¡TÚ TAMBIÉN PUEDES!(si haces bien la pregunta): El poder del método científico para resolver problemas.

AmyRosaTu también puedes

Buscar la verdad y ser capaz de encontrar respuestas es la principal actividad de un cerebro curioso, creativo, en definitiva: VIVO. Y no es una cuestión, ni de género, ni raza… ¡Ni edad!. Esta es la historia de una niña corriente llamada Emily Rose, que estudiaba secundaria, que tenía preguntas y decidió buscar las respuestas… Una niña normal, sí, pero con una curiosidad investigadora que fue alimentada e impulsada desde un entorno sensible a sus inquietudes. De modo que, de su historia, podemos aprender muchas (muchísimas) cosas. Y para empezar, una de ellas, es que su educación es un ejemplo de eficacia al trabajar desde el rigor, pero respetando individualidad, permitiéndole construir un aprendizaje integrado en su experiencia. La única forma de que florezca el talento. Pero vayamos por partes…

Nuestra protagonista nació en una pequeña ciudad estadounidense llamada Loveland, en Colorado, el 6 de febrero de 1987. Y es la persona más joven que ha publicado una investigación en una revista, especializada en Bio-Medicina, con revisión “por pares” (concretamente en el Journal of the American Medical Association , JAMA)… Y de camino, además, con apenas nueve años, Emily diseñó y desarrolló un estudio para probar la supuesta eficacia de una “terapia pseudo-científica” denominada “Toque Terapéutico”. Su trabajo desmontó las falsedades de esta “medicina alternativa” que es una técnica de “sanación” relacionada con el reiki… Lógicamente para contextualizar, no esta de más que se  haga un poco de historia sobre esto del reiki (breve, porque como técnica “sanatoria” fue “inventada” hace bien poco: en 1932). Así que, en los años 30 del siglo pasado, un monje budista japonés llamado Mikao Usui, estableció las premisas de la disciplina basándose en la creencia en la existencia de cierta “fuerza vital universal indefinida” (y por tanto indemostrable) que se denominó chi (en su versión china) o prana (en la hindú). Esa “energía” resultaría canalizada, a través del reiki, permitiendo al practicante tratar enfermedades físicas y emocionales. Y de ahí que esa fuerza natural pudiese dar vida y se pudiera transmitir, de una a otra persona, mediante la imposición de sus manos. Este relato se retomaría en los años setenta del siglo XX, con una vibrante envoltura de “tecno-cháchara” (cambio de nombre incluido) por una auto-denominada enfermera-teósofa llamada Dora Kunz, y su compañera de profesión, Dolores Krieger. Ambas rescataron la idea como “herramienta clínica”. Pero que quede claro: El “Toque Terapéutico” y el reiki parten de la misma premisa, que es que el ser humano crea una suerte de “campo energético” cuyo desajuste causa la enfermedad. La terapia se reduce, pues a imponer las manos para, con ello, “cambiar el flujo” del chi o prana o campo…  ¡O lo que sea!

Con estos antecedentes, la pequeña Emily, que estudiaba cuarto grado, diseñó su proyecto para sus asignaturas de Ciencias. Con un empleo del método científico EJEMPLAR, mediante un sencillo experimento, pudo determinar si las personas que ejercían estas técnicas “sanadoras” sentían (o no) el citado “campo energético” (fundamental, obviamente, para poder realizar ese supuesto “Toque Terapéutico”). El proceso era simple: Emily Rosa se sentaba frente a la persona terapeuta separándose de ella por una mampara de cartón que impedía poder verse cara a cara. Pero dejaba dos huecos en la pantalla por donde el “presunto sujeto experto” en el “Toque” introducía sus manos. En ese momento, nuestra heroína, decidía si acercar la suya o no (y con ella su supuesta energía vital). Si la premisa era cierta, la persona especialista en “Toque Terapéutico” debería sentir sobre cuál de sus manos se situaba la de Emily (teniendo cuidado, obviamente, de que no se acercarse tanto como para que el calor corporal sirviera de pista, en vez de ser verdaderamente de una suerte de poder místico). Lo que estableció es lo que se conoce como un protocolo de doble ciego (un sistema basado en que ni participantes en el estudio ni sujetos que realizan las pruebas saben qué individuos forman parte del grupo experimental, es decir, los que constituyen el objeto de la investigación, y cuáles son el grupo de control).

Y obtuvo unos resultados tan reveladores como demoledores para esta pseudo-ciencia sin fundamento: Los sujetos supuestamente “sanadores” acertaron al indicar que sentían la “energía” en la misma proporción que predecía la probabilidad del azar. De las 28 pruebas realizadas el porcentaje de acierto fue un 47%. De hecho, personalidades del mundo académico se interesaron por el experimento (y fue grabado por las cámaras del programa Scientific American Frontiers). El resultado de su riguroso análisis es, sin duda, un logro épico para el trabajo escolar de una niña de 11 años. Pero no estaba sola, los firmantes del artículo que recogieron estos hallazgos eran, además de Emily Rosa, Linda Rosa (su madre y enfermera) Larry Sarner (su padrastro y autor de la estadística) y Stephen Barrett (médico y, autor del texto). De hecho, tanto Linda Rosa como Larry Sarner llevaban años organizando campañas contra el uso en clínica del “Toque Terapéutico” (lo que no es un dato baladí, pues es un magnífico ejemplo de como el entorno ayuda, o no, a que se despierte la inquietud científica).

Y aquí se inicia la otra gran lección de la maravillosa historia de Emily. Porque, sí: una mente creativa, bien dirigida, no tiene ni edad, ni género: lo que TIENE es TALENTO. Pero debe ser estimulada adecuadamente: como ocurrió en el caso de la familia Rosa-Sarner. Es cierto que desde el nacimiento, estamos motivados para aprender. Cuando se suscita la curiosidad, se activan áreas del sistema recompensa cerebral y por eso disfrutamos con ello… Educar debería contar con esto CONTINUAMENTE, porque construir, llevar adelante proyectos y pensar en cómo crear algo desde la pasión (cómo hizo Emily) trabajando en equipo hacia un objetivo concreto, forja un aprendizaje ínfinitamente más significativo que desde una escucha pasiva de docentes a discentes. En definitiva, cada cerebro es único y singular, y al proponer proyectos más vinculados a sus situaciones reales, se clarifican sus objetivos de aprendizaje y se mejoran  los criterios de éxito para alcanzarlos y (potencialmente, como en el caso que nos ocupa) se podrían aportar soluciones alternativas a los problemas planteados.

Que ya lo decía el pedagogo John Dewey: “La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma”.

Para saber más:

Ciencia, pseudociencia y una niña https://listadelaverguenza.naukas.com/2017/02/11/ciencia-pseudociencia-y-una-nina/

La niña que desmontó la pseudociencia del Toque Terapéutico https://www.xatakaciencia.com/medicina/la-nina-que-desmonto-la-pseudociencia-del-toque-terapeutico-y-ii

El caso de Emily Rosa https://mujeresconciencia.com/2018/12/04/el-caso-de-emily-rosa/

Emily Rosa, la persona más joven de la Historia en publicar en una revista científica, a los 9 años de edad https://www.labrujulaverde.com/2018/06/emily-rosa-la-persona-mas-joven-de-la-historia-en-publicar-en-una-revista-cientifica-a-los-9-anos-de-edad

Reiki de ida y vuelta https://elpais.com/elpais/2018/03/27/eps/1522145643_785990.html

La niña prodigio que desmontó las terapias de reiki con un trabajo escolar https://www.abc.es/ciencia/20140812/abci-reiki-experimento-fraude-201408111236.html

Aprendizaje basado en proyectos desde la neuroeducación https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2016/12/04/aprendizaje-basado-en-proyectos-desde-la-neuroeducacion/

Hernando A. (2015). “Viaje a la escuela del siglo XXI”. Fundación Telefónica.

Lenz B., Wells J. y Kingston S. (2015). “Transforming schools: using project-based learning, performance assessment, and common core standards”. San Francisco: John Wiley & Sons Inc.

