para mantener su constancia térmica. Este comportamiento, ante la elevación de la temperatura exterior, merece una atención especial. El calor funciona como un elemento estresante y, por tanto, dentro de las reacciones del organismo ante el calor, se encuentra activar el sistema nervioso iniciando una respuesta que le permita huir, o defenderse de aquello que está provocando malestar. Solo que, a veces, ni una cosa ni otra tiene efecto, desencadenando una respuesta puramente emocional de, cuando menos, disgusto. El eje central de esta respuesta se sitúa en una estructura concreta del encéfalo: el hipotálamo.

El hipotálamo es una parte bastante pequeña del cerebro (apenas 4 g de los 1,400 g de cerebro humano adulto). Sin embargo, su tamaño no se corresponde con la importancia de las funciones que desempeña: Todo el equilibrio interno se gestiona desde él. Ritmo respiratorio, respuesta cardiovascular, ciclo vigila-sueño, reproducción o la integración de los correlatos vegetativos de las emociones, dependen de las neuronas hipotalámicas. En este microcosmos del mantenimiento de la armonía en el organismo, la temperatura con que la sangre llega al hipotálamo, será el principal determinante de la respuesta corporal a los cambios ambientales. El hipotálamo funciona como un termostato que mantiene el equilibrio entre producción y pérdida de calor.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que, la efectividad relativa de las rutas de intercambio de calor, depende de las condiciones ambientales. La zona de confort térmico, se sitúa en el rango de temperatura ambiental en el cual el gasto metabólico se mantiene en el mínimo y, cuanto mayor es el alejamiento externo, más esfuerzo fisiológico supone mantener el equilibrio interno. Así, el sobrecalentamiento del área termostática del hipotálamo, provocará un aumento en la tasa de pérdida de calor por vasodilatación. El efecto será bien visible pues, cuando la temperatura corporal aumenta, los vasos periféricos se dilatan y la sangre fluye en mayor cantidad, cerca de la piel, favoreciendo la transferencia de calor al ambiente. Por eso, por ejemplo, en una aglomeración o, en un sitio muy caldeado las personas ven como su piel se enrojece, ya que está más irrigada. Además, el organismo va a tratar de bajar su temperatura por evaporación. La transpiración se produce cuando el cuerpo se calienta de manera excesiva porque, la estimulación de la zona anterior del hipotálamo, disminuye la temperatura mediante la activación de la producción de sudor. De hecho, esto explica porque resulta aún más irritante el calor húmedo, dado el papel de la evaporación en el proceso de reducción de la temperatura corporal. Si, además de altas temperaturas, la humedad ambiental también es alta, la situación empeorará. No se producirán corrientes de convección y la sudoración disminuirá, con lo que el individuo empezará a absorber calor, en vez de refrescarse, y se generará un estado de hipertermia.

En cualquier caso, las glándulas sudoríparas son un buen ejemplo de como el control de las funciones vegetativas pone en marcha muchos niveles de integración neurofisiológica. Lo cierto es que están, directamente, bajo el control del sistema nervioso simpático (que junto con el sistema parasimpático, forma el sistema nervioso autónomo) y que se activa en las denominadas “Situaciones E” (escape, estrés, emergencia). Una “situación E” es la exposición al asfixiante calor de una tarde de junio en Sevilla y, por ello, el organismo pone en marcha todos los recursos que posee para intentar compensar la agresión que supone.

La vía principal de los impulsos que implican pérdida de calor llegará al hipotálamo lateral, de ahí a la porción media cerebral, áreas tronco-encefálicas y a la médula espinal y, desde las fibras simpáticas, controlará a los vasos cutáneos, glándulas sudoríparas y fibras motoras musculares. El sujeto enrojecerá y romperá a sudar. Además, es probable, que empiece a tener sed o sentir fatiga, ya que todo el organismo responde solidariamente. Esta acción coordinada se produce gracias a la activación neuroendocrina, mediada por el sistema hipotálamo-hipofisario implicando a las hormonas tiroideas y corticoides, entre otras. Todo un entramado de respuestas que conducen al reajuste que permita sobrellevar la exposición a estrés térmico…Y de hecho cualquier estrés. Por ello, y como consecuencia de todo lo anterior, esta activación metabólica va a llevar aparejada una expresión emocional. Todas las estructuras implicadas en el manteniendo de la temperatura interna constante, también participan en la gestión de la respuesta de alerta, en la activación de los mecanismos que permiten al individuo enfrentarse a potenciales peligros, que le impulsan a escapar… O a enfrentarse a él. De modo que, ciertamente, el sujeto se va a ir “calentando”, se va ir sintiendo más y más incómodo…¡Y su cerebro se va enfadando!. Por tanto, la combinación de factores “situacionales” (como la temperatura exterior) y tendencias personales (por ejemplo, autocontrol deficiente) influyen en los procesos de toma de decisiones determinando que un comportamiento se vuelva más agresivo.

Y no se trata de una afirmación al azar: Varias evidencias confirman esta relación calor-agresión. Por ejemplo, se ha visto en estudios realizados en partidos de futbol o hockey, la capacidad del calor ambiental para aumentar la agresividad de las personas participantes (existiendo una sinergia entre los efectos de la reacción afectiva, que la competición misma provoca, y la temperatura ambiente en que ésta se produce). En este sentido, se ha evidenciado una relación lineal significativa entre la temperatura alcanzada y violencia mostrada. Estos experimentos permiten conjeturar que, la exposición a estrés por calor, provoca una fuerte reacción sobre el índice de ansiedad. Orgánicamente, esta respuesta estaría mediada por la actividad hipotalámica y de otras estructuras conectadas con él y relacionadas con la respuesta afectiva. En este contexto de control emotivo, destacan dos estructuras cuya acción, junto al hipotálamo, serán cruciales en las respuestas agresivas: amígdala e hipocampo. Ante la persistencia de una situación desagradable, como el calor intenso, la amígdala estará enviando señales de activación emocional al sistema, mientras el hipocampo estará trabajando para adecuar la respuesta a las experiencias previas.

En conclusión, en un mundo cada vez más poblado (y en pleno proceso de calentamiento global) no parece una locura afirmar que, la sociedad, cada vez se enfrentará a un estrés térmico mayor, y a individuos cada vez más enojados por ello. La propia fisiología termorreguladora, conducirá a que también crezcan los niveles de tensión psicológica individuales y, como consecuencia de esto, a violencia social. No es, por tanto, un tema menor. Es preciso conocer los límites de esta respuesta y, sobre esa base, impulsar que se empiecen a proponer indicadores, de carácter bioclimático, que impliquen el análisis de los efectos que el calor ejerce sobre las condiciones de bienestar en las personas, permitiendo delimitar si este factor detona la violencia o no… Y eso afectará a todo (desde infraestructuras arquitectónicas, al urbanismo, desde las políticas sociales a los equipamientos sanitarios)

Para saber más:

Se acaba mayo y… ¡Estoy “atacaaá”!. El Cerebro ansioso

ansiedad

No es broma: mayo es un mes horrible antesala de otro peor. El profesorado vive bajo los calendarios inflexibles que impone el avance del curso…Y algunas fechas (como las que aproximan su final) implican, irremediablemente, la acumulación de trabajo, de tensiones y de nerviosismo. Si se les pregunta, es fácil encontrar profesoras y profesores que reconocen que han atravesado momentos profesionales (y, como consecuencia de ellos, muchas veces también, personales) bastante difíciles, desbordados por la situación, con incertidumbre sobre los acontecimientos, y con problemas físicos y psicológicos (a veces tan serios que conducen a un diagnóstico de estrés o depresión). Sin llegar a estos extremos patológicos, qué duda cabe que, el gran volumen de trabajo que implica el fin de curso y, la enorme responsabilidad de decidir el futuro del alumnado con un solo número (que eso, y no otra cosa, es “poner notas”) en una situación que genera una gran ansiedad. Los retos como este, que se enfrentan día a día, se traducen en estados emocionales en los sujetos. Décadas de investigación han identificado las áreas cerebrales que están involucradas en estas respuestas emocionales, incluidas el miedo y su “hermana” (no tan pequeña), la ansiedad. Ambos niveles afectivos se relacionan con el establecimiento de comportamientos defensivos que, hoy, se empiezan a comprender de la mano del empleo de técnicas genéticas y de formación de imágenes “in vivo” que han permitido caracterizar la actividad, conectividad y función de tipos celulares específicos, dentro de circuitos neuronales complejos.

Estas investigaciones, han permitido una visión más integrada de cómo el cerebro gestiona miedo y ansiedad, orquestando las conductas defensivas que, mejorando la capacidad de supervivencia del individuo, han proveído de enormes ventajas adaptativas como especie. Los primates en general, y las personas en particular, poseen un muy desarrollado cerebro social, que está en la base de las respuestas que se generan ante un ambiente que cambia. Desencadenando reacciones físicas ante lo que acontece (que son reconocidas por el resto de los miembros del grupo) se generan respuestas conjuntas. De hecho, al sentimiento de ansiedad, subyace una serie de inhibiciones o restricciones emocionales internas específicas. La ansiedad adaptativa, o no patológica, es una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones y constituye una respuesta habitual a diferentes eventos cotidianos estresantes. Por lo tanto, cierto grado de ansiedad es, incluso, deseable para el manejo adecuado de las exigencias o demandas del medio ambiente. Únicamente cuando  se sobrepasa cierta intensidad, en la que se desequilibra los sistemas que ponen en marcha la respuesta adaptativa, es cuando la ansiedad se convierte en patológica, provocando un malestar significativo, con síntomas fisiológicos y psicológicos.