Prince M. (2004): “Does active learning work? A review of the research”. Journal of Engineering Education 93(3), 223-231.

 

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No por mucho madrugar… Neurociencia y crono-biología

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El refranero sobre el tema del “pereceo matutino” no parece tener una “decisión tomada”.  Sus opiniones no se alinean con ninguna de las irreconciliables tribus de dormidores: ni por las aves nocturnas, ni por los pájaros de trinos mañaneros (de hecho, clásicamente, se ha utilizado el símil de los búhos y las alondras para ejemplificar esos patrones de conducta)… ¡Y quizás, gracias a eso, acierte de pleno la tradicional colección de sentencias! Porque de lo que no hay duda es de que, al despertar, claramente nos dividimos en “víctimas de sábanas pegajosas” y “somnolientos precoces” y la ciencia empieza a encontrar datos sobre como las dos posturas son, parcialmente, verdaderas. Así, por un lado, el saber popular, recoge la evidente invariabilidad del fotoperiodo en aforismos como el “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Sin embargo, el archiconocido “A quien madruga dios le ayuda” igual también tiene algo de razón porque (aunque no se pueda afirmar nada sobre intervenciones divinas) desde los resultados obtenidos parece que, dios no sabremos, pero los genes es probablemente sí que, algo, ayuden…

Respecto a la primera afirmación refranera, es cierto que todos los organismos se adaptan al ritmo diario (y son capaces de seguir ciclos sueño-actividad que solapan con el patrón de luz-oscuridad de la zona, y estación, donde habiten). También  para la especie humana, pues sin duda, la iluminación no va a llegar antes (por mucho que se madrugue) y, en una cultura agrícola, esto es una limitación insalvable. Bien es cierto que, culturalmente, este hecho, al menos en principio, cada vez tiene menos influencia. Por ejemplo, el estado español, oficialmente, no está situado en el huso horario que le corresponde geográficamente y, por tanto, la actividad cotidiana lleva un desfase de dos horas de retraso, respecto al resto de países de su entorno y la actividad lumínica natural. Pues bien, aunque ahora que se “haga la luz” no dependa de la amanecida, sino de la red eléctrica, ese tipo de desajuste puede tener un cierto efecto fisiológico (en los neurotransmisores y la actividad cerebral del sujeto afectado)… Y aquí entra la otra “línea de opinión” sobre la “fortuna madrugadora”: de la mano del concepto de cronotipo que se corresponde directamente con la función del “reloj biológico” de cada sujeto.

En esta línea, números estudios han probado que, en la especie humana, existen tres tipos de respuestas principales: matutina o madrugadora, vespertina o trasnochadora, e intermedia. Aunque es cierto que se puede reajustar este cronotipo ante cambios externos, también lo es que esto supone un esfuerzo para el cerebro: y, de hecho, hay innumerables datos sobre lo pernicioso que resulta, para el individuo, los “cambios de turno”, superar un “jet-lag” o los cambios “sociales” de ritmo de actividad. En general, la persona matutina (que representa, más o menos, el 25% de la población) mantiene sus funciones cognitivas máximas por la mañana y empiezan a disminuir por la tarde (con lo que se acuesta temprano y, como consecuencia de ello, madruga). Un sujeto vespertino por su parte (otro 25% de la población) se caracteriza porque nota más dificultad para realizar tareas que impliquen funciones cognitivas superiores al despertarse en la mañana, pero sus capacidades avanzan con el día, y son máximas por la tarde-noche (por lo que tenderá a acostarse después). La mitad de población restante, tiene un comportamiento intermedio y, como su propio nombre indica, se encuentra a medio camino. Así, la capacidad para mantenerse alerta de cada sujeto, se verá afectada tanto por la cantidad de tiempo de permanencia en vigilia ,como por, obviamente, el momento del día. En este contexto, estudios con resonancia magnética funcional, han puesto de manifiesto que las personas que habitualmente trasnochan pueden permanecer despiertas durante más tiempo, que las madrugadoras, antes de rendirse por fatiga mental. De hecho, tras unas diez horas en vela, los sujetos que madrugan, muestran una menor actividad en las áreas cerebrales vinculadas a la atención, en comparación con los que trasnochan (además se sentir más somnolencia y realizar las tareas de forma más lenta). Esto efectos tienen una base fisiológica, y hay pruebas de ello, ya que, orgánicamente, estos ciclos de sueño-vigilia, correlacionan con los niveles de una hormona: la melatonina. Así, el grupo mayoritario de cronotipo intermedio tendrá un pico máximo hacia las 3 a.m., el matutino sobre dos o tres horas antes, y el vespertino dos o tres horas después.  Además, el cronotipo varía con la edad. En la infancia tiende a ser “tempranero” y se va retrasando con los años. Luego, en la pubertad y la adolescencia se convierte en notablemente “noctámbulo” para, sobre los veinte años de edad, modificar el cronotipo hacia la zona intermedia, y volver a sufrir desajustes en la ancianidad.

Por tanto, una vez más, aunque el ambiente modula, la genética determina y,  por ello, algunas personas madrugan y otras no. Lo impactante es que, estudios recientes, han encontrado que, además, las personas con “buen despertar” refieren un mayor bienestar y presentan una reducción estadística del riesgo de padecer esquizofrenia y depresión. Esta afirmación se basa en el hallazgo de hasta 351 genes que influyen en la capacidad natural de despertarse pronto. Los datos que se han extraído de estos experimentos indican que, al menos en parte, los motivos por los que algunas personas son madrugadoras y otras nocturnas, radican en diferencias existentes en la forma en que el cerebros reacciona a las señales de la luz externa y el funcionamiento normal de los “relojes internos” (unas diferencias que podrían tener efectos significativos en la capacidad endógena individual para controlar el tiempo eficazmente). El análisis del  papel que juegan  los diferentes grupos de genes que se han identificado, indicaría cierta influencia en la vulnerabilidad frente a riesgos asociados a enfermedades y trastornos mentales. Sin embargo no se han encontrado que madrugar proteja contra enfermedades como diabetes u obesidad (aunque existan hallazgos previos que indicasen que el comportamiento noctámbulo suelen tener una peor regulación metabólica).Sobre la distribución de estos genes se ha encontrado que, muchos de ellos son los responsables de regular los relojes circadianos del cuerpo (y con ello, los procesos bioquímicos que gobiernan la periodicidad de las actividades celulares). Para unos cuantos, se ha identificado su expresión en el hipotálamo, (en regiones implicadas en la regulación del sueño y la vigilia), algunos otros participan en el metabolismo de insulina y los hay que influyen en el procesado de sustancias estimulantes, como la cafeína y la nicotina. También la incidencia de la luz parece tener transcendencia pues es un factor importante porque detiene la producción de melatonina (cuyo papel que es favorecer el sueño) . En este sentido, algunos resultados sugieren que las personas madrugadoras perciben la luz de forma ligeramente distinta a las trasnochadoras, pues se detectaron la presencia de genes expresados en la retina del ojo.

En definitiva , los ritmos afectan a la salud, influyen en memoria, atención, o la temperatura corporal, por ejemplo, y, por tanto, hay que intentar que se mantengan lo más estables y ajustados posible a las características de cada quién… Así que: Felices sueños!… ¡Cuando le toque!

Para saber más:

Jagannath A, Taylor L, Wakaf Z, Vasudevan SR, Foster RG (2017), “The genetics of circadian rhythms, sleep and health”. Hum Mol Genet;26(R2):R128-R138.

Meir Kryger, Thomas ; Roth, William Dement (2011) . “Principles and Practice of Sleep Medicine.” (Fifth Edition).  Elsevier Inc.