Ante una situación de alerta, de forma normal, el organismo pone a funcionar el eje neuroendocrino que constituyen el hipotálamo, la hipófisis y varias glándulas periféricas. El hipotálamo actúa mediante la secreción de hormonas, que a su vez provocan que se liberen más, a nivel hipofisario. Es así como se inicia una respuesta al estrés. Reacciones emocionales, como el miedo, la ira o el placer, estimulan estructuras hipotalámicas para producir los cambios fisiológicos relacionados con cada una de estas emociones, haciéndolo, además, por medio de sus interconexiones con el sistema nervioso autónomo y diferentes glándulas periféricas. Frente a un riesgo potencial, destaca el papel de la glándula adrenal que, en respuesta a la activación hipotálamo-hipofisaria, libera cortisol y adrenalina, preparando a todo el organismo para reaccionar ante el peligro. Se sentirá miedo o ira y,  como consecuencia  de ese sentimiento, se desencadenarán respuestas conductuales complejas de ataque o huida.

Es importante señalar que sentimiento y emoción son conceptos relacionados pero no equivalentes. Mientras sentimiento se emplea para aludir a la sensación consciente y, por tanto, está mediado por la corteza cerebral, el término emoción se emplea para describir el estado del organismo y sus componentes periféricos, incluyendo las modificaciones corporales, que preparan al sujeto para la acción, y comunican los estados emocionales dentro del grupo. Estos estados, están mediados por un conjunto de respuestas autónomas, endocrinas y del sistema motor esquelético, en las que participan estructuras sub-corticales. Por tanto, sentir ansiedad es una respuesta fisiológica que implica un importante correlato vegetativo (en este caso concreto como parte de una conducta anticipatoria de un riesgo). El organismo frente a ciertos estímulos que son percibidos, por el individuo, como amenazantes y/o peligrosos, desarrolla síntomas somáticos de tensión. Se desencadena, así,  la respuesta de alerta que advierte sobre un peligro inminente, permitiendo al individuo (al menos en teoría) que adopte las medidas necesarias para enfrentarse a posible amenaza. Cuándo los sentidos perciben esa amenaza, el cerebro automáticamente pone en marcha todo este proceso de activación general.

Aunque en el cerebro los estados de ansiedad están mediados por conexiones, tanto locales como de largo alcance, entre las múltiples áreas implicadas, de hecho, destaca, como en cualquier otra emoción, la amígdala. No obstante, no se dibuja un cuadro de control sencillo, ni mucho menos. Por ejemplo, la conexión entre amígdala el núcleo del lecho de la estria terminal media efectos ansiolíticos. Sin embargo, la vía amígdalo- hipocampal es ansiogénica . De modo que gran parte de la red que subyace a sentir ansiedad aún debe caracterizarse en términos de identidad y funciones celulares. Aun así se puede afirmar que, la amígdala, de modo genérico, se comunica con otras estructuras nerviosas para advertir del peligro y trasmitir la necesidad de una respuesta inmediata. La corteza le envía información sensorial, por vía talámica, y la amígdala le asigna significado emocional a los estímulos entrantes, impulsando la respuesta al estrés. La corteza, además, tiene mucho que ver en este proceso de generación de “respuestas defensivas preventivas” ya que, en ella, se gestiona y codifica la información del entorno, vinculándolo a representaciones corporales de la experiencia y permitiendo, así, regular el tono emocional y las respuestas físicas al entorno. Específicamente, la alteración de la corteza prefrontal ha mostrado estar relacionada con problemas del comportamiento o personalidad, descontrol de los pensamientos obsesivos y humor negativo o lábil , así como la aparición dificultades en las relaciones sociales. De hecho, se ha comprobado que cuando una persona está ansiosa se modifica drásticamente la actividad de su corteza prefrontal. Mención aparte merece el hipocampo (estructura central de la formación de la memoria) pues es fundamental para el aprendizaje sobre qué experiencias son negativas o peligrosas, haciendo que se desencadene la respuesta de alerta, en lo sucesivo, ante señales similares. Esto implica que, en sujetos sensibilizados previamente, la aparición de estímulos, inicialmente neutros, puede desencadenar un cuadro ansioso completo por un proceso básico de aprendizaje asociativo. En casos patológicos, por tanto, esta sería una diana terapéutica donde intervenir forzando cierto tipo de “desaprendizaje emocional.”

En definitiva, hormonas y neuronas, en un estado general de activación, que deben conducir al sujeto a una respuesta visible e intensa, de ataque o de huida… Porque para eso está diseñada, y no para estar contenida, sin una resolución del conflicto detectado con el ambiente. La patologización de la ansiedad puede tener uno de sus orígenes en ello… De modo que a “modo preventivo”, ya lo decía Martirio: ¡Estoy atacá, estoy atacá!….¡Ay qué hartura, Dios mío, riapitá, mira que me voy a la calle a PEGAR CHILLIOS!…

O lo que sea que permita fluir todo esa energía movilizada, ¡claro está!.

Para saber más:

¡Ya huele a Feria!

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Decía la copla:”Ya huele Feria, que ole, ya huele a Feria… Y se ponen alegres, que ole, la gente seria”.Y es verdad, hay olores que nos traen a la cara sonrisas (como los hay que nos la borran del rostro…) La sofisticada fragancia de un perfume que, ineludiblemente, se une a una persona en concreto, o el sencillo aroma de un plato que alguien solía guisar para nosotros, nos llevan, inmediatamente, al recuerdo emocionado… Los olores tienen la cualidad de activar nuestra memoria, de hacernos recordar.