Pavlova M.(2017), “Circadian Rhythm Sleep-Wake Disorders.” Continuum (Minneap Minn); 23(4, Sleep Neurology):1051-1063

Samuel E. Jones, Jacqueline M. Lane, […]Michael N. Weedon ( 2019)”Genome-wide association analyses of chronotype in 697,828 individuals provides insights into circadian rhythms”. Nature Communications.  https://www.nature.com/articles/s41467-018-08259-7

Sueños, ensueños y ritmos circadianos http://portafolioclari.blogspot.com/2016/03/suenos-ensuenos-y-ritmos-circadianos.html

El cronotipo y su importancia http://www.iimel.es/11-que-es-la-melatonina/37-el-cronotipo-y-su-importancia

¿Trasnochas o madrugas? https://www.muyinteresante.es/salud/articulo/itrasnochas-o-madrugas

Madrugadores y nocturnos  https://jralonso.es/2013/10/17/madrugadores-y-nocturnos/

Búhos contra alondras: ¿es mejor ser madrugador o trasnochador? https://verne.elpais.com/verne/2016/05/13/articulo/1463130740_615492.html

Ser madrugador es cuestión de genes https://www.elperiodico.com/es/ciencia/20190129/genes-madrugadores-nature-7274679

El genoma de los madrugadores los protege de la depresión https://elpais.com/elpais/2019/01/28/ciencia/1548695131_527008.html

El gráfico que muestra que en España tenemos horarios muy raros https://verne.elpais.com/verne/2016/03/18/articulo/1458309794_132930.html

Abriendo la mente a la INNOVACIÓN: Neurociencia de la Creatividad.

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El cerebro que crea posee la capacidad de generar obras llenas de ingenio o de arte que revelan su capacidad inventiva… Pero esa creación, como decía George Bernard Shaw, es precedida por un acto, voluntario, único y decidido, que es su comienzo porque “imaginas lo que deseas, persigues lo que imaginas y finalmente, creas lo que persigues”. Por tanto, sin duda la máxima expresión de la libertad del individuo es su capacidad creadora y, la Humanidad, en su conjunto, se abre paso a partir de su capacidad de generar pensamientos originales…  Pero no se olvide que inventar, imaginar, innovar, en definitiva: CREAR, no es algo exclusivo de la genialidad (reservada para mentes visionarias de talento privilegiado) sino que es algo esencial en la vida cotidiana de cada individuo. De modo que, cuando cualquier persona, genera alternativas nuevas y diferentes en su día a día (y consigue darle la oportunidad a sus ideas “no tan locas” para que puedan funcionar en la vida real) está abriendo la puerta a la creatividad. Y es que, para nuestra especie, que prosperó en un ambiente cambiante, su capacidad de generar respuestas innovadoras ante los retos que se le presentaban, fue imprescindible para su supervivencia. No obstante, buscar nuevos caminos requiere adentrase fuera del área de confort, rompiendo con la resignación que induce a la adquisición de prejuicios, redefiniendo los problemas y sin aceptar lo que se dice sobre cómo pensar o actuar. Un proceso tan noble como connatural al espíritu humano.

La facultad de establecer por primera vez un concepto, de engendrarlo y llevarlo a cabo, es el producto de la actividad intelectual de cada sujeto. Se trata por tanto, de la habilidad de formar nuevas combinaciones de ideas de forma singular ante los desafíos del conocimiento. Sin embargo, este proceso creativo en el cerebro, precisa un trabajo muy duro que empieza por explorar las alternativas menos obvias para cada situación hasta encontrar la opción “divergente”. Una personalidad creativa, se va caracterizar por supuesto, por su originalidad (que ha de permitir visualizar los problemas de forma diferente), pero, también, por su flexibilidad (ya que las alternativas han de considerarse sobre diferentes áreas de respuesta) así como por su capacidad de elaboración personal (con la que habrá de conseguir que se añadan o separen elementos o detalles a ideas previas y, de este modo, modificarlas en alguno de sus atributos característicos). El pensamiento creativo puede mimetizar las experiencias de un área o disciplina para aplicarlas en otra (es decir se conectan eventos generando nuevos resultados), pero también asociar varias ideas al mismo tiempo con fluidez, o utilizar analogías para encontrar las semejanzas entre elementos distintos. Sea como fuere, el resultado ha de ser la transferencia de información útil de un área a otra, para resolver problemas, inventar historias, pintar murales o cualquier otro producto del ingenio humano. En cualquier caso, la innovación supone libertad y pensamiento independiente en un “cerebro creativo” en el que se van a activar, en paralelo, varios circuitos cerebrales gracias a una potente red de conexiones. El cerebro trabaja como “un todo” y no en una zona limitada y específica del mismo (y diferentes estudios están empezando a desentrañar como ocurre esto).

Hacer funcionar tan complicado engranaje neural, requiere de la identificación de un estímulo relevante (es decir la aparición de una empresa, a la que haya que enfrentarse, y cuya superación requiera de una visión innovadora). Ante un sistema de ecuaciones, armonizando un “compás de compasillo”, o al combinar sabores de “alta cocina”, por ejemplo, los circuitos cerebrales encargados de mantener la atención y organizar los estados emocionales deben reconocer el objetivo y “ponerse a ello”. Entonces, la denominada red neural de “Atención ejecutiva”, deberá focalizarlo y emplear el razonamiento complejo. Esta arquitectura neuronal permite la interacción entre las regiones laterales de la corteza prefrontal y las áreas de la parte posterior del lóbulo parietal. Sin embargo, ni siquiera este primer paso es sencillo: la atención cambia y oscila continuamente, ya sea porque se procesan más de una fuente de estímulos o porque se requiere la ejecución de más de una tarea (y la atención se va dirigiendo, con suerte, alternativamente de una a otra). Este es el motivo de que resulte tan sencillo “colgarse del vuelo de una mosca” y abandonar la concentración en el objetivo inicial. El tiempo de las oscilaciones de la atención es variable y dependerá, en gran medida, de la pasión que se ponga en la meta a alcanzar (es más fácil perseverar en la tarea si, ésta, es una labor a la que se está vinculado, para bien o para mal, emocionalmente; no en vano, los sentimientos siempre son los mejores acicates para atención). Por tanto, se ha de redirigir la atención, constantemente, y poner en marcha sus mecanismos de funcionamiento en función de las demandas propias y ajenas. Esta atención “controlada”, evidentemente, requiere un esfuerzo por parte del sujeto para mantenerla. Pero, con “fijarse mucho” no basta: además, dependiendo de la etapa del proceso cognitivo (y de lo que se esté tratando de generar), la creación precisará de la participación de otra red, la de la “Imaginación” que le permita realizar simulaciones mentales dinámicas (o sea, que se sea capaz de representar conceptos con fantasía). La facultad de representar idealmente cosas involucra áreas profundas dentro de la corteza prefrontal y del lóbulo temporal, además de la comunicación con las diversas regiones, exterior e interior de la corteza parietal. De hecho hasta once áreas del cerebro han sido identificadas, con niveles diferentes de actividad, durante el proceso de “imaginar”. Se darán, así, interacciones que operan en redes a gran escala. Por ejemplo, si se intenta definir un diseño gráfico (y se previsualiza una imagen) la red de la atención dorsal y visuo-espacial se activa (es la que comunica los campos oculares frontales y el surco intraparietal).  Pero si la tarea es escribir un poema o un discurso, el uso del lenguaje verbal (oral o escrito) demandará que se recluten las áreas de Broca y de Wernicke. Y así con cada requisito creativo en particular.

Por último, otro conjunto de conexiones se van a activar siguiendo el proceso de “supervisión” de toda la información que es relevante para la resolución de la tarea en cuestión. Esta red, consta de la región anterior de las cortezas cingulada dorsal e insular y es capaz de contrastar el estado interno con los eventos externos y alternar, de forma flexible, el control de mando entre la red de “Atención ejecutiva” y la red de “Imaginación”.

La cooperación entre todas las redes mencionadas permite avanzar en el proceso creativo, pero lo hace “por turnos”, de modo que dejar a la “mente vagar”, en búsqueda de nuevas posibilidades, requiere de la reducción de la actividad en la red de “Atención ejecutiva” y el aumento de las de “Imaginación” y las “Supervisoras” (silenciando la autocrítica y sus cortapisas a la creación). Pero no del todo (¡y no todo el tiempo!) porque resulta indispensable reactivar, periódicamente, los sistemas que permiten focalizar los retos para evaluar, minuciosamente, los resultados de las invenciones realizadas… De lo contrario el resultado final podría ser un caos.

En definitiva, la clave para entender las bases fisiológicas de la creatividad, radica en el conocimiento de las redes a gran escala, y en el reconocimiento de los diferentes patrones de activaciones y desactivaciones neuronales que son importantes en las diferentes etapas del proceso creativo. El resto es talento que, en libre curso, se dirige hacia su obra maestra.

Para saber más:

“Higher Node Activity with Less Functional Connectivity during Musical Improvisation”. Dhakal K, Norgaard M, Adhikari BM Yun KS, Dhamala M.Brain Connect. 2019.

“The genesis of errors in drawing”. Chamberlain R, Wagemans J. Neurosci behav Rev. 2016; 65:195-207.

“Evidence-based creativity: Working between art and science in the field of fine dining”. Borkenhagen C. Soc Stud Sci. 2017. 47(5):630-654.

Real World Problem-Solving.  https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6028615/

The Dynamics of Creative Ideation: Introducing a New Assessment Paradigm. https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fpsyg.2018.02529/full

Neurociencia de la creatividad. https://www.actualidadenpsicologia.com/neurociencia-de-la-creatividad/

Neurociencia y Creatividad. http://sinupsys.com/neurociencia-y-creatividad/

Así funciona el cerebro de las personas creativas. https://www.bbc.com/mundo/noticias-43089118

Qué es el pensamiento creativo. http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1132-12962012000200012

 

Propósitos de Año Nuevo: Neurociencia de las “buenas intenciones”

Enero 2019

Cada final de diciembre iniciamos, casi involuntariamente, un ritual de buenos propósitos y mejores intenciones para encarar el Año que ya se avecina… Y no, no es una costumbre reciente: Se dice que ya las buenas gentes de Babilonia, con el Año nuevo, hacían promesas, a sus deidades, sobre cambios que, pretendidamente, habrían de conducirles a mejorar en sus vidas. Cierto es, no obstante, que el principio del calendario se situaba, entonces, en marzo, con la primavera, cuando se inicia la vida en la naturaleza. Sea como fuere, para las personas que habitaban la antigua ciudad de la Baja Mesopotamia, mantener lo juramentado atraería la gracia celestial para el resto del año, mientras que, romper el compromiso, provocaría la pérdida del favor divino sufriendo castigos. Esta práctica se extendería por el Imperio Romano, pero como ofrendas a Jano, dios de las puertas, los comienzos, las transiciones… ¡y los finales! (que la idea del juicio con premio o penalización, como acicate para el cumplimento, es esencial en esta historia, como veremos). El caso es que como “responsable de las entradas” a Jano le fue consagrado el primer mes del año y, por ello, se le invocaba públicamente, el primer día de enero, ofreciéndole los propósitos de buena conducta… Y, de este modo, se inició nuestra costumbre de dar (y darse) la oportunidad del “borrón y cuenta nueva” el día de Año nuevo, tal y como perdura hasta nuestros días. Sin embargo, tristemente, existen datos que indican que, en alrededor del 90% de los casos, por mucha convicción que aparentemente se tenga al principio, abandonaremos el auto-compromiso adquirido y volveremos a nuestros pequeños “vicios privados” más pronto que tarde… Sí: nos apuntaremos al gimnasio, pero no iremos, o a la academia de idiomas y, quizás, vayamos algunas clases pero, al final, ¡pues lo mismo!… Y así con casi todo. Pese a ello, si se quiere intentar una vez más, quizás revisar cómo funciona el cerebro cuando “toma decisiones“ pueda servir para (esta vez SI) triunfar. La neurociencia, de nuevo, puede acércanos a la clave del éxito porque, aunque los patrones de conducta que cierran un ciclo para abrir otro resultan motivadores, sin embargo, la perseverancia ante las dificultades puede resultar emocionalmente extenuante para un cerebro que adora sus costumbres…

Pero vayamos por partes, en primer lugar, la mayor parte de los buenos propósitos, se oponen a hábitos bien establecidos, que se quieren sustituir por otros (comer más verdura, hacer más deporte, etc.). Las habilidades cognitivas que nos permiten razonar, comparar y elegir las nuevas opciones son llevadas a cabo, fundamentalmente, por los lóbulos frontales. Pero el cerebro es acomodaticio. Cuando un comportamiento está bien aprendido, le cuesta dejarlo para entrenar uno nuevo. Y aquí entra el juego el sistema límbico y las emociones (que son fundamentales para adquirir nuevas costumbres) porque el binomio emoción-cognición es intrínseco a la función cerebral, y a los elementos básicos del pensamiento. Por tanto, será aquí donde va a fraguarse el éxito (o el fracaso) del reto a afrontar. Porque, aunque proponerse nuevos objetivos implique mejorar como persona, el proceso de crear nuevos hábitos requiere poner en marcha a toda la maquinaria neural de aprendizaje. Y eso no es fácil…

Perseverar hasta que se aprenda bien una nueva lengua, o que se alcance el peso deseado, precisa centrar la atención en el objetivo a conseguir. En este sentido, diferentes modelos experimentales sobre procesos cognitivos (empleando neuroimagen) han puesto en evidencia el papel de las redes de control prefrontales en la focalización de la conducta dirigida a una meta concreta. Y ha mostrado que hay personas que son más proclives a “caer en la tentación” y abandonar el objetivo prefijado. Estas diferencias se sitúan en la dinámica de la red de atención. De hecho, el desarrollo de la corteza prefrontal contribuye, de manera crítica, a la toma racional de decisiones y (esto es muy importante) también al procesamiento temporal. Porque el tiempo va ser crucial pues, uno de los principales impedimentos para triunfar en nuestros proyectos es soportar “la gratificación aplazada”… Es decir, que nace aquí el conflicto con el comportamiento más impulsivo y menos perseverante (porque cuando nos propusimos hacer más deporte o comer más sano, debimos prever que, los efectos positivos de nuestros nuevos hábitos, iban a tardar en ser evidentes). Por suerte, se puede estimular la fortaleza para “no sucumbir a la tentación”, poniendo en marcha los mecanismos que permiten aceptar (y fomentar) las conductas que favorecen la capacidad para esperar una recompensa en el futuro (también debido a una determinada organización nerviosa). Justamente las actividades neuronales, relacionadas con las expectativas y las recompensas, en la corteza orbitofrontal y las neuronas de descarga lenta en el estriado (caudado, putamen y estriado ventral, incluido el núcleo accumbens) así como las neuronas de dopamina del cerebro medio, están relacionadas con las diferencias individuales en la persistencia en un empeño. Aunque la recompensa no se reciba inmediatamente (sino, más bien al contrario, solo tras largos y, a veces, duros esfuerzos) el procesamiento complejo de las expectativas se puede utilizar para el control neuronal del comportamiento dirigido a una meta. Sabiendo que estos circuitos son unos potentes reforzadores internos de los que se dispone: ¡Pongámolos a trabajar!…

Por ejemplo, las neuronas dopaminérgicas (que serán vitales para mantener la fe en el proyecto) funcionan como un detector útil para el aprendizaje de secuencias de estímulos ambientales que conducen a la recompensa: Las expectativas del premio favorecen el mantenimiento del esfuerzo necesario para conseguirlo. Por su parte, en las regiones del estriado se genera el procesamiento de la información que diferencia entre los resultados gratificantes y no gratificantes que podrían servir como un componente de la representación neuronal de la meta propiamente dicha y/o los aspectos conductuales necesarios para alcanzarla, por tanto, serían extremadamente útiles para la ejecución de comportamientos apropiados para conseguir los  objetivos fijados (frente a estímulos ambientales que pudiesen influenciar nuestra decisión inicial). Por último, en la corteza orbitofrontal parece incorporase otro aspecto asociado a recibir un premio por nuestro esfuerzo: Que sea (lo suficientemente) motivante…  Y es que no todas las recompensas esperadas son igual de excitantes. Ante la diferente relevancia motivacional de cada recompensa, habrán múltiples resultados para elegir, y las neuronas orbitofrontales pueden proporcionar las señales que permitan seleccionar aquella decisión que conduce al objetivo más deseable. Este aspecto de la elección de recompensa refleja un nivel de procesamiento adicional (y más alto) que el que se observa en la dopamina o en las neuronas del cuerpo estriado pues permite elegir de entre “lo bueno” y “lo mejor” ¡O entre “perder” y “más perder”! (aunque, claro que está, en principio, esta última opción es mucho menos estimulante… ¡O no!: No se olvide que el aprendizaje por aversión es sumamente eficaz)