La facultad para recordar es una función cerebral. La memoria le da al sujeto la capacidad para aprender de sus experiencias ya que codifica, almacena y, sobretodo, le permite recuperar, la información del pasado. Este proceso es resultado de la plasticidad sináptica de áreas concretas del cerebro que, con su conectividad, forman redes neuronales que sustentan la respuesta al estímulo. Lo cierto es que, el olor, induce el recuerdo de forma inmediata y, probablemente, más intensa que ningún otro tipo de estímulo…Y, obviamente, la razón también está en el cerebro: en una pequeña estructura, llamada bulbo olfatorio, y sus conexiones, especialmente, con el hipocampo y la amígdala.

El bulbo olfatorio es fundamental para detectar los olores. Está situado, en la especie humana, en la parte posterior de las cavidades nasales. Son dos protuberancias sobre el epitelio olfativo y por debajo de los lóbulos frontales que participan en la transmisión de información olfativa desde la nariz hasta el cerebro. El olfato es un sistema básico de quimio-recepción imprescindible para supervivencia del individuo. Gracias a él se pueden reconocer los alimentos y su estado antes de ingerirlos (siendo su olor el mejor de los indicadores). También es esencial para identificar miembros de la familia (es un clásico, el efecto calmante que, en un bebe, tiene arroparlo con una prenda usada por su madre, por ejemplo). Así mismo, en muchas especies, ha mostrado tener una gran ventaja adaptativa poder reconocer el olor de un depredador cercano, o de posibles parejas en el momento del celo adecuado… Y, por ello, un sistema muy especializado detecta las sustancias químicas volátiles. En él, cada célula receptora enviará un único axón al bulbo olfatorio y las neuronas del bulbo olfatorio iniciarán el procesado de la información olfativa remitiéndola al resto del encéfalo, destacando, en este diseño, la intervención de la amígdala, (zona de control emocional) y ciertas áreas corticales. En general, el aprendizaje asociativo entre olores y respuestas conductuales se inicia en la amígdala. Los olores sirven como los estímulos reforzantes o aversivos durante el proceso de aprendizaje asociativo. Además indirectamente, la información se procesará otras áreas cerebrales, siendo especialmente importante la conexión entre bulbo e hipocampo ya que, este último, juega un papel fundamental en la memoria y el aprendizaje. Muchos procesos de memoria olfativa ocurren en el momento en que ciertas neuronas del hipocampo disparan sus potenciales de acción asociándose con otra señal recibida, como es un aroma, impulsando la rememoración de aquello con lo que se asoció. El resultado será que cuando aparezca de nuevo ese olor, en concreto, se causará el recuerdo del evento relacionado y que emocionó tiempo atrás…

Y , así, el olor del algodón de azúcar o el “pescaito frito” llevara el ánimo, de nuevo, a esa reunión de amigos, baile y música que llamamos Feria de Abril.
Para saber más:
NEIL R. CARLSON , 2014; Fisiología de la conducta. 11Ed .Editorial: PEARSON;             ISBN: 9788415552758
https://es.wikipedia.org/wiki/Bulbo_olfatorio https://es.wikipedia.org/wiki/Hipocampo_(anatom%C3%ADa)
https://psicologiaymente.net/neurociencias/hipocampo

Por mi culpa, por mi gran culpa. El cerebro “Penitente”

Nazareno

Sentirse culpable es un estado emocional frecuente en el ser humano, que se aprende desde la infancia. La culpa surge cuando hay un contraste entre lo que se tiene por ideal, y lo que se ejecuta en realidad. Si lo que se hace está en desacuerdo con los principios y valores que el individuo sostiene y acepta, entonces, aparece el sentimiento de culpabilidad. Por tanto, la culpa, se originaría por algo que se debe cambiar o mejorar y sería, claramente, adaptativa. Sentirse culpable (como cualquier otro patrón de conducta) tiene su origen en un complejo circuito de conexiones neurales, que se activa, durante el proceso de valoración que conduce, a la persona, a tomar conciencia de la inadecuación de sus actos. En este sentido, el avance en las técnicas para el estudio del funcionamiento cerebral, está proporcionando un fecundo campo de experimentación para localizar dónde residen todas las emociones como, la maldad y la bondad, el amor o el odio y, claro, la culpa.