Sea como fuere, la toma de decisiones para alcanzar el éxito se sitúa como el proceso que, a través del reconocimiento y delimitando los objetivos, aclara y prioriza la metas generando las opciones con las que se cuenta, y evaluando las preferencias de las que parte. Y esto es lo que puede ayudar a conseguir, de una vez, triunfar: Se tendrá más posibilidades de éxito si retos y objetivos están bien definidos para focalizarlos mejor. Y como se trata de algo difícil de conseguir, también facilitará la victoria final “echar mano” de los refuerzos que proceden de la liberación de dopamina (o sea planificar, de antemano RECOMPENSAS con pequeños, o no tan pequeños, premios que allanen el camino). Es preciso identificar y reconocer cada uno de los pasos en la dirección correcta, que se fijen como etapas alcanzables y realistas (y así mantenerse centrados en llegar a la meta).  Por último, paralelamente, el abandono se puede prevenir recordando que los obstáculos, la mayor parte de las veces, provienen de tentaciones de volver al punto de partida (a los antiguos hábitos no deseados). Por tanto, es conveniente ponérselo fácil al cerebro teniendo todo preparado de antemano, para que sea más sencillo hacer lo correcto , y no tener que reafirmar la “decisión tomada” continuamente (por ejemplo será más probable que salgas a correr si tienes todo el equipo preparado, será más difícil que consumas comida basura si no la encuentras en tu despensa, etc…)

En definitiva: contra la tentación de volver a lo “de siempre”, el autocontrol y la capacidad de resistir la tentación son fundamentales para completar positivamente los objetivos a largo plazo. Y el cerebro tiene recursos para hacerlo: solo hay que ponerse “neuronas a la obra” …. Así que: ¡a por ello! y ¡Feliz Año Nuevo que esta vez  va ser QUE SÍ!…

Para saber más:

“Rational emotive behaviour therapy in high schools to educate in mental health and empower youth health. A randomized controlled study of a brief intervention” Sælid GA , Nordahl HM. Cognitive Behaviour Therapy, (2017) 46:3, 196-210, DOI: 10.1080/16506073.2016.1233453

 “We Went Out to Explore, But Gained Nothing But Illness’’: Immigration Expectations, Reality, Risk and Resilience in Chinese-Canadian Women with a History of Suicide-Related Behaviour” Zaheer J, Eynan R, Lam JSH, Grundland M,  Links PS,  Cult Med Psychiatry (2018) 42:504–534

“Involvement of basal ganglia and orbitofrontal cortex in goal-directed behavior” .Hollerman JR, Tremblay L, Schultz W. Prog Brain Res. (2000); 126:193-215.

“Reward processing in primate orbitofrontal cortex and basal ganglia” . Schultz W, Tremblay L, Hollerman JR. Cereb Cortex. (2000) Mar;10(3):272-84.

“The rise of moral emotions in neuropsychiatry”.Fontenelle LF, de Oliveira-Souza R, Moll J2. Dialogues Clin Neurosci. (2015); 17(4):411-20.

“A canonical theory of dynamic decision-making”. Fox J, Cooper RP, Glasspool DW Front Psychol. (2013) ;4:150. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3613596/

“The globus pallidus pars interna in goal‐oriented and routine behaviors: Resolving a long‐standing paradox “ Piron C,  Kase D, Topalidou M,  Goillandeau M,  Orignac H, N’Guyen T,  Rougie N,  Boraud T, Mov Disord. (2016); 31(8):1146-54. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/mds.26542

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2011-12-28/mejor-un-objetivo-realista-que-diez-buenos-propositos-para-el-ano-nuevo_420385/

https://masymejor.com/propositos-de-ano-nuevo/

https://www.orientacionparaelempleo.com/propositos-vs-objetivos-como-dirigir-el-cerebro-hacia-nuestros-objetivos/

https://www.muyinteresante.com.mx/preguntas-y-respuestas/resoluciones-ano-nuevo-donde-vienen/

Donde nace la MALDAD. El cerebro perverso.

Origen del mal

Todo el mundo se tiene por “bueno”. Razonablemente. Incluso entre la población convicta es frecuente oír ¿y tú? ¿De qué eres inocente?. Por tanto, con más razón, la “gente normal” se considerará inmune a la maldad, ¿y lo son?… No hay nada más desasosegante que las declaraciones del vecindario que convivió con criminales sanguinarios: siempre son “buenas personas” de conducta intachable… ¿Y si, al menos al principio, no hubiera tanta diferencia? ¿Dónde y (sobretodo) cómo nace la maldad? Del mismo modo que en cualquier otro comportamiento humano, la respuesta ha de buscarse entre los circuitos neuronales que subyacen a todas, y cada una, de las conductas: en cómo se generan, potencian o extinguen.

De hecho (y aunque cueste aceptarlo) al cometer  “pecados veniales”,  por pequeños que parezcan al principio, algo está moviéndose hacia ““el lado oscuro” de la mente humana. Así, por poner algunos ejemplos triviales, al copiar en un examen o dar falsas excusas (o sea, mentir) para no acudir a una cita “ineludible”, al quedarse con un dinero encontrado en la calle (y que por tanto no te pertenece), o al pasarse un semáforo en rojo (lo que es ilegal y, además, pone en peligro a inocentes), en el cerebro de la “buena gente honrada”, se están empezando a ejecutar actos que se oponen al sentido de la moralidad que, en sus circuitos, tiene establecido. Circuitos concretos que se están activando y, en pura lógica, después de cometer “la fechoría” , deberían desencadenar sentimientos de culpa que, a su vez, produjesen sufrimiento… Y eso es lo que ocurre. Al principio. La reincidencia (o mejor, ¡dígase ya!:  el entrenamiento) puede modificar todo esto. En el cerebro, donde existen mecanismos que intentan limitar la persistencia del dolor, ese “freno” a los comportamientos deshonestos  (superado el remordimiento inicial) será sustituido por una “evaluación de costes”. De esta manera, la valoración de los supuestos “beneficios” obtenidos (como un inmerecido aprobado o evitar el tedioso encuentro no deseado, etc.) mitigará el conflicto moral y el sentimiento de culpa. Este es el origen de la maldad humana. Y este proceso de “auto-disculpa” ante la infracción cometida, tiene una explicación neurocientífica: De hecho,  la amígdala, que es la estructura que controla las emociones, habrá generado una fuerte respuesta emocional negativa la primera vez que un sujeto se saltó las normas morales pero, a medida que se reincide en el delito o la falta, la reacción se atenuará.