Las emociones han sido objeto de estudio de la Biología en general y la Etología en particular desde los trabajos de Darwin. “The Expression of the Emotions in Man and Animals” (1872) marca el inicio de las investigaciones en conducta emocional. El científico británico mantenía, ya entonces, que la gestión de las emociones era innata, aunque admitiendo la posibilidad de aprendizaje que incrementaría la probabilidad de que el sujeto (y su especie) se adaptasen a un medio ambiente en continua modificación. La Neurobiología de las emociones, ha permitido delimitar como el cerebro establece ciertos mecanismos de regulación de los estados de placer y de dolor, de recompensa y de castigo. Por tanto, las emociones son definidas como patrones de respuestas químicas y neurales, cuya función es contribuir al mantenimiento de la vida del sujeto. Así, las mismas estructuras neuroanatómicas que sustentan el control y la regulación los diferentes estados fisiológicos, participan del mantenimiento del equilibrio emocional. de este modo se originan las denominadas emociones primarias (felicidad, tristeza, miedo, ira, sorpresa y aversión/asco) y secundarias o sociales (vergüenza, celos, orgullo y por supuesto, culpa). Por ejemplo, el tronco del encéfalo se encuentra implicado en prácticamente todas las emociones; en la amígdala se localiza, entre otros, el origen del miedo o la rabia, el hipotálamo y la corteza prefrontal ventromedial parecen ser las responsables de tristeza o ira; y la corteza cingulada anterior, parece jugar un cierto papel en la toma de consciencia de la emoción. Además, se liberan hormonas de varios tipos en la corriente sanguínea, que se dirigen, por una parte, hacia diversas zonas periféricas del organismo, y, por otra, hacia distintas zonas cerebrales. Un delicado conjunto de interacciones que integran todo el comportamiento emocional.

Respecto, específicamente a la investigación sobre la génesis del sentimiento de culpa, la neuroimagen ofrece la posibilidad de saber qué sucede en las distintas áreas del cerebro cuando el sujeto se enfrenta a concepto de “responsabilidad” sobre algo o alguien. Se escoge ese paradigma para el estudio porque, dado que responsabilidad es la cualidad por la que el individuo se ve obligado a responder de sus actos u opiniones, esto le  ha de conducir a contraer deudas o compromisos de reparación de las consecuencias de su supuesto delito, con la consiguiente valoración moral. Por esta vía, alguien que es responsable de algo, y no satisface su compromiso, sufre de un íntimo sentimiento de vergüenza y culpa.  Fisiológicamente, de entre todo el enorme circuito del cerebro emotivo, al parecer, ambas emociones se generarían en estructuras muy próximas.

De nuevo, estudios de neuroimagen (realizados en personas a las que se les pedía que recreasen situaciones que les generaran sentimientos de culpabilidad o vergüenza), mostraron activación en el lóbulo temporal en ambos casos. Dentro de las áreas temporales, no obstante, la vergüenza activó el cíngulo anterior y el giro para-hipocampal, mientras que la culpa se reflejó en una mayor actividad del giro fusiforme y el temporal medio. De forma específica, el sentir vergüenza parece que activa también áreas del lóbulo frontal (giros frontales inferior y medio) mientras que el sentirse culpable se asociaría con la actividad del sistema límbico vía  amígdala e ínsula. Los experimentos realizados muestran, además, ciertas diferencias de género ya que, en el caso de la culpa, las mujeres sólo mostraban activación de las áreas temporales mientras que, los hombres, activaron también algunas zonas frontales, occipitales y la amígdala.

En definitiva, una red neuronal hace que aparezca la culpa y, con ella, da la oportunidad al individuo de emprender la modificación de una situación no  deseada  (ni deseable)… Y, en cerebro, también se ha de iniciar la “Redención”, ¿siendo, por tanto, éste el significado biológico de la “Penitencia”?

De hecho, la respuesta parece encontrarse en la evidencia de que el dolor mitiga el sentimiento negativo que provocó la falta cometida. El malestar físico puede aliviar el sufrimiento mental. Existen investigaciones, al respecto, que indican que se generaría un comportamiento de búsqueda de dolor físico para proporcionar una suerte de “purga emotiva” de los sentimientos de culpa o vergüenza. El cerebro se vuelve “penitente” y, al parecer, el castigo auto-infringido, produce el efecto de consuelo y perdón deseado. Ahí estaría, por tanto, el origen neurofisiológico del éxito de los diferentes rituales de “expiación de los pecados.”

Para saber más:

Neurobiology of emotion at a systems level. En J.C. Borod (eD.): The Neuropsychology of Emotion. Adolphs, R. y Damasio, A.R. (2000). Oxford: Oxford University Press.

FISIOLOGIA DE LA CONDUCTA (11ª ED.) Neil R. Carlson, 2014

The Expression of the Emotions in Man and Animals Darwin, C.R. (1872/1965).. Chicago: University of Chicago Press.

BIOLOGIA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO: MANUAL DE ETOLOGIA HUMANA, Irenäus Eibl-Eibesfeldt, 1993

LA EMOCIÓN DESDE EL MODELO BIOLÓGICO. F. Palmero: http://reme.uji.es/articulos/apalmf5821004103/texto.html

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/numero/51/el-dolor-mitiga-la-culpa-8808

http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/la-verguenza-y-la-culpa-vecinas-en-el-cerebro-831407742415

http://elpais.com/elpais/2015/04/10/ciencia/1428694015_335589.html

 

Investigar para entender. Entender para curar: Estudiando la depresión con modelos animales

RatasDeLab

El Día Mundial de la Salud, se celebra, cada 7 de abril, para conmemorar el aniversario de la fundación de la Organización Mundial de la Salud, ofreciendo una oportunidad única para concienciar a la sociedad, en su conjunto, en torno a un tema de sanitario específico. En 2017 el tema escogido es la depresión.