Esto quiere decir que, con la práctica, el “correlato vegetativo de la culpabilidad”, que cursa con aumentos en la frecuencia cardíaca o sudores fríos, por ejemplo,  dejará de producirse: el cerebro se vuelve más tolerante con los comportamientos amorales. La amígdala deja de ponerle límites a las conductas reprobables y deja de reprimirse. No obstante, esta respuesta emotiva tiene un cierto nivel de control desde centros superiores (lo que preservaría la persistencia de la conducta moral). Los datos de los que se dispone indican que, en este proceso, la corteza prefrontal dorso-medial tiene un papel primordial y que es, aquí, donde nacen y se mantienen los remordimientos y la culpa. De modo que el grupo se protege estableciendo los límites de la tolerancia a la deshonestidad de sus miembros. Así, el circuito neuronal responsable de la “toma de decisiones,” va a tratar de evitar conductas condenables porque el mal provoca infortunio y atrae calamidades. O sea que, la falta de bondad en una persona, además de apartarle de la honestidad,  le conduce a perpetrar delitos…

Por suerte, hay más gente “buena” (relativamente) que “mala” (enteramente)… Sin embargo  dado el daño que ocasionan, es inexcusable  tratar de entender cómo son (y cómo se formaron) las gentes sin escrúpulos. En este sentido hay estudios que muestran que existen tres grupos de respuestas sociales: las personas que siempre siguen las normas, el grupo que vive  al margen y sin respeto alguno por ellas y, un último  (y muy numeroso) colectivo, que se solo se salta las normas si los demás lo hacen… O sea que podrían acabar robando o, incluso, matando en según qué circunstancias.  Sin embargo, como el cerebro malvado no respeta los códigos de su grupo, y con ello causa dolor, las alarmas se  van disparar ante los miembros del segundo tipo, donde se ubicarían las personas para las que el juicio moral resulta imposible (quizás por su propia morfo-fisiología amigdalina, por ejemplo). Estos individuos parecen compartir una suerte de “factor de personalidad oscura”: No solo buscan su propio beneficio a costa del bienestar ajeno, sino que consiguen ignorar como sus acciones pueden afectar a otras personas (con, desde luego, nula empatía). Algunos patrones persistentes de esta conducta antisocial han sido etiquetados como “trastornos de la personalidad o de conducta”. Tras ellos, deficiencias en la corteza prefrontal y cingulada, la amígdala, el hipocampo, el giro temporal superior o el cuerpo calloso, han proporcionado una posible explicación para la gran cantidad de síntomas que se asocian a este comportamiento antisocial. De hecho, se acepta que las psicopatías que, en ocasiones subyacen al comportamiento criminal, se relacionan principalmente con deficiencias del sistema prefrontal-temporal-límbico. También hay datos que indican que determinados genes podría estar en la base de la formación un cerebro malvado. Así, se ha relacionado la aparición de brotes de violencia con niveles la enzima monoamina oxidasa y, por tanto, con el desarrollo de las conexiones sertoninérgicas (lo que, dado el importante papel en el control de la conducta de los niveles de serotonina, es de enorme interés). Desde la cuna, por tanto, habría sujetos más proclives a la crueldad. Con todo, es imprescindible señalar que, el comportamiento es consecuencia de la plasticidad de circuitos neuronales y que, su formación y refuerzo, dependen (y mucho) del entorno de crecimiento y los valores con que, cada persona, aprende a tomar decisiones. Tanto la maldad como la inclinación natural al bien, están integradas en la naturaleza humana y, que se exprese de una u otra forma, será resultado de la interacción de sus mecanismos neuronales, con factores puramente genéticos, o epigenéticos, así como grupales y contextuales. En definitiva, con la capacidad para el mal se nace y su manifestación se hace (¡o no!).

Sea como fuere, los sujetos sin capacidad para interpretar, ni seguir, norma alguna, son un pequeño grupo dentro del total de la sociedad… A la hora de afrontar el dilema de actuar de forma deshonesta, en beneficio propio y con daño ajeno, la mayoría de la gente está en el tercer grupo: aquel que se “portará mal” porque el resto lo hace.  Las causas de la pérdida de conciencia moral de la “masa” pueden ser varias. Por ejemplo, hay un sentimiento anonimato (lo que dificulta recibir el castigo correspondiente y, con ello, se retira el freno cognitivo que se asocia a la acción punible). También se genera cierta relajación de la asunción de responsabilidades personales en las acciones colectivas (de hecho se modifica la actividad neuronal en la corteza prefrontal medial). El grupo perdona las faltas y justifica los delitos: Cuidado, pues, con las hordas furiosas.

Y es que la especie humana es social y las conductas de venganza (y de castigo) son adaptativas. Se sabe que, castigando, que se activa el circuito neuronal de recompensa. Claro que no es lo mismo “hacer justicia” que dañar “por gusto”, obviamente… La agresión, que no es más que un comportamiento llevado a cabo con la intención de causar perjuicio a otro sujeto, es un mecanismo innato. Lo que lo transforma en delito es la causa que lo origina. Así la “legitima defensa” es aceptable la “violencia injustificada” es rechazada por el grupo De aquí nacerán los códigos legales que se auto-confiere cada colectividad. No obstante, no se olvide que sí, el individuo ejerce un poder jerárquico que lo blinda de la censura externa, estará más predispuesto a engañar, robar o mentir en su propio beneficio. Sin embargo, hay datos que indican que, si la persona sin escrúpulos tiene un estatus social bajo o un rango inferior, es más probable que “obvie” las normas para beneficiar a otro sujeto (de su mismo grupo, eso sí).

En definitiva: No, no todo el mundo es malvado…Pero, quizás pueda llegar a serlo.

Para saber más:

“Neurología de la maldad. Mentes predadoras y perversas”, Adolf Tobeña Plataforma. Barcelona, 2017.

“Deliver us from evil? The temptation, realities, and neuroethico-legal issues of employing assessment neurotechnologies in public safety initiatives” .Giordano J., Kulkarni A., Farwell Theor. Med Bioeth. (2014);35(1):73-89. https://link.springer.com/article/10.1007%2Fs11017-014-9278-4

“A new legal treatment for psychopaths? Perplexities for legal thinkers”. Gonzalez-Tapia M.I., Obsuth, Heeds R. J Law Psychiatry. (2017); 54:46-60.    https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0160252717300523?via%3Dihub

“The Neurobiology of Evil: Psychiatric Perspectives on Perpetrators”. Dan J. Stein. Ethnicity & Health 5, 3-4;(2000), https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/713667458

“Dangerous, depraved, and death-worthy: A meta-analysis of the correlates of perceived psychopathy in jury simulation studies” Kelley S.E., Edens J.F., Mowle E.N., Penson B.N., Rulseh A.. J Clin Psychol. (2018) doi: 10.1002/jclp.22726.

“Evil, terrorism, and psychiatry”.  Marazziti D., Stahl S.M2. CNS Spectr. (2018) 23(2):117-118. doi: 10.1017/S1092852917000517.

“Reduced self-referential neural response during intergroup competition predicts competitor harm”. M. Cikara, A.C. Jenkins, N. Dufour, R. Saxe. NeuroImage (2014). DOI: 10.1016/j.neuroimage.2014.03.080.

“Dehumanized Perception. A Psychological Means to Facilitate Atrocities, Torture, and Genocide?” Lasana T. Harris, Susan T. Fiske. Zeitschrift für Psychologie (2011). DOI: 10.1027/2151-2604/a000065.

“Sexual sadism: a portrait of evil Stone” M.H..J Am Acad Psychoanal Dyn Psychiatry. (2010) Spring;38(1):133-57. doi: 10.1521/jaap.2010.38.1.133.

“The dark core of personality. Psychological Review”, M., Hilbig, B. E., & Zettler, I. (2018). . Advance online publication. http://dx.doi.org/10.1037/rev0000111

https://www.muyinteresante.es/salud/articulo/este-es-el-origen-de-la-maldad-humana-151538740583

https://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/claves-de-la-motivacin-542/ms-all-de-la-maldad-9253

https://evolucionyneurociencias.blogspot.com/2016/01/diferenciar-maldad-y-enfermedad.html

https://www.elcultural.com/revista/letras/Neurologia-de-la-maldad-Mentes-predadoras-y-perversas/39300

https://www.elmundo.es/papel/todologia/2017/05/22/5922be9c268e3e5a3b8b4632.html

https://www.sabervivirtv.com/neurologia/por-que-existe-gente-mala-cerebro-maldad_1193

http://scienceblogs.com/notrocketscience/2008/11/20/the-spread-of-disorder-can-graffiti-promote-littering-and-th/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Better_Angels_of_Our_Nature

EL CEREBRO Y LA AUSENCIA: La vida ya no será la misma pero…”Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda, o puedes hacer lo que le gustaría, sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (D. Harkins)

madre

Aunque sea “ley de vida”, nadie está preparado para perder a una madre o un padre, para decirles adiós (y hacerlo sin rencores). En el fondo, cada individuo atesora (y en gran medida añora) aquella infancia durante la que siempre se podía acudir a sus brazos para sentir protección. Pero cuando se van, esa opción desaparece para siempre. Nadie podrá dar, nunca más, esa sensación de amparo total. Por tanto, enfrentar la orfandad, sin duda, incluso para personas adultas, es una experiencia sobrecogedora. Esto es lo que hace esta pérdida única y, solamente es posible abordar su gestión, desde la compresión del proceso que ese dolor va a traer consigo.

Porque manejar el duelo es un reto que cada individuo vivencia de una manera personal y concreta y, su entorno, lo puede facilitar (o volverlo aún más doloroso). En este sentido, en vez de ayudar al sufriente, decir cosas como “debes ser fuerte”  puede conducir a una negación de su pena, que bloquee su gestión natural del duelo. Porque las emociones no son buenas ni malas: son necesarias. La pérdida se ha de asumir desde una elaboración muy personal del proceso que, de hecho, tiene una evolución bastante lineal. Por lo general, se llega a aceptar la pérdida del ser querido después de un complejo tránsito emocional que va, desde la incredulidad a la rabia, pasando por la negociación y expresión efectiva del dolor. Solo después de esto, finalmente, con todo ese duro trabajo hecho, entonces sí, se alcanza la aceptación.

No obstante, aunque estas sean las etapas más comunes, (incluso existen datos que indican que el tiempo que lleva todo el proceso son unos tres meses) debe quedar bien establecido que cada persona lo afrontará de una forma particular. No en vano, la muerte de la persona con la que el apego es más intenso, desencadena pensamientos intrusivos acerca de la pérdida. Y es que se parte de una vinculación afectiva intensa que es la base del cuidado parental. Estos pensamientos no deseados, involuntarios, con imágenes o ideas desagradables, pueden convertirse en obsesiones que resulten preocupantes (y que pueden ser muy difíciles de manejar). Perder ese “puerto seguro” donde cobijarse, desvanecido con la orfandad,  necesita de una gran capacidad cognitiva para atenuar las respuestas emocionales que origina.

Esta tormenta afectiva tiene un gran sentido etológico ya que, el apego, es necesario para el funcionamiento del grupo familiar, y representa una gran ventaja adaptativa para el afrontamiento de situaciones que entrañen peligro o dolor. Pero, lógicamente, perder a la persona que más directamente lo representa, implica la re-elaboración de la idea del lugar que se ocupa en el mundo. En este duro  proceso, participan  complejas redes neurales que subyacen a la regulación de  la atención hacia los recuerdos y su gestión emocional. La investigación sobre esta gestión cognitiva de la emoción, ha permitido ampliar la comprensión sobre, cómo se desarrolla, la capacidad humana para procesar esta información (que es crucial para mantener su homeostasis afectiva frente a situaciones, objetivamente, dolorosas). Entre las diversas estrategias control y alivio de los sentimientos de pérdida, una nueva evaluación de lo ocurrido reviste especial importancia para la adaptación y el bienestar del sujeto.

La persona  necesita una re-configuración cognitiva  que le permitan su interpretación y  que, sobretodo, inicie el distanciamiento del evento doloroso. Diversos estudios de neuro-imagen han tendido a inferir que, este proceso de re-evaluación, está vinculado a la capacidad individual de emplear lo que se denomina memoria de  trabajo (funcionalmente relacionadas con la conectividad entre las regiones corticales frontales y pre-frontales y la amígdala).

La memoria de trabajo es un constructo teórico, relacionado con la psicología cognitiva, que se refiere a las estructuras y procesos usados para el almacenamiento temporal de información (memoria a corto plazo) y la elaboración de la información (con especial énfasis en la participación de la corteza pre-frontal). Sin embargo, hay datos que apuntan a que la re-evaluación de la regulación cognitiva de la emoción y la memoria de trabajo no emplean,  exactamente, los mismos recursos neurales aunque si tengan relación con el proceso.  Concretamente, la corteza pre-frontal dorso medial y del cíngulo anterior se activan parcialmente por ambas operaciones mentales, mientras que los circuitos neurales de regiones tanto del cerebro anterior (corteza frontal inferior media y superior) como del cerebro posterior (unión temporo-parietal y giro temporal medio izquierdo presentan diferencias entre ambos procesos).  Es interesante reseñar que, los hallazgos que implican a la corteza frontal superior y la pre-frontal dorso-medial, podrían estar relacionados con el proceso introspectivo de la regulación cognitiva de la emoción. Por su parte, el resto de la corteza frontal modularía la acción centrada en hipocampo, amígdala y corteza orbito-frontal.  Así, el circuito relacionado con la emoción también podría integrarse, en estructuras subcorticales y límbicas, proporcionando una conectividad funcional entre la amígdala y otras regiones reguladoras de la atención y la tristeza que podrían explicar las diferencias (algunas clínicamente relevantes) entre la gestión del duelo de cada sujeto en particular.

Sea como fuere, habrá que asumir que todo este complejo circuito se ha modificado irreversiblemente con una pérdida, que no es similar a ninguna otra. Y no: el tiempo no lo cura todo,  pero lo atenúa.  Algunas emociones pueden volver a resurgir, en algún momento, cuando se aviven los recuerdos de la pérdida (haciendo necesario re-negociar con la propia pena); pero, desde la aceptación de que el duelo es una respuesta adaptativa, aunque nunca termine totalmente, su gestión permitirá, con el paso de los días, convivir con la ausencia;  porque: la añoranza duele, pero la aceptación del sufrimiento, conduce a su superación.

Para saber más:

“El poema para despedir a un ser querido que han compartido más de 150.000 personas” https://verne.elpais.com/verne/2018/02/10/articulo/1518266909_897448.html

Guillermo de Inglaterra: “Echo de menos a mi madre todos los días” https://elpais.com/elpais/2016/08/25/estilo/1472142950_578811.html

“Cómo cambia la vida tras la muerte de los padres”  https://lamenteesmaravillosa.com/como-cambia-la-vida-tras-la-muerte-de-los-padres/

“Neural Mechanisms of Grief Regulation” Peter J. Freed, Ted K. Yanagihara, Joy Hirsch, and J. John Mann. Biol Psychiatry. 2009. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2782609/

“Does emotion regulation engage the same neural circuit as working memory? A meta-analytical comparison between cognitive reappraisal of negative emotion and 2-back working memory task” Tien-Wen Lee  and Shao-Wei Xue. PLoS One. 2018; 13(9): e0203753. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6136767/

“Attachment-style differences in the ability to suppress negative thoughts: Exploring the neural correlates” Omri Gillatha Silvia A .Bungea Phillip R. Shavera Carter Wende lkena Mario Mikulincerb, NeuroImage Volume 28, Issue 4, December 2005, Pages 835-847. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1053811905004556?via%3Dihub

Brujas y calderos… ¿Quién quiere pasar MIEDO?

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El final de octubre, cada vez más, se ofrece como una oportunidad para explorar diversas formas de inquietar o asustar (aunque sea un poquito) a base de leyendas importadas y películas impactantes… Pero no todo es cosa de broma, ni mucho menos. Como ya escribiera Calderón de la Barca en “La hija del aire”, “Tanto miedo tengo, que aun para huir, valor no tengo”… Y es que asustarse es una emoción ambivalente. Por un lado, sin duda, es un mecanismo biológico de defensa. Así, su objetivo, es proteger a los seres vivos de amenazas que ponen en riesgo su integridad o hasta su existencia. Sin embargo, las estrategias y sensaciones que se desencadenan, pueden ser, tan extremas y desagradables, como las descritas por el personaje calderoniano. Por tanto, miedo sí, pero en su justa medida: Tan peligroso es no temer a nada (lo que puede conducir a emprender conductas temerarias); como asustarse por todo y, generar comportamientos de “bloqueo” individual (que pueden abocar, incluso, a trastornos patológicos). De hecho, desde considerar diversión una cierta (y, por supuesto, controlada) exposición a situaciones atemorizantes, hasta el cerebro que entra en pánico (y para el que, enfrentarse al peligro, deja de ser una opción) hay todo un conjunto de respuestas ante situaciones turbadoras que dan miedo…

En cualquier caso, la vida, en un ambiente en continuo cambio, implica enfrentar amenazas. Y, por tanto, el miedo no es más que una respuesta fisiológica coordinada, aunque puede que no sea “un plato de gusto” (¡o sí!: según quién y… Sobretodo ¡según dónde y cuándo!).