La depresión es un trastorno mental muy extendido que puede afectar a cualquier persona, de cualquier edad y en cualquier condición socio-cultural. Sin embargo, parece que esta patología (tan frecuente, tan común… ¡Tan devastadora!) sigue estando infradiagnosticada y, por ello, obviamente, son muchas las personas que necesitarían tratamiento, y no lo reciben. Además, hay que luchar contra cierta “trivialización” de su estado pues, un individuo deprimido, siente una angustia mental tal, que puede incapacitarle para llevar a cabo incluso las tareas cotidianas más sencillas. Una depresión, no tratada, puede impedir que la persona afectada participe en su vida familiar o desarrolle una adecuada actividad laboral  Incluso, en los casos más severos, el estado depresivo puede conducir al suicidio.

Este hecho, por sí mismo, en pura lógica, bastaría para justificar la necesidad de, no sólo continuar sino, incrementar las investigaciones acerca de las causas y evolución de la enfermedad: Investigar para entender. Entender para curar. Dos ideas que deben subyacer a cualquier programa de promoción de la salud mental, en general, y de lucha contra la depresión en particular. Y es que se trata de una enfermedad de la que, aunque se ha aprendido mucho, aún se ignoran muchos aspectos.

La depresión cursa con una profunda tristeza que se manifiesta, orgánicamente, con una inhibición de las funciones neurofisiológicas y con serios trastornos de la conducta. Por tanto, la depresión es un drama humano que se ha convertido en un importante problema de Salud Pública. Según la propia Organización Mundial de la Salud afecta a unos 121 millones de personas en el mundo, de los que menos del 25% tienen acceso a tratamientos. Es evidente que, por la magnitud y gravedad del problema, es prioritario, tanto obtener diagnósticos adecuados, como desarrollar terapias eficaces contra la depresión. Y la base para el éxito en esta empresa es ejecutar proyectos de investigación innovadores. Puesto que no parece existir una causa única para la depresión, diseños experimentales complejos e interdisciplinares, que aborden los efectos combinados de factores genéticos, bioquímicos y neurofisiológicos han de conducir a prevenir, tratar de manera eficaz y, finalmente, vencer a la enfermedad.

Existen, ya, algunas evidencias sobre que ocurre en la “mente que se deprime”. Las tecnologías para obtener imágenes del cerebro como la resonancia magnética, han demostrado que el sistema nervioso central de las personas con la enfermedad, presenta diferencias evidentes con quienes no la padecen, mostrando importantes discrepancias en la distribución de algunos neurotransmisores. De hecho, los neurotransmisores implicados, han mostrado ser una vía de acceso al control de la patología muy potente, destacando notablemente uno en concreto: la serotonina. Esta amina (la 5-hidroxitriptamina), es un neurotransmisor que se produce a partir del aminoácido triptófano. Es un mensajero químico que se libera entre las células nerviosas regulando la intensidad de su actividad. Está muy establecido que los niveles de serotonina desempeñan un papel clave en el sistema nervioso central y en el funcionamiento general del organismo. En este proceso, son claves las enzimas monoamino-oxidasas que catalizan la oxidación y la degradación de estas moléculas. Los delicados equilibrios entre producción, transporte y degradación de la serotonina pueden desencadenar (pero también enmendar) la aparición de la patología depresiva. Y es que la depresión, incluso en los casos más graves, es una enfermedad que se puede tratar medicamente. Los fármacos antidepresivos normalizan las sustancias químicas naturales del cerebro de diversas formas. Así, destacan por su amplia distribución, los que actúan aumentando los niveles de serotonina en el encéfalo, como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y el grupo de los tricíclicos (llamados así por su estructura química). Por su parte los inhibidores de la monoamino-oxidasa enlentecen la degradación del neurotransmisor.

Es importante señalar que todos estos medicamentos (y otros abordajes terapéuticos) inician su desarrollo en los experimentos con modelos animales. Los ensayos con animales han sido cruciales para el avance en la búsqueda y desarrollo de nuevas terapias contra la enfermedad. El modelo más empleado en el estudio de la depresión fue diseñado, en la década de los 70 del siglo pasado, por Martin Seligman basándose en los protocolos de “condicionamiento clásico”. El concepto clave es la “indefensión aprendida” consistente en que el sujeto asume que, a pesar de los esfuerzos individuales realizados, determinada situación no puede ser cambiada. Este hecho, genera un sentimiento de desesperanza que vuelve al individuo del experimento muy vulnerable. El diseño académico implica que el animal de experimentación (en general ratas) aprenda a reaccionar mediante un salto a una descarga eléctrica, que sigue al sonido de un timbre, según una respuesta refleja totalmente “pauloviana”. Cuando el timbre, por sí sólo, origina el salto del animal, las descargas dejan tanto de ser previsibles como de poder evitarse con la conducta aprendida. Este cambio provoca, en el animal, una inhibición completa de su reactividad y diversos efectos vegetativos (algunos muy severos) ante su impotencia para defenderse del peligro al que se haya expuesto. Esta “indefensión aprendida” es en todo similar a la sintomatología presentada en cuadros depresivos por lo que, entender qué estructuras neurales se modifican, o dañan, en todo este proceso (y repararlo en su caso), ha sido la principal herramienta para enfrentarse a la depresión. Gracias a ello existe una definición más precisa de la enfermedad, y los abordajes farmacéuticos y terapéuticos son cada vez mejores.