Para comprender el origen de esta aprensión que se siente ante algunas situaciones, es preciso considerar que, el enfrentamiento a riesgos (reales o imaginarios), se origina a partir de la toma de conciencia de las propias limitaciones para afrontar el peligro. Por tanto, el miedo surge de la pérdida de confianza y, puede ser incómodo y paralizante pero, eliminarlo por completo sería como asumir cualquier riesgo (y, con ello, disminuir fatalmente; las posibilidades de supervivencia). Teniendo en cuenta lo vital que resulta un adecuado ajuste de la “conducta miedosa”, no es de extrañar que toda una red neural esté encargada de organizar (y graduar) la sensación desde cierto temor hasta el pánico incontrolable.

Esta reacción arranca en la amígdala, y prepara al organismo para luchar o la huir ante el peligro surgido. Se desencadena, así, el estado de alerta con todo un correlato vegetativo que prepara al sujeto para la pelea. O la escapada. Se dilatan pupilas y bronquios, el corazón late con más fuerza y el cuerpo entero se prepara para responder a la amenaza. Pero esta respuesta autónoma no ocurre aisladamente sino que, un mecanismo neuronal, se activa a partir de pequeño un grupo de células llamado núcleo paraventricular del tálamo que, al parecer, es una zona de la masa gris extremadamente sensible a las situaciones de estrés. La clave en esta conexión reside en un mensajero químico llamado BDNF (molécula cuya implicación, por cierto, se encontrado en una de las formas más dramáticas de mal función del miedo: las personas que sufren estrés post-traumático). También participan corteza prefrontal e hipocampo (fundamentales para recoger experiencias y aprendizajes previos ante situaciones peligrosas) contribuyendo a interpretar si el peligro es real y el miedo justificado. Para ello, ante cada evento, automáticamente, se analizará la información contextual y, si no se percibiesen verdaderas amenazas, se activarían vías inhibitorias para amortiguar la respuesta al miedo de la amígdala. Sea como fuere, la interpretación de una situación determinada no es igual para todos los individuos (ni siquiera para el mismo sujeto si cambia el contexto). No obstante, el resultado final debe ser que, la activación neural que conduce a la sensación de miedo, aumente conforme lo haga el desconocimiento sobre lo temido, y la impotencia que sienta el sujeto ante cómo afrontarlo. Por tanto, asustarse depende de un análisis de la situación puntual. Esta puede ser la explicación a que, aunque el miedo produce angustia y sensaciones desagradables, a muchas personas les guste recrear estas emociones. De una forma ficticia, a través de imágenes, películas, libros o situaciones simuladas, el sujeto puede reproducir la activación afectiva que se asocia a las situaciones que asustan. De hecho, diversos factores neuro-fisiológicos y culturales estarían ligados a esta pasión, voluntaria, de recrear esta emoción (de resultados tan potencialmente extremos). En este sentido, la Ciencia empieza a desentrañar por qué, algo que de miedo, puede resultar placentero… Y la razón parece estar en que, algunas de las principales sustancias químicas del cerebro que participan en la respuesta de lucha o huida, también lo hacen en las de recompensa o felicidad. Así, diversas moléculas neuroactivas, entrarían en acción en ambos contextos. Se trataría, entonces, de liberar hormonas como testosterona, adrenalina o cortisol y,  una forma de conseguirlo, es exponerse a sentir escalofríos y angustia en una situación controlada. Esto explica la alta excitación que se experimenta durante un susto, y que se pueda vivenciar como algo “divertido”. Además, también parece que tiene cierta ventaja adaptativa, ya que favorecería el aprendizaje social: el organismo, que está preparado para activarse ante lo diferente, libera dopamina, serotonina o estrógenos ante aquello que no se puede etiquetar con facilidad. Todo el circuito hormonal se pone en marcha ante la incertidumbre y favorece la adquisición de una experiencia previa sin arriesgarse a posibles daños… Este aprendizaje (por exposición al peligro pero fuera del alcance de la amenaza “real”) explicaría por qué pervive la costumbre cultural de disfrutar con el miedo.  

Y no es un gusto reciente: Lo siniestro ya tenían gran atractivo en tiempos de Homero, por ejemplo… Así, en su “Odisea”, se relata el espanto ante Gorgona (que tenía serpientes vivas por cabello y poseía el poder de convertir en estatua a quien la mirara a los ojos). Pero no se olvide que estos mitos se han transmitido por tradición oral o sea que, si el texto se conserva, es porque se encontraba placer en recitarlo. No obstante, lejos de todo divertimento, la Gorgona Medusa ha servido para ejemplificar lo que ocurre cuando el peligro es real e insuperable… Entonces, como sus víctimas (y, finalmente, hasta la propia Medusa), ante un horror inasumible, las personas pueden quedar petrificadas. En esta situación, toda la información que entra a través de los sentidos hacia la amígdala, activa una serie de conexiones para generar todo un caleidoscopio de complejas reacciones… Que en su extremo es una “no acción”: quedarse “de piedra”, paralizado por el terror. Y es que, en un ataque de pánico, la respuesta emocional sobre el sistema nervioso autónomo, se concreta en importantes elevaciones de la frecuencia cardíaca; de la conductancia de la piel (que es un indicador de descargas de la rama simpática del sistema nervioso autónomo); reducciones muy marcadas en el volumen sanguíneo o la temperatura periférica, y una importante vasoconstricción, (lo que es especialmente evidente en la palidez de la cara). Se está produciendo la típica reacción que lleva al sujeto a “quedarse helado”… Pero también, se producen efectos sobre el sistema somático, como elevaciones fásicas en la tensión muscular (que generalmente, afecta todo el cuerpo), y aumentos de la frecuencia respiratoria con simultáneas reducciones en su amplitud (o sea una respiración superficial e irregular). Todo ello favorece, en un primer instante, la sensación de paralización y agarrotamiento. Aunque estos ajustes deberían proporcionar el tono muscular adecuado para iniciar una huida, o evitación de la situación desencadenante, en un ataque de pánico (en condiciones extremas) se puede producir un bloqueo profundo con una pérdida total del control de la situación. La paralización, que debería haber servido para activar la atención sobre el peligro y el entorno, por el contrario, “desconecta” el sistema y deja de responder . Desde luego nada placentero. Lo dicho: de tanto miedo, ni huir puedo.

En definitiva, sentir miedo no es para nada algo prescindible aunque si es deseable que se pueda controlar (y el aprendizaje parece ser fundamental para ello). Al fin y al cabo, ya se sabe: Para aspirar a una felicidad plena, antes hay que cruzar las alambradas del miedo.

Para saber más:

“Psicología del miedo: temores, angustias y fobias” André, Cristoph (2010),. Kairós

“Biología del miedo: el estrés y los sentimientos Hütler, Gerald (2001)” Plataforma actual

“Psychology of fear”: Gower, L. Paul (2005) Nova Biomedical Books

La naturaleza de los trastornos de ansiedad https://webs.ucm.es/info/seas/ta/introduc.htm

La anatomía del miedo: bases fisiológicas y psicológicas https://lamenteesmaravillosa.com/anatomia-del-miedo-bases-fisiologicas-psicologicas/

Las bases fisiológicas y psicológicas del miedo. ¿Por qué sentimos miedo y cómo se manifiesta esta sensación en nuestro cuerpo y mente? https://psicologiaymente.com/psicologia/bases-fisiologicas-psicologicas-miedo

https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fnins.2018.00656/full?utm_source=AD&utm_medium=TW&utm_campaign=CORP_PLANS_20180904

http://apuntesdecienciaytecnologia.blogspot.com/2012/07/la-zarigueya-una-maquina-de.html

https://www.xlsemanal.com/conocer/20170302/hacerse-el-muerto-animales-tanatosis.html#foto3

https://www.ngenespanol.com/naturaleza/muertos-vivientes-animales-que-fingen-estirar-la-pata/