Los llamados modelos in vivo permiten la aplicación de técnicas de análisis que solo son accesibles en estos diseños brindando datos que, de no ser obtenidos así, no se lograrían ya que, mediante técnicas alternativas, los resultados no siempre reproducen lo que ocurre en el organismo integro. Las investigaciones pre-clínicas con ensayos con animales, por tanto, resultan imprescindibles para el desarrollo de posibles terapias que conduzcan, tanto a la prevención, como al tratamiento de la enfermedad.

La utilización de modelos animales es vital para el avance en Bio-Medicina, pero desde luego, el uso de animales en investigación impone la responsabilidad de cumplir unas estrictas normas éticas. La investigación con animales requiere la observancia rigurosa del principio de las “tres R” que obliga a buscar los protocolos que permitan: Reemplazar los animales en la investigación siempre que sea posible; Reducir el número de animales utilizados a los estrictamente necesarios para obtener resultados significativos y válidos para la investigación y Refinar los métodos empleados para mejorar el bienestar de los animales usados en la investigación. Estas “tres R” y escrupulosos protocolos bioéticos, garantizan, el adecuado diseño experimental, cuando éste requiere el manejo de animales. La sociedad debe saber que el uso de animales en Ciencia, está regulado y extremadamente justificado, ofreciendo datos muy valiosos ya que, los resultados recogidos en animales de experimentación, son extrapolables, y generalizables, a los seres biológicamente similares (incluida la especie humana).

Es importante contar con el consenso social sobre el uso de animales en investigación, desde la plena seguridad en el cumplimento de los más altos estándares de bienestar de los sujetos experimentales, que sólo se utilizan cuando no existe alternativa alguna; porque desde el conocimiento, que en gran medida se consigue gracias a los modelos animales (como el que diseñado por Seligman) se han de desarrollar nuevas terapias cada vez más selectivas, con menos efectos secundarios y más eficaces generando todo un “círculo virtuoso “de más conocimiento para progresar más y viceversa. Con más Ciencia surgen más preguntas y, todas ellas, han de derivar en la recuperación de la salud.

La depresión se puede prevenir y tratar de manera eficaz. Cuanto más se conoce sobre sus causas, su evolución y su tratamiento, más posibilidades de recuperación tienen las personas afectadas ya que, saber más contribuye a que un número mayor de personas reciba la ayuda que precisa. Pero para ello, se ha de trabajar, también, más, pues aportar investigación, es la principal herramienta para, inicialmente, coadyuvar a la necesaria superación de la estigmatización, que suele acompañar al desconocimiento de lo que es la depresión pero, sobretodo, para que, al final, se  llegue a la curación definitiva de la enfermedad .

Para saber más:
The endogenous and reactive depression subtypes revisited: integrative animal and human studies implicate multiple distinct molecular mechanisms underlying major depressive disorder”. K. Malki, R. Keers, MG.rTosto, A. Lourdusamy, L. Carboni, E. Domenici, R. Uher, P. McGuffin y LC .Schalkwyk; BMC Med. (2014); 12: 73.
“Animal models of major depression and their clinical implications”, B. Czéha, E. Fuchse, O. Wiborgd, M. Simong; Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry Vol. 64, (2016); 293–310.
Animal models of recurrent or bipolar depression” T. Kato, T. Kasahara, M. Kubota-Sakashita, T.M. Kato, K. Nakajima; Neuroscience, Vol. 321 (2016); 189–196.
“Helplessness: On Depression, Development, and Death”. San Francisco: W. H. Freeman. (1075); M.E.P. Seligman.
“Psychology the science of behavior” (2010) N.R. Carlson, Pearson Canada.
“Prevalencia de la depresión en España: Análisis de los últimos 15 años”, F. Cardila, A. Martos, AB. Barragán, MC. Pérez-Fuentes, MM. Molero, JJ. Gázquez. http: // dx.doi.org/10.1989/ejihpe.v5i2.118

http://www.understandinganimalresearch.org.uk                                                     http://www.faseb.org                                                                                                                 http://www.basel-declaration.org
https://www.nimh.nih.gov/health/publications/espanol/depresion/index.shtml
http://eara.eu/es/tag/comision-europea/
https://icono.fecyt.es/informesypublicaciones/Documents/2012%20-%20Gu%C3%ADa%20de%20Desarrollos%20Precl%C3%ADnicos%20(document_13136629682).pdf
http://www.cosce.org/pdf/Documento_COSCE_Comision_Animal_Research.pdf

 

¡Tú no mami! (pero casi)… ¡Feliz día del padre!

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El hetero-patriarcado ha configurado un rol de padre que se ha creído “inmutable” durante mucho tiempo dentro de un modelo “clásico” de familia. Al padre se le otorgaba la responsabilidad de proteger y encauzar a su prole por “el buen camino” mediante el ejercicio jerárquico de la autoridad. Por suerte, no obstante, esa figura paterna que, hasta hace bien poco, era la del jefe de familia, al que se profesaba respeto (si no cierto miedo) ante su disciplina, se ha deslizado hacia la de un padre, cercano y solidario, que disfruta de la experiencia del desarrollo de la crianza. Este disfrute de la paternidad cuestiona el estereotipo de masculinidad, asociado tradicionalmente a la fuerza y el poder, para empezar a ejercer una relación, más duradera y comprometida, en la que, hoy día, muchos hombres viven su paternidad de una forma intensa, afectiva y satisfecha.

Es justo afirmar ya que no hay un sólo tipo de padre y que,  la paternidad se experimenta, individualmente, en la vida de cada sujeto. En este sentido, existen trabajos que clasifican a los padres en tres grandes grupos: los” intensos” (que incluye a aquellos hombres que se han centrado en la atención de su descendencia) los “responsables” (constituido por el grupo que entiende, y asume, su responsabilidad en la crianza y está dispuesto a sacrificar horarios de trabajo o aficiones para estar más tiempo “en casa”) y los” complementarios” (que apoyan desde “el exterior” ya que ven las labores paternas con mayor naturalidad en una mujer que en ellos mismo). En definitiva, una relación, la de los padres con sus hijos e hijas,  que está cambiando y, con ello, ha de modificar patrones de conducta en los grupos humanos.

Sin embargo lo cierto es que, en la naturaleza, los padres que se implican en la crianza de su prole no abundan. En aquellos grupos en que lo hacen, entre los parientes más próximos del género Homo (es decir, los mamíferos) la implicación de los machos depende de los efectos de ciertas hormonas. Concretamente, destaca la oxitocina, como responsable del establecimiento de las relaciones de apego entre individuos y, en los procesos de formación de lazos familiares. Por tanto, existen algunas bases biológicas que soportan el desarrollo de una paternidad comprometida y activa. En la especie humana, de hecho, se han recogido datos, en plasma y saliva, de este neuropéptido que demuestran que estos niveles correlacionan con la intensidad de la interacción de los padres que estaban cuidando a sus bebes de 4 a 6 meses de edad. Además, un padre desarrolla una relación muy poderosa con sus hijos e hijas que se manifiesta en una actividad cerebral específica en las regiones relacionadas con los circuitos de recompensa.

Por tanto, se puede afirmar que el cerebro de los varones, está perfectamente capacitado para el disfrute de la crianza. Entonces ¿qué ha pasado con todos esos hombres que, durante siglos, han sido “padres ausentes”?…

Hay una hipótesis demoledora al respecto, pues resulta curioso que se haya probado que, la experiencia emocional de las personas que tienen una talante emprendedor y las respuestas cerebrales hacia su propia empresa, se parecen a las de los padres frente a sus propia descendencia. El empleo de técnicas de resonancia magnética cerebral, ha permitido corroborar que, los empresarios varones que se auto-clasificaron como muy unidos con su compañía, mostraron una supresión similar de la actividad en la corteza cingulada posterior, la unión temporo-parietal y la corteza prefrontal dorso-medial, a la que presentaban padres afectuosos durante la visualización de imágenes de sus propios hijos e hijas frente a otros menores . Además, la intensidad emocional se ponía de manifiesto en la amígdala y el núcleo caudado donde unos y otros evidenciaban el grado de su vinculación: Es cierto, para algunos empresarios, su compañía es su “criatura” y existe un “amor empresarial” que, de alguna manera, suplanta el parental apoyándose en estructuras cerebrales asociadas con la recompensa y el procesamiento emocional, así como la comprensión social.

Por suerte la recuperación del rol del padre, que se entrega y disfruta de la crianza, puede (y debe) poner las cosas de nuevo en su sitio…
Para saber más:
Entrepreneurial and parental love-are they the same? Halko ML, Lahti T, Hytönen K, Jääskeläinen IP. Hum Brain Mapp. 2017 Mar 13.
Moxitocinahers report more child-rearing disagreements following early brain injury than do fathers. Bendikas EA, Wade SL, Cassedy A, Taylor HG, Yeates KO. Rehabil Psychol. 2011
Maternal and paternal plasma, salivary, and urinary oxytocin and parent-infant synchrony: considering stress and affiliation components of human bonding. Feldman R, Gordon I, Zagoory-Sharon O. Dev Sci. 2011 Jul;14(4):752-61.
Brain responses differ to faces of moxitocinahers and fathers. Arsalidou M, Barbeau EJ, Bayless SJ, Taylor MJ. Brain Cogn. 2010 Oct;74(1):47-51.
Nuevos padres